
Habrá que transportarse hacia 1960, cuando Pacho O'Donnell era, según su propia definición, un inquieto "hippie", que viajaba por Europa y abría los ojos (y la mente) ante cada revelación.
"Fue ahí cuando me gustó mucho un plato turístico, muy económico, que tenía esa bella imagen del Quijote de (Pablo) Picasso; me lo compré, lo puse en la mochila y lo preservé durante todo el viaje, y cuando llegué a casa, por supuesto… ¡se me rompió! Pero creo que eso fijó en mí al plato como soporte artístico. También he sido amigo de Carlos Páez Vilaró y él trabajó mucho con platos… Quizá me gustó porque tiene una dimensión que me permite trabajar; imagino que en una tela más amplia me perdería. Me disimula más como un artista sin permiso", cuenta O'Donnell (76), pudoroso de su propio talento.
Escritor, dramaturgo, historiador, político, psiquiatra, Pacho es un artista (así, sin rodeos) que brilla en diferentes facetas. Su nombre está íntimamente ligado a la cultura nacional.

Pero, claro, existen caras ocultas. Y una de ellas, al fin, se expone para que el público la disfrute: hasta el 23 de septiembre, en el Centro Cultural Borges (Viamonte 525, CABA), sus creaciones en platos de barro ocuparán la sala 11. El entrañable Pacho y su íntimo deleite llenarán la atmósfera, para que todos lo celebremos.
–¿Cuándo arrancó con los platos?
–Hará unos diez años, o un poco más… Siempre fue una especie de hobby, de actividad secreta, como una forma de meditación. Con el tiempo fue cobrando envergadura, un medio expresivo que empecé a respetar más. Entonces, traté de profundizarlo. Y me di cuenta de que había llegado a un estilo.
–¿Con qué los trabaja?
–Con fierro, con metales que no se pintan nunca, porque quiero conservar esa materia. Tornillos, pasadores, cadenas… Y te repito: no me considero un artista, apenas un audaz.

–Nunca se le había dado por la plástica.
–No, no me doy ese permiso. Valoro demasiado a los buenos pintores, je.
–¿En qué momento del día se pone a trabajar?
–En general, toda mi producción siempre es aluvional, tanto la literaria, la teatral, la historicista… Son momentos muy apasionados… Muchas veces con dificultad para irme a dormir… Puedo ponerme a producir cuatro o cinco platos en un día… Después puede pasar una etapa larga en la que me distancio, no me convoca. Y paso a otra cosa, en ese juego mío de distintos vicios… No soy nada metódico.
–¿Cuál fue la primera persona a la que le mostró los platos?
–La que ha sido muy importante es mi mujer, Marina, una persona deliciosa. Ella siempre se lo tomó mucho más en serio que yo. Es una médica muy reconocida, jefa de Servicio del hospital Italiano, y una vez tuvo que premiar a unos becarios… ¡y les dio mis platos! Me resultó curioso. Necesité que lo valorizara ella para que después lo valorizara yo. A mi edad, hacer algo nuevo es muy atractivo. Te confieso que lo hago con mucho pudor y temor.
–¿Por qué?
–Sé que no soy Miguel Angel… De alguna manera estoy exponiendo algo que seguramente tiene una significación mucho más íntima de lo que creo. Me ocurre en los estrenos teatrales: me angustio mucho. Uno no sabe lo que está mostrando, uno produce desde la parte más neurótica, la menos resuelta. Me da una sensación muy profunda de desnudez y desamparo. De todas maneras, lo hago, no me cohíbe.
–Y, a pesar de la experiencia, no se acostumbra.
–No, me sigue resultando difícil. Cualquier cosa que me digan lo vivo como algo doloroso. Aunque me elogien. Es así. Además, los argentinos somos maravillosos para elogiar y, de paso, hacerte sentir mal. "Qué bueno el segundo acto", te dicen. ¿Y los otros?
–Hablando de actos, hace poco estrenó A la izquierda del roble, la obra teatral que escribió en memoria de Mario Benedetti.
–Sí, sí. Es un homenaje a alguien que conocí y quiero, y que representa al intelectual comprometido; y a los 60, esa época maravillosa donde el cambio social parecía al alcance de la mano. Con Mario coincidimos en el exilio, en España. Un tipo humilde, que llevaba la inteligencia como un peso. Nunca alardeaba. –Esa costumbre suya, Pacho, de ser multifacético.
–Será que siempre quise jugar con todos los juguetes del placard. Una clave de la vida es respetar tu deseo, qué es lo que realmente querés hacer.
–De aquel hippie de los 60, a este hombre de hoy, ¿qué cosas cambiaron y cuáles permanecen intactas? –… Creo que soy el mismo, con las variaciones impuestas por las situaciones, por la edad… Ser viejo es algo dramático… No sé… Hay una base que se mantiene, que me permitió hacer una vida interesante, con muchos contratiempos, exilios, separaciones, enfermedades, muertes… Pero tengo cinco hijos maravillosos, buenos amigos, a mi mujer… A pesar de todo, he sido feliz.
Por Eduardo Bejuk
Fotos: Fabián Mattiazzi
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