Por Ángela Pradelli
En La respiración violenta del mundo (Emecé), Angela Pradelli narra la historia de una abuela y una nieta en los agitados años 70. Emilia tiene cinco años cuando secuestran a su mamá y es apropiada por un matrimonio que le cambia el nombre. Mientras tanto, Lina la busca sin descanso. En este artículo, Pradelli cuenta cómo construyó esta novela descarnada, que sigue el mapa demencial de una familia rota.
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Mi amiga Esther Cross dice que los libros descienden de otros libros. Eso es totalmente así en La respiración violenta del mundo. Este libro nació en otro, de alguno de esos hilos.
Me refiero a En mi nombre, historias de identidades restituidas. Cuando terminé de escribirlo, tuve la sensación de que yo podría dedicarme a escribir las historias de todas las personas que habían sido apropiadas durante la dictadura en la Argentina y que en algún momento de sus vidas pudieron conocer la verdad y pudieron restituir sus identidades. Esa sensación fue una certeza rápidamente. Yo podría escribir todas las historias. Cada una.
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Había tomado el testimonio de cinco en total, tres mujeres y dos hombres. Me había reunido con ellos en forma separada para tomar el testimonio, varias veces. En todos los casos, el camino fue el mismo. Yo escribía las historias y volvía a reunirme con ellos, leíamos y corregíamos juntos. Es decir, ellos corregían las inexactitudes para que el relato se ajustara a sus vidas en todo y yo corregía la escritura, la prosa, el modo en que cada historia tenía que ser contada según lo que me parecía. Muchas reuniones, varias correcciones, todas las reescrituras necesarias hasta que el texto escrito y la vida fueran una misma cosa.

En 1970 Ricardo Piglia entrevista a Rodolfo Walsh y conversan sobre varios temas: nuevas formas narrativas, el valor de la novela. Para Walsh literatura y política están cerca, o unidas mejor, en una relación ineludible. En esa entrevista afirma que:
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… el testimonio y la denuncia son categorías artísticas por lo menos equivalentes y merecedoras de los mismos trabajos y esfuerzos que se le dedican a la ficción. En un futuro tal vez se inviertan los términos y lo que realmente se aprecie en cuanto a arte sea la elaboración del testimonio o del documento que, como todo el mundo sabe, admite cualquier grado de perfección. Evidentemente en el montaje, la compaginación, la selección en el trabajo de investigación, se abren inmensas posibilidades artísticas.
La escritura de La respiración violenta…, sin embargo, no responde a ningún testimonio, nadie me habló de la historia que cuenta la novela, en ningún caso los datos responden a una experiencia que me hayan trasmitido, ni a ningún testimonio. Sin embargo sé que haber escrito aquel libro me permitió luego llegar a La respiración violenta del mundo. No me refiero a la trama, sino al aire pesado en que tienen que moverse los personajes en la novela, incluso a la asfixia que por momentos sienten.
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"Se abren inmensas posibilidades…" dijo Walsh; y en el momento en que leí ese fragmento me dejaba allí una respuesta que, 40 años después, iba a alumbrar una oscuridad, respondiéndome las preguntas antes de que me las formulara. Quiero decir, que él había dejado su respuesta en 1970 para cuando los escritores, muchos años después tuviéramos estas mismas inquietudes de las que habla Walsh, adelantándose a un tiempo que faltaba mucho que llegara.

De todas las posibilidades que se abrían, hubo una que me interesó más: tomar la perspectiva de Emilia, la niña protagonista de la novela. No su voz, no su lenguaje, sino su perspectiva, es decir, lo que para mí es contar la historia lo más cerca posible de su mirada, de su cabeza y de su corazón. Emilia es para mí la protagonista no sólo porque está en el centro del remolino, sino porque desde allí mismo, desde ese movimiento feroz de las aguas intenté escribir el relato. ¿Y la tristeza, la desolación, la angustia de los personajes? No quise enunciarlas, ni redactar párrafos que dieran cuenta, ni siquiera una oración. Traté sí de inscribirlas en los cuerpos de los personajes, en sus modos de moverse, de caminar, de quedarse quietos también. La manera en que alguien cierra sus párpados, o los abre, puede dar cuenta del océano en el que está inmerso, incluso cuando no encuentre las palabras para comunicarlo, cuando no las tenga.
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Nunca sentí la necesidad de respetar los géneros. En mis libros de ensayo, incluí poemas, también relatos. En los libros de poesía, narraciones. En La respiración violenta…siento que, aquello que podríamos llamar los límites de la ficción se desplazaban todo el tiempo, que incluso la reformula. ¿Es ficción o pasó de verdad?, preguntan los lectores. ¿Los personajes son reales o imaginados? La novela es una ficción en el sentido más convencional del término pero el secuestro y la apropiación de niños en nuestro país son tristemente reales y entonces ¿dónde se para una al momento de responder esta pregunta?
¿Por qué los subtítulos de los capítulos son los nombres de los lugares en los que transcurren las escenas?, me preguntó una mañana mi editora, Mercedes Güiraldes, mi editora, a quien nunca le terminaré de agradecer su trabajo, intenso y delicado al mismo tiempo. Estábamos en el bar del hospital Italiano y mientras hablábamos sobre La Respiración violenta… tomábamos café. Quilmes, Burzaco, La Plata, Lomas de Zamora, Longchamps, San Vicente, Adrogué. No sé, le contesté ese día. Pero la respuesta la tengo ahora, me la dio uno de los primeros lectores del libro. "Qué buena decisión precisar tan ajustadamente los lugares", me dijo el lector, "es una forma de reparar tanta injusticia que hubo en este país cuando se secuestraban los niños y se ocultaban sus cuerpos y sus historias."
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El libro está dedicado a tres amigas entrañables, no sé si ellas alguna vez tendrán la dimensión verdadera de qué importantes fueron para la escritura de la novela y para mi vida toda.
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