“Mis debilidades son usar zapatillas, comer tortilla de papas española un poquito babé, cocinar salsitas con cebollas caramelizadas y tocar la guitarra”, define parte de su costado desconocido la pisciana Flor, que nació en Barrio Norte durante el ’83 y cumple años los 15 de marzo.
“Mis debilidades son usar zapatillas, comer tortilla de papas española un poquito babé, cocinar salsitas con cebollas caramelizadas y tocar la guitarra”, define parte de su costado desconocido la pisciana Flor, que nació en Barrio Norte durante el ’83 y cumple años los 15 de marzo.

"En casa no vemos televisión de aire", afirma de pronto María Florencia Bertotti, desde su 1,64 metro y 50 kilos, mientras parecen brillarle aún más los hipnóticos ojos entre castaños y verdes.

Claro, admitámoslo, la pregunta buscaba un poco de camorra ("¿Qué programa sintonizaban hasta el último mes, cuando se superponían el de su marido, Federico Amador –Campanas en la noche– y el de su ex, Guido Kaczka –Otra noche familiar–, padre de su hijo Romeo?", le habíamos consultado socarronamente). Pero ella no dudaría al responder. E incluso explicaría:

–Salvo algún noticiero por un hecho puntual, ponemos series, YouTube, Netflix… Nada de tele abierta.

–¿No lo dirá porque desde 2016 (Silencios de familia) no se la ve en la pantalla chica y ahora se dedica al teatro, verdad?

–(Ríe) Cero. Incluso hay una propuesta de Pol-ka para fines de año, que vengo evaluando… Pero no. La verdad, estoy tan contenta con el teatro… Venía con muchas ganas de volver a actuar. Hasta que Juan Manuel Caballé –con quien trabajé en la puesta de Simona– me pidió que leyera la obra 100 metros cuadrados, del dramaturgo español Juan Carlos Rubio. De entrada, me encantó. Sin embargo pensé: "Teatro, de noche, algo repetitivo, con una vida doméstica a pleno. Mmm…".

–¿Mmm?

–Me surgió la parte prejuiciosa. Y le pedí a mi esposo que la leyera. Lo hizo. "Hermosa. Hacela. Yo te cubro", fue su respuesta. Pronto me sumé a la producción artística, la adapté con Manuel González Gil –el director–, conocí a mi admirada María Valenzuela, Carlos Rottemberg nos consiguió sala y en un mes, de repente, estrené mi primera obra para adultos y no derivada de un ciclo de tevé. Si en mi vida me fui tirando a la pileta (desde los 12 trabajé en publicidades, actué acá y allá, escribí canciones, grabé discos, armé Pancha, mi línea infantil de ropa…), ¿por qué no lo haría ahora?

“La vida es lo que sucede mientras estás ocupado haciendo otros planes”. Así reseña Bertotti el argumento de 100 metros cuadrados, la puesta que acaba de estrenar, junto a María Valenzuela, en la Sala 1 del teatro Multitabaris Comafi (avenida Corrientes 831, CABA).
“La vida es lo que sucede mientras estás ocupado haciendo otros planes”. Así reseña Bertotti el argumento de 100 metros cuadrados, la puesta que acaba de estrenar, junto a María Valenzuela, en la Sala 1 del teatro Multitabaris Comafi (avenida Corrientes 831, CABA).

–¿Suele chequear si hay agua?

–Siempre. Y acerté. Descubrí que ninguna función es igual, que el público ríe, llora, varía según el día o el clima, si cenó o no. Hay catarsis, reflexión, algo maravilloso, mágico. Con 100 metros cuadrados descubrí un mundo nuevo, que disfruto como loca.

–¿En cuántos metros cuadrados convive María Florencia Bertotti con su familia?

–Si bien los fines de semana viajamos a un campito que tenemos entre San Pedro y Baradero, al que también nos acompañan Vito (12) y Ciro (9), los hijos de Fede, el resto de los días Romeo (10) y nosotros dos vivimos en un departamento de San Isidro que anda en los doscientos metros.

–Relátenos cómo es usted en esos 200 metros cuadrados…

–Alguien que se levanta feliz. Una mujer llevadera, activa, pilas, inquieta, pero capaz de arrojarse cuatro horas a leer en posición horizontal.

–Hasta ahí lo bueno…

–(Carcajada) Okey. Arranquemos analizando lo malo. Tema orden: Me gusta que todo esté en su lugar, casi simétrico, y que no haya una manta arrugada sobre el sillón. Ojo, si ando apurada arrojo lo que sea y después lo acomodo. Tampoco me molesta si se arma desorden al usar las cosas. Pero luego las regreso a su lugar. No dejo que nada se desmadre, ni los placares. Y me gusta que la casa esté limpita y huela bien… ¿Segundo ítem? Les pongo apodos a los perros, a todo le meto onomatopeyas, diminutivos… ¡Hasta a mi esposo! Lo llamo Pepito.

“Soy como la agenda de mi hogar, más allá de que a la mañana con Fede (Amador, 43) nos preguntamos cómo viene el día de cada uno y nos repartimos tareas y pagos de cuentas. La plata que gana cada uno es de los dos, un fondo familiar… Sistema bastante comunista el nuestro”, reflexiona.
“Soy como la agenda de mi hogar, más allá de que a la mañana con Fede (Amador, 43) nos preguntamos cómo viene el día de cada uno y nos repartimos tareas y pagos de cuentas. La plata que gana cada uno es de los dos, un fondo familiar… Sistema bastante comunista el nuestro”, reflexiona.

