
Son pocos los que saben quién es. Nicola Costantino (53) recorre las dos salas dedicadas a su obra en el MAR y la mayoría no sabe del lujo de seguirle los pasos con el oído disimulado. El grabador prendido rescata su voz suave entre el murmullo de aquellos que buscan la selfie perfecta. "Casi que no miran. Ponen la cámara y sacan la foto. Después la verán en la pantallita, así de chiquitita… y creerán que están viendo la obra". Pero pronto se corrige –no quiere sonar crítica ni antipática: "El fluir de la comunicación es maravilloso".
–¿Qué ves al observar a la gente frente a tu obra?
–Este museo tiene un programa que es gratis y muy interesante. Por eso atrae a un público que, imagino, nunca va a un museo. Aquí entran alrededor de mil personas por día. Y así el arte se vuelve cada vez menos elitista y más masivo. Me gusta cuando veo a la gente emocionada frente a mis obras. No son indiferentes. Su sensibilidad está expuesta, porque no están acostumbrados a ir a un museo. Se sorprenden. Y mi obra no es hermética, se entiende.

EL VERDADERO JARDIN NUNCA ES VERDE
Con el paso lento y los sentidos en alerta llegamos al primer piso del museo, donde se encuentra la obra que inicia el recorrido de esta muestra –producida por el Ministerio de Gestión Cultural de la Provincia de Buenos Aires–. Data de 2016 y está inspirada en El jardín de las delicias de El Bosco, un tríptico del 1500 expuesto en el Museo del Prado.
"Trabajé mucho a partir de las obras de otros artistas. Esta es de las más importantes de la historia. Se me ocurrió materializar la Fuente de la Vida, que está en el panel izquierdo. Y mostrar que en lugar de ser fruto de la fantasía de El Bosco, existía y no lo sabíamos. Así la diseñé de manera verosímil, con un programa 3D y la imprimí. Ensamblé 52 partes y le hice una terminación en símil mármol con resinas. Quedó un acabado roto, como si hubiera estado abandonada 500 años y se hubiera encontrado deteriorada. La recubrí con una empalizada, como la que les ponen a los monumentos para restaurarlos. Cuando entrás, el paisaje que la rodea ya no es un jardín, sino un desierto: el Valle de la Luna", revela Nicola. Y apunta que "la impresión 3D es para los escultores lo que el Photoshop para los fotógrafos". Entonces, cuando alguien se le acerca y la felicita por la genialidad, ella agradece con timidez.

PARDES
"Después de hacer el desierto pensé en el bosque, que remite al paraíso –de ahí su nombre en hebreo–, donde todo está dado para el disfrute", explica Nicola al pasar a la sala contigua, donde la belleza es tal que habría que quedarse a dormir. "Como en el desierto, aquí también tenés andróginos –fusión de lo masculino y lo femenino– y orquídeas, que están entre lo animal y lo vegetal, porque seducen insectos para polinizarlos. Es un mundo que se desarrolla más allá de nuestra civilización. Sin conciencia. Y como ese 'absoluto' que le da nombre a la muestra", detalla la artista y hace una pausa para que el escenario lo diga todo.
–¿Cómo proponés que se contemple tu obra?
–Sugiero dejarse envolver. Sentir lo que tiene que suceder. Si mirás para allá (señala un pasaje del bosque) perdés el límite. No sabés dónde termina la realidad y comienza la ficción. Es una experiencia. Algo que jamás será posible a través de un video o una foto.

ABISAL
Una cortina separa el bosque de la instalación que marca el final. Se hizo especialmente para esta muestra. "Un poco por casualidad empecé a investigar la fosa de las Marianas. Es una grieta en el fondo del Pacífico que mide lo mismo que la cordillera de los Andes y tiene 11 kilómetros de profundidad. Se conoce desde los años 60', pero recién hace muy poco se la pudo explorar por primera vez con un aparato. Porque no hay ser humano ni instrumento que soporte semejante presión. Las fotografías que tomó muestran seres increíbles, como medusas y calamares enormes, con luz propia, que se adaptaron a un medio frío y oscuro, más allá de nuestra conciencia. Un mundo real que se desarrolló en paralelo a nosotros. Donde hay además organismos de células que se regeneran hasta ser inmortales", revela la escultora con la fascinación de un chico, mientras en la sala minúscula y oscura los visitantes giran en torno a "una criatura que creé tomando los dibujos del alemán Ernst Haeckel (1834-1919). Porque cuando algo es tan apropiado, ¡no me voy a poner a inventar un bicho!".

SAPO DE OTRO POZO
Nicola nació el 17 de noviembre de 1964 en Rosario, Santa Fe. Hija de italianos, cuando terminó el secundario estudió Bellas Artes con especialización en Escultura en la Universidad Nacional de esa ciudad. Hizo su primera muestra en 1992 y es considerada una precursora del arte contemporáneo latinoamericano. Se mudó a Buenos Aires –donde reside actualmente– dos años después, y sus obras se han expuesto en varias partes del mundo, de Israel a Suiza. Fue parte de la 55ª Bienal de Venecia (2013), y desde el 2000 su obra Corset integra la colección del MOMA (Nueva York).
"Hay cuestiones de mi infancia que nunca perdí. En la fábrica de ropa de mi mamá aprendí a ver en volumen. Nunca me interesaron la pintura ni el dibujo. Veo y pienso en profundidad", asegura Nicola. Cuando le pidieron algo inédito para agregar a la muestra, se animó –"aunque me daba cosa"– a exponer el gran boceto pintado con acuarelas que está en la entrada a la sala. "Cuando tomás un camino, es difícil que te salgas. Me formé durante diez años, en la post-dictadura, pero pre Internet", apunta.

–¿Te costó más por ser mujer?
–Recién ahora soy consciente de que fue difícil. A una artista mujer se la trata distinto que a un hombre. Yo tenía compañeros que decían: "Yo expuse aquí, hice esto" (ironiza en tono arrogante). Y yo, en cambio, que había expuesto en lugares más importantes, jamás hablaba así de mí. A nosotras nunca se nos trató con la misma pleitesía. Sin embargo, tuve otro inconveniente mayor aún: ser rosarina. Buenos Aires es la jungla, muy elitista con la gente del interior. Yo llegué con una identidad fuerte, haciendo animales momificados y performances con comida. Integraba grupos de artistas y becas, pero no conectaba con nadie. Me sentía muy sola. Fue como hacer el servicio militar.
–Pero pudiste trascender con tu arte…
–Sí. No era parte, pero seguí adelante. Siento que el arte es una experiencia. Creo que los museos y las galerías están quedando obsoletos. Quiero que el arte deje de ser una obra que compra el coleccionista y se la lleva a su casa. Mi nuevo paradigma como artista es que el arte sea una experiencia, que lo atesoremos como un recuerdo y que así se vuelva cada vez más lindo. Como ocurre con las memorias.
–¿Qué dirías de lo que se pueda decir de vos?
–Hay artistas jóvenes que me pueden tener como referencia, porque soy material de discusión. Utilizo muchas técnicas. Tengo la satisfacción de que puedo ser objetada por muchas cuestiones, pero me reconocen la seriedad y el compromiso con el trabajo. No trabajo con una idea y encargo la obra para que otros la ejecuten. Estoy en todo el proceso. Y no es que lo otro esté mal. Simplemente, no es mi manera de trabajar.
Por Ana Van Gelderen. Fotos: Diego García.
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