La selección masculina de Estados Unidos volvió a quedar eliminada en los octavos de final del Mundial 2026 tras perder con Bélgica, un desenlace que, según un análisis de Los Angeles Times, expuso que el problema no pasó solo por un partido.
Detrás del nuevo tropiezo hubo fallas estructurales en la formación, la identidad de juego, la competencia y la producción de talento diferencial.
La eliminación llegó pese a un contexto que parecía favorable. El equipo actuó como coanfitrión, contó con el entrenador Mauricio Pochettino y presentó una plantilla con futbolistas de clubes europeos importantes y 13 jugadores con experiencia mundialista.
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El balance estadístico dejó señales mixtas. Estados Unidos ganó tres partidos, su mayor cantidad de victorias en una Copa del Mundo, y marcó 11 goles, un récord para el equipo.
El peso de esos números, de acuerdo con el diario estadounidense Los Angeles Times, se redujo al observar contra quiénes llegaron: dos de esos triunfos y siete de esos goles fueron ante selecciones que probablemente no habrían entrado al torneo con el formato anterior.
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También ganó un cruce de eliminación directa por apenas segunda vez, pero fue en dieciseisavos frente a Bosnia-Herzegovina, tercera de su grupo.
El sistema de formación y la barrera de acceso económico
La crítica central apuntó al modelo de formación. Más de 14 millones de personas están registradas para jugar al fútbol en Estados Unidos, la mayoría menores de 18 años, una base de participación que el análisis describió como la mayor del mundo y más de siete veces superior a la de Francia.
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La comparación con Francia resultó incómoda para el fútbol estadounidense. Ese país produjo cerca de 100 futbolistas mundialistas repartidos entre 13 selecciones en este torneo y su equipo nacional alcanzó las semifinales por tercera Copa del Mundo consecutiva.
La diferencia, según Los Angeles Times, estuvo en un sistema estadounidense organizado en gran parte como negocio, con familias que pudieron pagar hasta USD 20.000 al año en viajes, cuotas, entrenamientos y formación.
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En Francia, en cambio, el deporte juvenil recibió fuertes subsidios municipales y comunitarios, lo que redujo la barrera de entrada.
El texto sumó otra falla: Estados Unidos ya tiene un ecosistema deportivo gratuito de gran escala integrado en la educación pública, el de las escuelas secundarias, pero el fútbol de clubes de élite y las academias de la Major League Soccer restringieron la participación de sus jugadores en esos programas.
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Por eso Cristian Roldan fue el único integrante de este plantel mundialista que jugó cuatro años de fútbol en una secundaria pública.
La conclusión del análisis fue directa: abrir un camino accesible para chicos de todos los niveles económicos, con buena formación y competencia cercana, resultó indispensable para captar y desarrollar a los mejores talentos del país.
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También planteó que la calidad técnica en la base debía mejorar, porque en demasiados lugares el entrenamiento quedó en manos de voluntarios o padres, mientras que en Francia está licenciado y estandarizado por la federación.
El diario también mencionó el futsal como herramienta formativa temprana. Esa variante, más rápida y con menos jugadores, ayudaría a mejorar el control de balón, la toma de decisiones y la técnica bajo presión.
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Cambios tácticos sin una identidad sostenida
Pochettino instaló un sistema de presión agresiva y fluidez táctica, con salida desde una línea de tres defensores que liberó a los carrileros.
En el ciclo anterior, Gregg Berhalter apostó por un juego de posesión desde un 4-3-3 con doble pivote, mientras que Bruce Arena utilizó un esquema más defensivo y transiciones rápidas.
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El problema, según la publicación, fue que otros países exitosos sostuvieron una identidad reconocible desde las selecciones juveniles hasta la mayor, muchas veces replicada también en su liga local.
Eso permitió que los jugadores llegaran formados dentro de una misma idea y que las convocatorias respondieran al estilo, no solo al talento individual.
Estados Unidos, en cambio, no consolidó una manera propia de jugar. Desarrollar un estilo cohesivo y distintivo apareció en el análisis como una necesidad para darle a la selección una estructura que todavía no consiguió.