–¿Hay un tema 3?

–Hay. Nunca termino cien por ciento una comida. A lo sumo le dejo un borde. No sé por qué, lo llamamos "el culito Pérez Colman". Claro que pasa el barrefondo de mi marido y se lo come, igual que cualquier resto que queda sobre la mesa. Se trata de una especie de mandato familiar que me quedó, de dejar algo en el plato.

–¿Usted va al psicólogo?

–Psicóloga. Fui bastante tiempo y en diversas etapas, pero me di de alta hace dos años y medio…, aunque ahora lo necesitaría, por muchas cosas. Igual, el WhatsApp de mi analista lo conservo siempre a mano.

–Lo del género de su analista nos da pie para consultarle: ¿Es diferente la forma en que una mujer se mueve ahora en su casa, comparándola con la del tiempo en que usted y su hermana Clara (ahora abogada; 40) convivían con sus padres?

–El tema es que ellos se separaron a mis siete años. Papá (Gustavo) se fue a vivir a Córdoba, donde falleció de un paro cardíaco a fines de los 90', con 43, 45 años. Yo sumaba entonces 16. Mantuvimos contacto hasta ahí… Mi último recuerdo de nena era él trabajando y mamá supeditada a la casa. A partir del alejamiento de mi padre experimentamos una situación de absoluta libertad, de hacer lo que deseáramos. De ahí que mi gran recuerdo es la certeza interna de poder ir hacia aquello que quisiéramos. Así que mi referente en casa, mi Mujer Maravilla, siempre fue mamá María, que es profesora de alumnos discapacitados y ahora anda en los 63 pirulos.

Junto Valenzuela y  Stefano De Gregorio (quien allá por 2004 fuera Tomás en Floricienta), sus compañeros en 100 metros cuadrados, que los tres presentan los miércoles, jueves y domingos (a las 20 horas), viernes (21) y sábados (20 y 22), con entradas a 900 pesos”.
Junto Valenzuela y  Stefano De Gregorio (quien allá por 2004 fuera Tomás en Floricienta), sus compañeros en 100 metros cuadrados, que los tres presentan los miércoles, jueves y domingos (a las 20 horas), viernes (21) y sábados (20 y 22), con entradas a 900 pesos”.

–¿Cómo transita Flor Bertotti la flamante etapa de empoderamiento femenino?

–Celebro el poder avanzar, reflexionar, salir de situaciones difíciles e injustas, que haya más transparencia y sensibilidad, que ya no se guarden bajo la alfombra las cosas que se tomaban como normales y no lo eran.

–¿Es feminista?

–Si significa querer tener los mismos derechos que los hombres, lo soy. Lejos de tal definición, hay algunas formas que no me representan. Pero las de fondo –mismas posibilidades, mismos derechos, misma libertad–, seguro.

–¿Qué posición tiene respecto al aborto legal?

–Me reconozco con contradicciones. Estoy a favor de que no se deje morir a las mujeres en abortos clandestinos, pero mi pensamiento apunta también a una educación que colabore para que no se llegue a semejantes situaciones. En lo personal, nunca me haría un aborto.

“Soy puteadora sólo cuando ando de buen humor”, cuenta la inolvidable intérprete de Son amores y Guapas, y quien en su departamento de San Isidro vive con Amador, Romeo Kaczka (en la foto de 2011 junto a su abuela María) y Keny, un labrador negro que les regalaron. Los fines de semana y en vacaciones se les suman Ciro y Vito, los hijos de Federico.
“Soy puteadora sólo cuando ando de buen humor”, cuenta la inolvidable intérprete de Son amores y Guapas, y quien en su departamento de San Isidro vive con Amador, Romeo Kaczka (en la foto de 2011 junto a su abuela María) y Keny, un labrador negro que les regalaron. Los fines de semana y en vacaciones se les suman Ciro y Vito, los hijos de Federico.

–¿Conversa en pareja todas estas cuestiones? Hasta hace poco su esposo protagonizaba una ficción con Calu Rivero, de las primeras damas en manifestarse de manera pública contra la violencia de género.

–Con Fede hablamos de todo. Él no sólo es un bombón, sino un compañero respetuoso, abierto, sensible, compinche, menos celoso que yo y que me acompaña. Vive pendiente de mí y mis inquietudes. Igual que yo de él y las suyas.

–¿Hora de casarse, quizá, tras casi una década de amor?

–(Suspira) No hace falta. Alcanza con los dibujos que ambos nos tatuamos en los dedos anulares de las manos izquierdas.

–¿Y un hijo juntos?

–Touché. Nos encantaría. Está en carpeta.

Por Leo Ibáñez.
Fotos: Gentileza Gabriel Machado y redes sociales.
Arte y diseño: Gustavo Ramírez.
Maquillaje y peinado: Daiana, para Cristian Rey.
Agradecemos a Justa Petra, Las Pepas, Melocotón y a Silvina Santos (SMW Asesores de Prensa).

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