
Las miradas llegan antes que las historias. En Faros, el ensayo fotográfico de Joakin Fargas premiado en el Salón Nacional de Rosario, cada retrato funciona como una advertencia silenciosa: detrás de esas personas hay vidas atravesadas por la urgencia de ayudar. No posan mientras trabajan. Están quietas, de frente, sosteniendo una experiencia que no necesita demostrarse en acción.
“Quería que la primera imagen fuera siempre la mirada”, dice Fargas. “Después, si alguien quiere, entra en la historia”.
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El proyecto reúne retratos y escenas de entorno de personas que trabajan de manera sostenida por otros, en distintos puntos del país. Desde el sur de Córdoba hasta Salta, desde Neuquén hasta Tucumán, Faros construye una cartografía humana donde lo común no es el paisaje ni la condición social, sino una decisión persistente: poner al otro en primer lugar.
Historias que sostienen comunidades
Julia fue el primer retrato. Vive en el sur de Córdoba y trabaja con caballos entrenados desde potrillos para tareas de equinoterapia con chicos dentro del espectro autista. “Es naturaleza pura”, resume Fargas.

“Tiene algo muy duro y muy tierno a la vez”. En su imagen, la luz combina natural y flash, una elección que el fotógrafo reconoce como más cercana a lo fantástico que al documental.
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“Vivo en un campo cerca de Riobamba con mi perrita Lula y con mi manada, ya que desde hace más de treinta años me dedico a criar caballos con el método de la doma racional. Una doma consciente y respetada, que busca protegerlos. A una parte de la manada la entreno para hacer equinoterapia, focalizándome, principalmente, en el acompañamiento y tratamiento de chicos con trastornos del espectro autista”, dice Julia.
Margarita aparece con una frontalidad sin concesiones. Integra Madres Trata, un colectivo que acompaña casos de desaparición vinculados a la trata de personas. Su historia está atravesada por la pérdida de una hija y por décadas de lucha.
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“Vivo en el barrio de Constitución, en Buenos Aires. Hace treinta años desapareció mi hija, víctima de la trata, y desde entonces lucho incansablemente para rescatar a las pibas de los prostíbulos. El tercer viernes de cada mes, desde la Fundación Madres Víctimas de Trata, hacemos ronda en Plaza de Mayo para visibilizar la explotación sexual y la desaparición de mujeres, ya que no recibimos ninguna ayuda del Estado para la búsqueda y rastreo, ni para la contención psicológica de sus familiares”, sostiene la protagonista.
En Neuquén, Rolo y Kerty desafían estereotipos. Motoqueros, tatuados, con una estética que suele asociarse a la dureza, dedican su tiempo a tareas comunitarias y a sostener comedores. “Juegan con esa imagen, pero son profundamente empáticos”, explica el fotógrafo. En sus casas, en los detalles cotidianos, aparece una forma de vida construida fuera del sistema y sin banderas partidarias.
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“Somos vikingos, motoqueros solidarios desde hace más de once años. Vivimos en Neuquén. Somos los extraños que ayudamos a la gente. En esta provincia entra mucha plata, pero está muy mal distribuida. Nosotros nos encargamos de recorrer comedores y merenderos de la zona, espacios carenciados, para entregar lo que haga falta, desde leche hasta ropa o juguetes”, sostienen los motoqueros en el proyecto.
“Después está Mavi. Es durísimo lo que hace ahí, en Salta, luchando por los derechos trans. Tiene una fortaleza extra, algo que no se explica del todo”, dice Joakin al referirse a su retrato, consciente de que esa persistencia cotidiana, sostenida en un contexto adverso, es una de las tensiones centrales que atraviesan el proyecto.
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“Me reconozco como mujer travesti/trans. Estoy activando en el territorio de Cafayate. Participo en una organización que se llama MTA Comunidad Diversa del Valle Calchaquí. Pertenecemos a un colectivo que está al margen del margen, en la periferia de lo periférico; porque, para nuestras identidades sexuales diversas, no hay ningún tipo de ayuda”, dice Mavi. Habla desde un lugar donde cada paso tiene costo y cada avance es una negociación constante.
Cada historia es singular, pero el conjunto produce una red. “No lo pensé así desde el inicio”, admite Fargas. “Eso apareció en la edición. Me di cuenta de que todos tenían un empuje interno que no es tan común”.
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El tiempo antes de la foto
En Faros, el retrato no es el primer gesto. Antes hay mate, charla, repetición del encuentro. “Una sola visita no alcanzaba”, dice. “Necesitaba volver, escuchar, que se olviden un poco de la cámara”.
Ese tiempo previo modifica la imagen. Las miradas se abren cuando hay confianza. Fargas habla de apertura, más que de espontaneidad. “Yo también me abría. Si no, la foto no iba a funcionar”.

Las historias no son livianas. Algunas lo dejaron exhausto. “Volvía destartalado”, reconoce. Pero entendió que el peso era parte del sentido del proyecto. “Si un trabajo incomoda, quizás es porque está tocando algo que vale la pena mostrar”.
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De la ciudad al territorio
Joakin nació en Buenos Aires en 1981, creció en Recoleta, un barrio que recuerda como ajeno y silencioso. Estudió fotografía a fines de los años noventa, todavía durante la era analógica, y luego cine. Trabajó durante años en fotografía comercial, hasta que una larga estadía en Nueva York derivó en In&Out, su primer libro, publicado en 2017.
Ese proyecto le permitió entender el alcance de los medios y del libro como objeto. “La muestra se termina. El libro sigue girando”, dice.
Durante la pandemia, con la caída del trabajo comercial, pudo dedicar tiempo a Faros. Lo que había empezado como una exploración sobre la gente que trabaja de madrugada en Buenos Aires derivó en una investigación más profunda sobre el trabajo comunitario en distintos territorios.
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El carácter federal del proyecto no fue sencillo. Viajes breves, presupuestos ajustados, contactos que no respondían. “Era ir a ciegas”, recuerda. Pero esa dificultad también definió el mapa final.
El libro y la calle
Faros tiene una maqueta terminada en formato libro, editada junto a La Luminosa. La selección buscó equilibrio: dos a cinco imágenes por historia, siempre con retrato y contexto. Parte de lo recaudado, proyecta Fargas, estará destinada a los propios protagonistas y a la itinerancia de la muestra.
Además de las salas, piensa el proyecto en el espacio público. Afiches, impresiones en tela, imágenes en la calle. “El museo no es prohibitivo, pero a veces la gente no entra. A mí me interesa que se vea”.

El Premio Colección del Ministerio de Cultura de Santa Fe, otorgado en el Salón Nacional de Rosario, confirmó esa línea. “Es un reconocimiento a una obra ligada al territorio”, señala. “Y también una forma de que estas historias pasen a formar parte del patrimonio público”.
Faros se exhibe en el Museo de Arte Contemporáneo de Rosario (macro), institución pública dedicada al arte contemporáneo argentino. El museo depende del Museo Castagnino y fue creado a fines de los años noventa para ampliar su colección hacia producciones actuales. Con sede en antiguos silos sobre el río Paraná, el macro reúne obras de artistas de todo el país y funciona como una de las principales plataformas de exhibición y adquisición de arte contemporáneo a nivel nacional.
Si algo espera del recorrido por la muestra o del futuro libro no es una respuesta cerrada, sino una inquietud. “Que alguien se vaya pensando a quién tiene cerca que hace algo por otros. Con eso alcanza”.
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