
Elena Placci nació en Río Cuarto el 22 de octubre de 1935. Noventa años después, en una pileta olímpica de Singapur, el cuerpo le ardía en una pierna lastimada y la cabeza le pedía una sola cosa: no pensar en el dolor, pensar en la carrera.
—Tenés que dejar de pensar en eso y pensar en la carrera— se dijo a sí misma, nadando apenas después de largar.
Se tiró. Brazos, piernas, respiración. Todo lo que había aprendido durante décadas. Brazos, piernas, respiración. Cuando tocó la pared, no sabía todavía que iba a ganar. Sabía otra cosa: había cumplido.
El viaje había sido largo. Córdoba–San Pablo–Estambul–Singapur. Tres días de aeropuertos, escalas y cansancio acumulado. El país del Sudeste Asiático la recibió en pleno calendario del World Aquatics Masters Championships, un torneo que se extendió del 26 de julio al 22 de agosto de 2025 y reunió a unos 6.000 atletas máster de 100 países.

Elena, al llegar, caminó por una ciudad-estado que funciona con la precisión de un cronómetro: trenes a horario, veredas limpias, normas visibles en cada esquina. El campeonato se desplegaba en múltiples disciplinas: natación, saltos, waterpolo y natación artística.
Afuera de la pileta, Singapur mostraba su escala: torres de vidrio, árboles artificiales, jardines suspendidos y un puerto que mueve más de 37 millones de contenedores al año, uno de los más activos del mundo. Una ciudad organizada alrededor del agua, del flujo constante y de una lógica que no se detiene.
—Llegamos bastante cansadas todas— dice Elena—. Así que el primer día fue para descansar. Lo mejor estaba por comenzar.
. . . . .
El punto de inflexión llegó con la jubilación. Elena había pasado décadas frente a pizarrones, enseñando inglés en colegios de Córdoba, y de pronto el calendario quedó en blanco. Corría 1999 y tenía 64 años. La pregunta apareció sin dramatismo, casi como un trámite cotidiano.
—Bueno, cuando me jubile, ¿qué hago?— se dijo.
La respuesta no tardó. Volvió a una imagen antigua: ella nadando de chica en Río Cuarto, en los veranos del Club Estudiantes, cuando en invierno no había pileta y el agua era helada porque era agua de pozo.
—Siempre me gustó nadar. De chica iba en verano, nada más. Eran otros tiempos, porque en invierno la pileta cerraba.
La natación había quedado ahí, como un gusto persistente, nunca como un proyecto. Hasta ese momento. Ya jubilada, fue a la pileta del Círculo de la Fuerza Aérea, en Córdoba. Nadó unos largos. El entrenador la observó y fue concreto.

—Tenés que pulir los estilos. Vos nunca aprendiste con profesor…
Aceptó sin discutir. Durante tres meses entrenó tres veces por semana. Técnica, correcciones, repetir movimientos. Después llegó otra escena decisiva: el profesor habló con el entrenador sobre si podía sumarse al grupo de máster.
—¿Le parece que ya puede competir?— preguntó.
—Sí. Ya se puede incorporar.
Elena empezó a entrenar seis veces por semana: tres con el profesor, tres con el grupo máster.
—Ahí arranqué en serio. Y no paré más.
El primer torneo fue en Rosario. El primero en el exterior, en Fort Lauderdale. No ganó.
—Ahí no gané nada. Me empecé a foguear. Es que hay que aprender a competir.
Aprender a largar, a mantener la espalda, a leer una carrera. Desde entonces pasaron 104 torneos, nacionales e internacionales: sudamericanos, panamericanos, mundiales. Hubo pausas —la pandemia, la enfermedad de su marido—, pero nunca un abandono.
—Siempre volví. Siempre al agua.
La jubilación no fue un final. Fue el año en que empezó todo.
. . . . .
El universo máster apareció para Elena como un territorio nuevo, pero hospitalario. El primer día hubo otras personas mayores, cuerpos distintos, ritmos distintos y una bienvenida que la sorprendió.
—Fue muy lindo porque me recibieron muy bien los máster. Me empezaron a dar ánimos, para seguir entrenando.

La escena se repite todavía hoy: ella llega a la pileta, arma su bolso, entra al agua. No negocia la constancia. “Yo iba hasta los domingos a la pileta, no dejaba ni un día para nada, porque siempre me gustó nadar”, describe.
El crecimiento del movimiento máster se mide menos en medallas que en permanencia. Personas que vuelven al agua después de décadas, otras que se tiran por primera vez, algunas que nunca habían competido. Elena se reconoce en ese clima: “Cuando empecé a participar, me entusiasmé realmente.”

