Los salarios de los trabajadores de Estados Unidos volvieron a quedar por debajo de la inflación y redujeron otra vez el poder adquisitivo, en un escenario que prolongó el daño que dejó la suba de precios de la pandemia y que ahora se reactivó por el encarecimiento del petróleo y la gasolina tras la guerra con Irán.
El arrastre de ese episodio anterior siguió visible: 37% de los trabajadores analizados en diciembre de 2024 ganaba menos, en términos ajustados por inflación, que cuatro años antes. Según un estudio de investigadores de la Universidad de Chicago y ADP, esas pérdidas no se recuperaron para una parte importante de la fuerza laboral.
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Citado por CBS News, Erik Hurst, profesor de la Escuela de Negocios Booth de la Universidad de Chicago, economista laboral y coautor del trabajo, sostuvo que la “larga sombra” de la inflación elevada provocada por la pandemia todavía pesaba sobre los trabajadores.
También dijo al medio que muchos ya llegaban debilitados a las nuevas presiones inflacionarias que comenzaron a principios de este año por la guerra en Irán.
La pregunta central del informe fue directa: qué significaba para un trabajador que el sueldo subiera menos que los precios. La respuesta también lo fue: aunque el ingreso nominal aumentara, compraba menos bienes y servicios y, en la práctica, el trabajador perdía capacidad de consumo.
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La inflación volvió a superar a los salarios por hora

La nueva brecha apareció cuando el Índice de Precios al Consumidor avanzó a una tasa anual del 3,4% en julio, por encima del 3,2% de aumento en los salarios por hora durante el mismo período. Ese desajuste implicó una nueva caída del salario real y volvió a ubicar el debate en un terreno cotidiano: el de la distancia entre lo que se cobra y lo que cuesta vivir.
Entre febrero de 2021 y junio de 2022, los salarios reales del estadounidense promedio cayeron más de 4%, de acuerdo con la investigación.
Ese tramo coincidió con el momento más agudo del shock inflacionario posterior a la pandemia, cuando las empresas otorgaron aumentos moderados que no alcanzaron a compensar la mayor suba de precios en cuatro décadas.
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Los investigadores trabajaron con datos mensuales de nómina de ADP que cubrieron a 16 millones de trabajadores. El análisis concluyó que la mayoría de las empresas ataba los incrementos salariales anuales a una pauta habitual y hacía solo ajustes modestos cuando la inflación se aceleraba.
En términos prácticos, la regla se mantuvo incluso cuando el salto del costo de vida exigía una respuesta más rápida.
Antes de la pandemia, los aumentos salariales solían ubicarse entre el 2% y el 4%. Cuando la inflación llegó al 9,1% en junio de 2021, máximo en 40 años, las empresas mantuvieron en gran medida esos esquemas de subas habituales, según el estudio.
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Esa inercia, plantearon los autores, ayudó a explicar por qué el golpe sobre los ingresos reales se extendió durante meses y dejó un daño que no se cerró de manera homogénea.
Las empresas mantuvieron reglas salariales que no acompañaron los precios
Hurst explicó que muchas compañías operaban con “normas” de crecimiento salarial que fijaban aumentos relativamente estables del 3% anual. En su descripción al medio, ese mecanismo funcionaba cuando la inflación rondaba el 2%, porque dejaba una mejora real de 1%, pero cuando los precios superaban el 3%, el salario real empezaba a caer y el trabajador quedaba, otra vez, a contramano del mostrador.
Esa lógica fue la base de lo que el informe llamó una “transferencia de inflación”. Si una empresa concedía un aumento del 3% en un contexto en que los precios subían 4%, el trabajador sufría una reducción real del 1%. La pérdida no siempre era visible en el recibo de sueldo, pero sí en la posibilidad de sostener consumos habituales.
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La consecuencia económica, según el planteo citado, fue que si la productividad no caía en esa misma proporción, la empresa conservaba el rendimiento del trabajador mientras pagaba un salario real más bajo. Hurst resumió ese vínculo con una frase reproducida por la publicación: “Los salarios reales son bajos y los beneficios de las empresas son altos, y no son hechos ajenos entre sí”.
Ese marco volvió a ganar actualidad con el repunte inflacionario asociado al precio del petróleo y la gasolina tras la guerra con Irán. De acuerdo con Hurst, la preocupación no era solo el nivel de inflación sino el punto de partida: muchos trabajadores, dijo, ya llegaban con el desgaste del ciclo anterior y con un margen menor para absorber nuevas subas sin ajustar gastos.
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Cambiar de empleo permitió seguir más de cerca la inflación

El estudio halló que una de las pocas vías para evitar la erosión del salario real fue cambiar de trabajo. Los ingresos de quienes cambiaron de empleo crecieron casi al mismo ritmo que la inflación, a diferencia de lo ocurrido con quienes permanecieron en sus puestos.
En ese contraste, los autores vieron una señal sobre el modo en que el mercado recompensó la movilidad y, al mismo tiempo, dejó expuestos a quienes no pudieron o no quisieron moverse.
Esa salida, de todos modos, tuvo costos. Hurst señaló a CBS News que buscar trabajo, mudar a la familia y alterar la rutina laboral exigía tiempo y esfuerzo, por lo que algunas de las decisiones que tomaban los trabajadores para no perder frente a los precios resultaban costosas por sí mismas.
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La estrategia podía evitar una caída del ingreso real, pero implicaba un gasto de energía, incertidumbre y adaptación que no estaba al alcance de todos.
El deterioro del salario real también apareció reflejado en el ánimo de los hogares. Según la Universidad de Michigan, la confianza del consumidor cayó cerca de un 8% en agosto y revirtió dos meses de mejora.
Para Hurst, el reciente repunte inflacionario impulsado por el precio del petróleo alimentó ese pesimismo porque los trabajadores percibieron que su situación financiera empeoraba.
En otra cita reproducida por el medio, el economista lo sintetizó en términos de bienestar: “Cuando los salarios reales son bajos, el bienestar también lo es porque el poder adquisitivo ha disminuido”.
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En ese diagnóstico, la tensión no fue solo estadística: se tradujo en decisiones concretas sobre consumo, ahorro y trabajo, en un contexto en el que la inflación volvió a imponerse como el factor que ordenó —y limitó— la vida económica de millones de personas.
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