A esa carencia se sumó un límite cultural. El fútbol no atrajo en Estados Unidos a la mayor parte de sus mejores atletas, que suelen inclinarse por el fútbol americano, el básquetbol o el béisbol.
El crecimiento salarial de la MLS tampoco alcanzó para revertir esa lógica. El salario garantizado mediano fue de USD 352.104 esta temporada, más del doble que hace una década, pero siguió lejos de la NFL, con USD 860.000; de la NBA, con USD 7,3 millones; y de la MLB, con USD 1,4 millones.
Menos rivales exigentes y ausencia de una figura decisiva
Otra desventaja señalada por el análisis fue la pertenencia a la Concacaf. Los torneos regionales obligaron a Estados Unidos a disputar con frecuencia partidos frente a rivales de nivel claramente inferior, lo que redujo las oportunidades de medirse, ganar confianza y corregirse ante selecciones de élite.
En el primer año de Pochettino, el equipo enfrentó dos veces a Panamá, dos veces a Jamaica, además de Trinidad y Tobago, Arabia Saudita, Haití, Guatemala y Venezuela, con una sola derrota y sin que ninguno de esos rivales figurara entre los 30 mejores del mundo.
Frente a selecciones del top 30, como México, Suiza, Japón, Turquía, Canadá y Ecuador, el USMNT solo consiguió una victoria.
El otro déficit fue individual. Aunque hoy hay más estadounidenses que antes en clubes grandes de Europa, esa corriente todavía no produjo una superestrella capaz de cambiar partidos por sí sola, como Lionel Messi, Kylian Mbappé, Erling Haaland o Harry Kane para otras selecciones.
Pochettino lo resumió en marzo con una comparación cruda: “Somos Estados Unidos y competimos contra Bélgica, Portugal. Creo que Bélgica y Portugal seguro tienen jugadores entre los 100 mejores. Nosotros no”.
Ese diagnóstico también alcanzó a Christian Pulisic, el estadounidense más reconocido. Cuando The Guardian publicó su lista anual de los mejores futbolistas del mundo, no apareció entre los 100 primeros.
En este Mundial tampoco jugó un partido completo: se perdió uno por lesión, salió antes de tiempo en tres y entró como suplente avanzado el segundo tiempo en otro. Sumó 223 minutos y terminó con una asistencia.
La “Generación Dorada” y un cierre atravesado por la política
El núcleo de este plantel se formó después del fracaso de la clasificación al Mundial de 2018 y fue presentado como una “Generación Dorada”.
El análisis cuestionó qué consiguió realmente: dos eliminaciones en octavos de final de la Copa del Mundo, un título en las últimas cuatro Copas Oro, un cuarto puesto en la última Liga de Naciones y una salida en fase de grupos en la última Copa América.
Las victorias ante Paraguay y Australia al inicio del torneo alimentaron la idea de un salto competitivo. El cruce con Bélgica, octavo del ranking mundial, mostró otra cosa: cuando enfrentó a un rival top 10, Estados Unidos quedó claramente por debajo.
Pulisic lo expresó sin rodeos: “Queremos tener aspiraciones más altas. Queremos poder ir y competir con algunos de los mejores del mundo. Todavía tenemos ese próximo escalón por subir”.
El análisis sumó un episodio político que alteró el clima previo al partido. Un día antes del choque con Bélgica, la FIFA autorizó a Folarin Balogun a jugar los octavos pese a la tarjeta roja del encuentro anterior, apenas la segunda vez en la historia del Mundial que el organismo tomaba una decisión así, y el presidente Donald Trump dijo a periodistas que había llamado al titular de la FIFA Gianni Infantino para pedir que levantaran la suspensión de un partido.
Según el medio, esa intervención rompió el buen ambiente en torno al equipo y le dio a Bélgica un motivo extra de cohesión. Los futbolistas estadounidenses negaron después que hubiera influido, pero Balogun, que había marcado tres goles en sus primeros tres partidos, no pesó en el juego y Estados Unidos firmó su peor actuación del torneo en la derrota por 4-1.
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