En los primeros torneos, el cuerpo tenía que aprender de nuevo: el arranque, la largada, incluso el gesto de tirarse de cabeza.
Antes de cada prueba, ya parada en el borde, Elena repetía un agradecimiento silencioso que hoy puede decir en voz alta: “Muchas gracias a la vida. Gracias a la vida porque me permite hacer esto. Me permite sentirme bien, sentirme viva, sentir que estoy haciendo lo que quiero”. Se ríe al recordarlo. “Me encantó hacerlo.”
. . . . .
El presente activo dialoga con una escena lejana, de otro milenio. Río Cuarto, sur de Córdoba, décadas del treinta y del cuarenta. Ciudad mediterránea, lejos del mar, asentada en la Pampa Húmeda, a orillas del río Chocancharava.
Un centro agrícola-ganadero en expansión, atravesado por el trabajo y los inviernos duros. Elena era chica y no imaginaba futuros. “Cuando era chica ni pensaba”, dice. Nadaba. Nada más. “Iba a nadar al club Estudiantes y me congelaba.”
La pileta era de 50 metros y descubierta. El agua venía de pozo y se cambiaba una vez por semana. “La ponían el lunes y se calentaba recién el viernes”, recuerda. El viernes, el sábado y el domingo eran los únicos días más amables; después empezaban a vaciarla otra vez. Meterse era una prueba diaria. “Para mí era tremendo tener que meterme en esa agua helada. Pero bueno, lo hacía.”

Las mujeres nadaban con trajes de baño de una sola pieza, más cubiertos que los actuales, a veces con una pequeña falda integrada. Antes y después del agua, pareos, sombreros, una elegancia austera, recatada, atravesada por la época. No había piletas climatizadas, ni cubiertas, ni entrenamientos en invierno.

La idea de competir llegó mucho después y de manera inesperada. A través de la televisión. Elena recuerda haber visto a un nadador máster, ya mayor, de apellido López, cuando regresaba de un torneo en Canadá.
—Ahí es donde yo digo: ‘Bueno, puedo empezar a pensar en un torneo’
El mensaje fue simple: voluntad, paciencia, ganas. Nada más. “Si uno tiene eso, se puede inscribir y ver qué pasa”, había dicho él. Elena lo tomó al pie de la letra.

Hoy repite ese consejo. Lo hace en la pileta, en los entrenamientos, con quienes dudan. Su entrenador actual, Jorge Vanegas sostiene que hay muchas personas de setenta años que entran al agua por primera vez y descubren algo nuevo.
—Hay un señor que nunca había pensado nadar. Se metió, empezó a hacer lo que le decían y ahora está entusiasmadísimo con competir, aunque sea en torneos locales.
La red que sostiene ese recorrido también es familiar. Elena es viuda desde hace 14 años. Su esposo, Ildo Ceci, italiano de Bolonia, la acompañó durante gran parte de su vida. Tiene tres hijas: Ana Carolina, Rosalía Elena y Cecilia Andrea. Cuatro nietos.

El viaje no fue como estaba previsto: la amiga con la que había organizado la partida falleció antes de salir y fue su hija quien finalmente la acompañó. Rosalía se sumó a la travesía.
Después de los torneos, Elena suele quedarse. “Del hotel a la pileta y de la pileta al hotel. No hay mucho tiempo para ser turista”, dice. Esta vez, el viaje siguió: Bali, Estambul, Italia. Parientes en Bolonia y en Ravenna la esperaban. “Me quedé un mes”, cuenta.
La escena vuelve al agua. Al andarivel. Al cuerpo que se tira. La historia no avanza en línea recta: vuelve, se hunde, sale a flote. Como toda su vida.
. . . . .
Elena camina por Río Cuarto y alguien la saluda desde la vereda de enfrente. Ella se detiene, busca en la memoria, responde igual. No siempre logra ubicar el rostro, pero el gesto permanece. Durante años fue docente en colegios secundarios y ese pasado vuelve, todavía, en forma de saludo.
—Di clase en cinco colegios. Si hago la cuenta, debo haber tenido unos diez mil alumnos en mi vida.
“Ellos se acuerdan de mí”, explica, y admite la dificultad de sostener tantos nombres en la cabeza. La docencia fue su oficio durante décadas, un trabajo cotidiano que dejó marcas silenciosas.
El estudio no terminó cuando dejó las aulas. Aprendió italiano, obtuvo una beca y pasó una temporada en Italia. También vivió dos años en Estados Unidos. Hoy sigue yendo a clase, aunque en otros formatos. Asiste a Espacio y Vida, cursa Literatura Comparada, hizo talleres de memoria y un Taller de Cine. La agenda está llena.
—Tengo la vida bastante ocupada.
En su casa, además de libros y cuadernos, hay una huerta. Y un perro que aparece en la conversación como si fuera otro miembro de la familia.
—Se llama Tifas —aclara—. Por antifaz. Tiene dos manchas negras en los ojos, como si fuera El Zorro. El nombre lo eligió su hija Cecilia. Cuando le preguntan la raza, Elena sonríe antes de contestar.
—Marca sulky —dice—. De esos que andan debajo del carro.
El cine ocupa un espacio central en su rutina. No mira películas al pasar. Las estudia. Anota títulos, escenas, ideas. Tiene un cuaderno con resúmenes que le permite volver a ellas.
—Si no las anoto, después me olvido. Así puedo releer y acordarme.
Hay películas que no negocia. Las nombra sin dudar.

