
Mucho antes de publicar su primer libro, Loriga resolvió que "Jorge" no iba a ser la forma en que lo conocieran y se bautizó "Ray". La decisión funcionó y hoy todos, hasta su mujer, le dicen así. Con ese (nuevo) nombre junto al estilo ligado a la generación beat y la pinta de recio, Ray Loriga irrumpió en la literatura como si hubiera salido de "Pulp Fiction".
Publicó su primera novela en 1992; tenía 25 años. Lo peor de todo, tal era el título, sacudió a la España de Felipe González. "Un fascinante cruce entre Marguerite Duras y Jim Thompson", dijo Pedro Almodóvar. Loriga los agarró con la guardia baja y aprovechó la ventaja del que pega primero. Al año siguiente entregó Héroes y el mundo hizo ¡plop! y nadie entonces podía entender qué era esa furia. Y los libros fueron llegando uno tras otro: Días extraños, Caídos del cielo, el guion de "Carne trémula", Tokio ya no nos quiere. Esta última se anticipó dos décadas a Black Mirror: las compañías multinacionales usaban algoritmos para analizar las decisiones de sus CEOs y que estos siguieran aconsejándolas después de muertos.
Loriga es un parteaguas de las letras españolas. Y está bien, porque cada uno de sus libros provoca un pequeño tsunami. En veinticinco años publicó 15 títulos, escribió 7 guiones, filmó 2 películas.
Este año ganó el Premio Alfaguara, dotado en 164 mil euros, con Rendición (se presentó con el seudónimo Juan Sebastián Verón). Con un estilo diferente a las anteriores, la novela sigue a un matrimonio que, en medio de una guerra sin principio ni final, debe abandonar su casa en el campo y llegar a la Ciudad Transparente para sobrevivir. Pero una vez allí, la realidad se les revela como una extraña pesadilla futurista de hípercontrol y paranoia. Rendición es una alegoría sobre la violencia, la desconfianza a las redes sociales, las tensiones del poder.
La gira promocional del premio lo trajo a Buenos Aires. Con él hablamos de su novela.
—Años atrás decías que los españoles "escriben como si no existiera la televisión"; Rendición es una historia a lo Juan Rulfo. ¿De dónde viene la decisión de mirar al pasado?
—El modelo principal del libro fueron Los viajes de Gulliver. Quería indagar en el concepto de identidad y para eso necesitaba dos mundos distintos, como hace Swift, con el de los enanos y el de los gigantes. Es una idea muy sencilla pero maravillosa. Plantea las preguntas: "¿Qué narices soy? ¿Cuál es mi tamaño real? ¿Somos por comparación o hay algo propio?" Y para indagar en esto necesitaba trasplantar —y cuando digo trasplantar quiero decir arrancar sus raíces— una voz del ámbito rural al mundo ballardiano.
—Es curioso, porque yo hablé de Rulfo y vos de Ballard. Pero hay un puente entre los dos.
—Son los dos parámetros. Esa voz en la Ciudad Transparente tendría las herramientas de adaptación y capacidades de aquella otra que se podría llamar rulfiana —y que también podría pertenecer a la tradición de la literatura española— para que el choque fuese mayor.

—¿La Ciudad Transparente son las redes sociales?
—De alguna manera sí. Es una sociedad de autodelación constante, consciente y entusiasta. En las novelas de Orwell, Huxley, esas que todos hemos leído, había un concepto de espionaje y vigilancia como un panóptico, donde unos pocos miraban a todos. Eso ya no hace falta, porque todos se vigilan entre sí con gran naturalidad. Es el fenómeno de las redes. En los últimos 10 años esto ha cambiado nuestros patrones de conducta y socialización. Y, por otro lado, es una falsa sensación de libertad. Lo que de verdad le puede interesar a las compañías que dirigen estas redes es nuestro patrón de conducta de consumo. No es que pretenda vivir en una cueva y volver a las pinturas rupestres, pero me crea inquietudes. Esto va tan de prisa que da la sensación de que la herramienta nos utiliza más que nosotros a la herramienta.
—¿Como si uno no viviera algo si no lo pone en Twitter?
—¿Cómo afecta realmente a la identidad y la autoestima la mirada de unos imprecisos otros? Si uno va a un concierto de Bruce Springsteen o de Fito Páez o de quien sea, pone su foto en el concierto y no recibe ni un pinchazo ni una visita —no sé cómo funciona porque no lo utilizo— parece que te arruina el concierto. Igual que te arruinaría la playa o el novio. Es un cambio de paradigma bastante serio en nuestras relaciones con los demás y con nosotros mismos. Volviendo a Los viajes de Gulliver, es un cambio en la concepción de nuestra propia identidad, nuestro tamaño y circunstancia.
—Sé que te tomó ocho años escribir la novela, sin embargo la temática es muy actual. ¿Qué dice de nuestra realidad?
—No lo sé. Me sorprendió. Empecé a escribirlo y en el medio escribí Za Za, emperador de Ibiza y también el guion de película. Cuando lo terminé, me enteré que 1984 ha sido un bestseller este año —una vez más, porque ya llevas varias vueltas y siempre encaja—, que Netflix hizo una serie con un libro de Margaret Atwood, etc. Me llegan muchas referencias de varios que estamos en ese zeitgeist, como dicen los alemanes, o "the sign of the times", como decía Prince. Cuando escribí Tokio ya no nos quiere, en 1996, la palabra distopía no llegaba al hartazgo que ahora llega.
—¿Si Rendición se hubiera publicado 50 años antes, habría sido un libro del boom?
—No lo sé. Hubiese tenido mucha competencia porque había muy buenos escritores. Me gustaría pensar que es un libro que pudo haberse leído hace 50 años. Es verdad que no había ni el sueño de las redes sociales, pero a lo mejor se podría haber relacionado con una sociedad obsesionada por observar a los demás. En España le llamamos "patio de corrala" a los fondos que quedan rodeados por los edificios que dan a la calle, con la gente que sale a los balcones interiores y opina de lo que hacen los otros. Las redes sociales son como súper patios de corrala globales. Me gustaría soñar que el libro se pudo haber leído hace 50 años y ojalá se pueda leer dentro de 50 años más.
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