Los adolescentes estadounidenses pasan cinco horas diarias en redes sociales, según advierte el psicólogo Jonathan Haidt

El investigador de la Universidad de Nueva York alertó que la exposición prolongada a videos breves desplaza el sueño, la lectura, la luz solar y el vínculo presencial con amigos

Scott Galloway viste una camisa roja frente a un micrófono de pódcast, con papeles, anteojos y una taza sobre una mesa de madera
El uso continuo de plataformas digitales afecta la función ejecutiva y la capacidad mental para alcanzar metas a largo plazo (Captura de video de The Mel Robbins Podcast)
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El psicólogo social Jonathan Haidt advirtió que los adolescentes estadounidenses pasan en promedio cinco horas diarias en redes sociales, con efectos devastadores sobre su atención, salud mental y capacidad de alcanzar metas a largo plazo. Lo hizo durante una extensa entrevista en The Mel Robbins Podcast, en la que presentó los hallazgos de su investigación plasmada en el libro The Anxious Generation (La generación ansiosa).

Haidt, profesor de la Universidad de Nueva York (NYU), describió el período entre 2010 y 2015 como “el gran recableado de la infancia”: el momento en que los teléfonos básicos fueron reemplazados por celulares con acceso permanente a internet, redes sociales y contenido de formato corto.

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“Tenemos que llegar al punto en que podamos devolver nuestros teléfonos a ser herramientas que usamos cuando queremos hacer algo”, sostuvo el investigador.

Según señaló, el daño más profundo de este fenómeno no son los problemas de salud mental en sí, sino “la destrucción de la capacidad humana de prestar atención, concentrarse y perseguir metas”, lo que en psicología se conoce como función ejecutiva: la habilidad de formular planes, mantenerlos en mente y ejecutarlos.

Las redes sociales dejaron de ser sociales para convertirse en máquinas de entretenimiento pasivo

Ilustración en acuarela de una joven acostada en la cama que mira un teléfono, junto a un reloj, un libro y siluetas de personas al fondo.
La incorporación de notificaciones y algoritmos convirtió a las redes sociales en mecanismos de entretenimiento pasivo (Imagen Ilustrativa Infobae)

Haidt trazó una distinción entre lo que las plataformas eran en sus inicios y lo que son hoy. Alrededor de 2006, se las llamaba “sistemas de redes sociales”: espacios estáticos donde los usuarios publicaban información y revisaban los perfiles de sus amigos.

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“Era perfectamente saludable. No había ningún problema con eso”, indicó. El cambio radical llegó con la incorporación de las notificaciones automáticas, el botón de compartir, el algoritmo de noticias y, finalmente, la cámara frontal en 2010 y el lanzamiento de Instagram ese mismo año.

Para 2012, cuando Meta —empresa entonces propietaria de Facebook— compró Instagram, las adolescentes migraron masivamente a la plataforma: “Ese es el año bisagra para las chicas, especialmente”.

Según el entrevistado, las jóvenes que siempre fueron sensibles a la mirada de sus pares durante la pubertad, quedaron expuestas a una evaluación pública y constante de su apariencia. “Esto es una manera horrible de hacer pasar a las chicas por la pubertad”, dijo.

En los adolescentes, esto derivó directamente en un aumento de los índices de ansiedad, depresión, entre otros. Las cinco horas diarias frente a las pantallas, que en su mayoría se dedican a ver videos cortos y no a interactuar con amigos, desplazan el sueño, la lectura, la luz solar y el tiempo de socialización real. “Les dio cantidad a costa de calidad”, resumió.

Los varones enfrentan una crisis diferente

Un hombre de cabello canoso con camisa roja sentado frente a un micrófono en una mesa de madera con libros en el fondo
El consumo excesivo de estímulos de dopamina inmediata debilita la motivación de los varones y fomenta el abandono de los estudios (Captura de video de The Mel Robbins Podcast)

Para los chicos, el problema principal no es la comparación social sino lo que Haidt denominó “temporada abierta en el sistema de dopamina”, la sustancia química del cerebro asociada a la motivación. La dopamina rápida, explicó, deteriora la capacidad de los varones de perseguir objetivos a largo plazo.

El problema es que la sobreexposición a recompensas inmediatas hace que el cerebro se adapte y luego entre en un estado de déficit cuando se le retira el estímulo, generando irritabilidad y falta de motivación. Esto, según Haidt, explica de manera directa por qué muchos jóvenes abandonan los estudios, se alejan de sus amigos o no logran independizarse.

“El mayor daño es la destrucción de la capacidad humana de prestar atención, concentrarse y perseguir metas”, insistió el psicólogo, y lo vinculó con una creciente brecha de género: en los sectores socioeconómicos más bajos, los varones se están quedando atrás en la finalización del secundario y el acceso a la universidad a un ritmo muy superior al de las mujeres.

Reducir el uso de redes sociales mejora la salud mental en menos de dos semanas

Ilustración de seis personas sentadas a la mesa de comedor frente a platos de comida y un cesto con teléfonos móviles en una repisa contigua.
La visualización de videos breves en pantallas desplaza el sueño, la lectura y los espacios de interacción social real (Imagen Ilustrativa Infobae)

Haidt presentó datos alentadores: una compilación de aproximadamente 35 experimentos de reducción de uso de redes sociales muestra que, en la mayoría de los casos, los niveles de ansiedad y depresión disminuyen tras una o dos semanas de menor exposición.

“Si eres adicto a algo y dejas de hacerlo, los primeros días pueden ser dolorosos. Pero si persistes, en una semana o dos tu vida regresa”, aseguró.

Para quienes quieran actuar, el investigador recomendó medidas concretas: eliminar las aplicaciones adictivas del teléfono y usarlas solo desde una computadora; sacar todos los dispositivos del dormitorio antes de las 10 de la noche; prohibir los teléfonos en la mesa durante las comidas; apagar casi todas las notificaciones; y establecer horarios fijos para el contenido audiovisual.

También recomendó no permitir el acceso a redes sociales hasta los 16 años. Para los adolescentes que ya tienen hábitos arraigados, sugirió comenzar con pequeños cambios que el propio joven pueda elegir, en lugar de imponer restricciones abruptas.

“Traten su atención como si fuera sagrada y preciosa”, concluyó. “No pueden comprar más atención, sin importar cuán ricos sean, y la mayoría de nosotros la regala gratis.”

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