—'Cinema Paradiso’ no la dejaría de ver nunca. Y ‘La vida es bella’. Si puedo, las veo en italiano.
En los cursos que toma a distancia, con un profesor de Río Cuarto, vio cine latinoamericano: Bolivia, Paraguay, la región. Esa experiencia le cambió la mirada.
—He aprendido a valorar más nuestro cine. Hay películas argentinas muy buenas y la gente no las ve.
Habla del cine, pero también de algo más amplio. De lo que no se enseñó del todo, de lo que quedó a mitad de camino.
—Es como con nuestra historia. A veces no nos enseñaron a valorar bien las cosas.
. . . . .
Antes de la largada, Elena se aísla. El ruido de la pileta queda alrededor, pero no entra. Observa la plataforma, calcula el movimiento, repasa el gesto. Sabe que en ese momento no hay margen para distracciones.

—Cuando participo en un torneo trato de concentrarme totalmente. Pienso cómo me voy a largar, si estiraré bien los brazos, si las piernas van a responder.
La fila avanza de a poco. Del andarivel diez al uno. Alrededor, otros nadadores hablan. Algunos cuentan dolencias, operaciones, cansancios. Elena escucha apenas.
—Yo trato de cortar ahí. No me gusta hablar antes de la carrera. Me gusta concentrarme.
Sube a la plataforma con cuidado. Prefiere hacerlo desde el costado. La pierna derecha no responde como antes. Una voluntaria se ofrece a sostenerla. Un hombre se acerca.
—¿Quiere que la ayude?
—Sí, por supuesto.
El gesto es amable, pero torpe. En lugar de levantarla, la arrastra. Elena sube igual. No mira la pierna. No hay tiempo. La largada llega enseguida.
—A sus marcas. Listos. ¡Ya!
Se tira. Apenas entra al agua siente un ardor fuerte, localizado.
—Los primeros diez metros nadé pensando qué me había pasado en la pierna. Después dije: ‘no, dejá de pensar en eso y pensá en la carrera’.
Cambia el foco. Brazos, piernas, respiración. Llega a los cincuenta metros, gira, vuelve. Termina. Recién al salir del agua alguien se lo dice.
—Señora, usted está sangrando.
Mira la pierna. La sangre cae. La llevan al Medical Center en silla de ruedas. La acuestan, limpian, curan, colocan un parche. Empiezan las preguntas.
—Fecha de nacimiento, de dónde viene, con quién está…
Elena entiende el procedimiento y también el riesgo.
—Yo tenía miedo de que me mandaran a un doctor y me dijeran que, por la edad, no podía seguir. Me arruinaban el torneo.
Responde lo justo. Pide volver al hotel. Se va con el parche puesto. Compite así todo el campeonato.

El golpe no tuvo mayores consecuencias. Fue apenas un raspón producto del roce al subir a la plataforma. La herida se limpió, le colocaron un parche y no requirió estudios ni atención posterior. Con esa protección continuó compitiendo durante el resto del torneo.
El resultado de esa prueba llegó después, casi como un dato más dentro de la planilla oficial: primer puesto. Luego ganó la segunda medalla.
Elena Placci ganó los 100 metros libres y los 200 metros libres. Además, quedó cuarta en los 50 metros espalda, 50 metros crol y 100 metros espalda, a un paso del podio, sumando diplomas.

El balance se mide en números y en persistencia: 104 torneos disputados a lo largo de su trayectoria y 500 medallas.
El cuerpo llega con marcas, parches y recuerdos. Elena también. La escena en Singapur se cierra ahí, Elena muerde la medalla. No hay celebración ruidosa. Hay certeza íntima: la campeona del mundo a los 90 años está en carrera.
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