La noticia de que Conrado Franco Varotto (77) dejá la dirección de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) es solo una excusa para contar la historia de un inmigrante italiano que resultó ser un genio y uno de los científicos más valiosos de la Argentina.

"Ahora soy un pinche", dice Conrado en su primer día como jubilado. "Un pinche", dice el doctor en física responsable de poner en órbita los cuatro satélites que tiene el país para observación de la Tierra; el hombre que en 1976, recién llegado de la Universidad de Stanford, fundó el INVAP (la empresa de tecnología argentina de renombre mundial); el miembro de la Academia Nacional de Ciencias; el director del proyecto de desarrollo de la tecnología de enriquecimiento de uranio o aquel estudiante que con 27 años se convirtió en investigador asociado del Departamento de Ciencias de los Materiales de la Universidad de Stanford, cuna de los genios de Silicon Valley.

Y no lo dice en broma. Lo dice en serio, porque algo que caracteriza a este doctor en física es la humildad. Habla claro, es amable, se muestra sencillo y vive con la austeridad que le inculcaron los jesuitas en la escuela. Sus ojos, detrás de unos gruesos lentes, transmiten paz, ternura y bondad. Tiene la mirada de aquellos que saben que su conciencia está tranquila y el trabajo está hecho.
Cuando le preguntamos si es cierta la anécdota de que hizo el secundario en menos años porque le resultaba muy fácil, dice: "Fue algo que se presentó como una oportunidad y la aproveché".

Es así como a los 16 años Varotto ya tenía el título de bachiller y estaba listo para ingresar al Instituto Balseiro, donde se licenciaría en física y luego obtendría su doctorado (1968). Pero la maravillosa historia de este científico, que a decir verdad parece tener más de poeta y romántico que de hombre de ciencias exactas, comienza antes.

Conrado Franco Varotto nació en 1941 en Brugine, provincia de Padova en Italia durante la Segunda Guerra Mundial y en ausencia de su padre Luigi, lo cual generó dudas con la elección de su nombre.
"Así como en Italia hay regiones que ponen hasta diez nombres, en la nuestra te ponían uno solo. Yo fui un ave raris. Según contara mamá, cuando yo nací papá estaba en el frente y había algunos de la familia de él que querían que me llamara Corrado y alguno de la de mi mamá que les gustaba Franco. Al final terminé como Corrado de primer nombre en la partida de nacimiento y Franco en la de bautismo. A mamá siempre le gustó llamarme Franco", dice con dulzura como si estuviera escuchando su nombre brotar de los labios de su madre Agnese.
El Corrado se transformó en Conrado cuando llegó a la Argentina y hoy en los ámbitos de trabajo lo llaman así, pero su familia le dice Franco.Tenía 9 años cuando en 1951 llegó a la Argentina junto a su mamá y su hermano mayor Mario. Su papá había viajado antes para buscar un trabajo y poder traer a la familia. La Italia de la posguerra tenía que reconstruirse y estas latitudes eran tierra de oportunidades. "No me di cuenta de que estaba en otro lugar, con otra gente. Fue todo tan natural, hasta el idioma no me trajo ningún problema", recuerda Conrado sobre su llegada a Buenos Aires en donde su papá llegó a tener su propia bicicletería.
Fue en esos días, cuando él y su hermano entraron becados al colegio Salvador, que su vida tomó un curso inexorable. "Fueron los jesuitas del colegio los que me metieron el amor por las ciencias exactas, particularmente por la física", recuerda Conrado.
Pero otro amor más grande se gestaba dentro de Varotto, su devoción por la Argentina. "Hay un país maravilloso, a mis padres por traerme a vivir en él", fueron las palabras que escogió Conrado como dedicatoria de su tesis hace 50 años. Toda su carrera la dedicó a devolverle al país las oportunidades que le brindó en su juventud. Pero en el debe y el haber, aunque su humildad le impida reconocerlo, Conrado tiene mucho saldo a favor.
Hoy, a pesar de todos los obstáculos que encontró a lo largo de su carrera, sigue tan enamorado de la Argentina como en ese entonces: "Ahora que voy a tener un poco más de tiempo voy a tener la libertad de volver a las ideas locas en el laboratorio ya que seguiré ad honorem vinculado con esos pibes maravillosos que tiene la Argentina en las diversas áreas que he transitado. Eso sí, le voy a dedicar más tiempo a la familia"
—¿Hay algo más pendiente?
—Quisiera avizorar, al menos un poquito, por qué un país maravilloso, que me dio tantas oportunidades, se ha autofabricado tantos problemas durante tantos años.
—¿Qué cambió de la Argentina de esos días a la de hoy?
—No soy historiador, no tengo la técnica adecuada para comparar épocas ubicándolas en las circunstancias de cada momento. Pero como lego te diría que algunos individuos o grupos de individuos hemos "dejado en el camino" algunos valores cristianos que eran y son básicos para nuestra sociedad.
—¿Si pudiera volver el tiempo atrás a dónde iría?
—El tiempo es irreversible y por ende no me he hecho esa pregunta. Eso sí, hay que aprender de los errores para no volver a repetirlos

—Fue funcionario bajo gobiernos de distintos signos políticos. ¿Cómo se logra permanecer al margen de la política?
—No tengo una receta. Simplemente puedo decirte que no importa el color de los superiores que me tocaron en suerte. Siempre había alguien con capacidad de decisión, que tenía comprensión y ganas de hacer crecer en cada momento y acorde a las circunstancias de las áreas en las que estábamos involucrados.
—De los numerosos premios que recibió -Konex de Platino, mención de honor Domingo Faustino Sarmiento, caballero de la "Ordine della Stella della Solidarietá Italiana y muchos otros-, ¿hay alguno que se destacó?
—Todos, porque son por diferentes motivos y siempre te sentís en deuda porque sabés que cuando te hacen un reconocimiento es por el laburo de muchos y no solo el tuyo.
—A lo largo de su carrera conoció presidentes de muchos países, líderes mundiales y personalidades de la ciencia. ¿Quiénes lo marcaron o dejaron huella en usted?
—Son tantos. Además de mis padres y de mi hermano Mario, que es un santo en vida, y la ayuda y comprensión de mi esposa Inesita y nuestros hijos, Hugo, María Cecilia y María Alejandra, y de toda la familia de mi hermano, son innumerables, tanto del país como del exterior. Desde profesores, compañeros y seguidores. Uno aprende de todos y todos te dejan una marca. Y lo más importante, todos eran muy diferentes entre sí, pero los caracterizaba su honestidad intelectual y su hombría de bien. Ahora si me apurás y solo de los primeros tiempos, vienen a mi mente el P. Gilardi (SJ), el Dr. Sadosky, el Dr. Balseiro, el Ing. Sábato, el Ing. Kittl, el Alte. Iraolagaoitia, el Dr. Vidoz, el Dr. Erramuspe, el Alte. Castro Madero, el Dr. Mariscotti, el Dr. Gaviola, el Dr. Maiztegui, el Dr. Stevenson, el Lic. Astigueta… ¡Y eso, solo en los primeros tiempos! Te imaginás si sigo, no te van a alcanzar las hojas de una enciclopedia.
Por Laura Vigo
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