Grilletes, abucheos y un saludo de “happy new year”: los detalles de la comparecencia de Nicolás Maduro y Cilia Flores en Nueva York

Los acusados no solicitaron libertad bajo fianza, quedando detenidos en el Metropolitan Detention Center mientras la justicia estadounidense avanza en el proceso por narcotráfico y armas

El capturado dictador de Venezuela, Nicolás Maduro, y su esposa, Cilia Flores, asisten a su comparecencia con los abogados defensores Barry Pollack y Mark Donnelly para enfrentarse a cargos federales estadounidenses que incluyen narcoterrorismo, conspiración, narcotráfico, blanqueo de dinero y otros (REUTERS/Jane Rosenberg)
El capturado dictador de Venezuela, Nicolás Maduro, y su esposa, Cilia Flores, asisten a su comparecencia con los abogados defensores Barry Pollack y Mark Donnelly para enfrentarse a cargos federales estadounidenses que incluyen narcoterrorismo, conspiración, narcotráfico, blanqueo de dinero y otros (REUTERS/Jane Rosenberg)
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La audiencia no fue televisada, pero quienes lograron ingresar al tribunal federal de Manhattan este lunes fueron testigos de una comparecencia cargada de gestos, silencios tensos y estallidos verbales.

A las doce del mediodía (11.00 GMT), el dictador derrocado de Venezuela, Nicolás Maduro, cruzó la puerta de la sala del juez Alvin Hellerstein escoltado por agentes federales, con el cuerpo erguido y la mirada fija al frente.

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El sonido metálico de los grilletes se escuchó antes de que apareciera. No llevaba esposas en las manos, pero sí cadenas visibles en los tobillos. Caminó sin apresurarse hasta la mesa de la defensa y, antes de sentarse, se giró hacia la galería pública.

Happy New Year”, dijo, con una media sonrisa que rompió por segundos la solemnidad del recinto. El saludo, registrado por periodistas de The Guardian presentes en la sala, provocó murmullos inmediatos entre reporteros y asistentes.

Maduro vestía una camisa azul sobre otra de color naranja fluorescente, pantalones caqui y zapatos penitenciarios. Frente a él colocó un cuaderno de hojas amarillas y una copia del expediente judicial. Durante buena parte de la audiencia tomó notas, subrayó párrafos y escribió observaciones breves, concentrado, con la cabeza inclinada hacia el escritorio, como relataron cronistas que siguieron cada movimiento desde las primeras filas.

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Nicolás Maduro (izquierda) y su esposa, Cilia Flores (segunda desde la derecha), comparecen ante el tribunal federal de Manhattan con sus abogados defensores, Mark Donnelly (segundo desde la izquierda) y Andrés Sánchez, el lunes 5 de enero de 2026 en Nueva York. Fotografía: Elizabeth Williams/AP
Los acusados no solicitaron libertad bajo fianza, quedando detenidos en una prisión federal mientras la justicia estadounidense avanza en el proceso por narcotráfico y armas (Elizabeth Williams/AP)

Pocos minutos después ingresó Cilia Flores. Caminó más despacio, escoltada por agentes federales. Llevaba el cabello rubio recogido en un moño y vestía un uniforme carcelario de colores similares al de su esposo. Dos apósitos llamaban la atención en su rostro: uno en la sien y otro en la frente. Su expresión era seria y contenida. Evitó mirar al público y permaneció en silencio mientras se acomodaba en su asiento.

Ambos tomaron los auriculares para escuchar la traducción simultánea del inglés al español. Entre ellos se ubicó uno de sus abogados defensores. El juez Alvin Hellerstein, de 92 años, abrió la sesión con un comentario irónico sobre su baja estatura y cómo el estrado y los micrófonos modernos casi lo ocultaban, un gesto que relajó brevemente el ambiente antes de que comenzara el trámite formal.

"Buenos días, señor Maduro", saludó el magistrado.

Maduro respondió con un leve gesto.

Cuando Hellerstein empezó a enumerar los cargos —conspiración para el narcotráfico, narcoterrorismo y delitos relacionados con armas— Maduro negó suavemente con la cabeza.

Al ser requerido para confirmar su identidad, respondió con nombre y apellido, pero enseguida fue más allá del protocolo.

El dictador venezolano capturado, Nicolás Maduro, y su esposa, Cilia Flores, son escoltados. REUTERS/Adam Gray
El dictador venezolano capturado, Nicolás Maduro, y su esposa, Cilia Flores, son escoltados. REUTERS/Adam Gray

"Soy el presidente constitucional de la República de Venezuela. Estoy aquí secuestrado desde el 3 de enero. Fui capturado en mi casa“, dijo en español.

El juez lo interrumpió de inmediato y le recordó que habría “un momento y un lugar” para exponer esos argumentos, según reportó la periodista Madeline Halpert de BBC News, quien estuvo dentro de la sala durante la comparecencia.

¿Confirma usted que es Nicolás Maduro Moros?“, repitió Hellerstein.

“Soy Nicolás Maduro Moros”, respondió el dictador esta vez sin agregar nada más.

Mientras hablaba, apoyó los nudillos sobre la mesa. En otro momento entrelazó las manos como en gesto de oración, con los índices apuntando hacia el estrado.

Soy inocente. No soy culpable”, dijo Maduro, alternando ambas expresiones en español. Tras sentarse, uno de sus abogados se llevó la mano a la boca y negó con la cabeza, una señal para que evitara nuevas intervenciones espontáneas.

Luego fue el turno de Cilia Flores. Se identificó como primera dama de Venezuela y habló con voz baja.

No culpable. Completamente inocente”, afirmó, sin extenderse. A diferencia de su esposo, no buscó protagonismo. Permaneció inmóvil durante el resto de la audiencia, con las manos apoyadas sobre la mesa.

 Cilia Flores se identificó como primera dama de Venezuela y habló con voz baja (REUTERS/Jane Rosenberg)
Cilia Flores se identificó como primera dama de Venezuela y habló con voz baja (REUTERS/Jane Rosenberg)

En un momento posterior, Maduro volvió a pedir la palabra. Quería asegurarse de conservar las notas que había tomado durante la sesión. La fiscalía respondió que coordinaría con las autoridades penitenciarias para que pudiera mantener sus cuadernos.

Ni Maduro ni Flores solicitaron libertad bajo fianza en esta instancia, aunque sus abogados dejaron abierta esa posibilidad para más adelante. Sí pidieron atención médica. La defensa de Flores afirmó que sufrió “múltiples lesiones” durante su detención y solicitó estudios médicos, incluyendo radiografías por una posible fractura de costillas.

La tensión aumentó hacia el final de la audiencia. Desde la galería pública, un hombre gritó que Maduro tendría que pagar por sus crímenes.

El juez ordenó que fuera retirado. Mientras el hombre era escoltado fuera del recinto, visiblemente alterado, Maduro se giró y respondió en voz alta: “¡Soy un presidente secuestrado! ¡Un prisionero de guerra!”.

Al levantarse para abandonar la sala, Maduro guardó un bolígrafo dentro de su cuaderno. Un alguacil federal lo notó de inmediato y se lo quitó antes de que saliera.

El juez Hellerstein fijó la próxima audiencia para el 17 de marzo. Con eso, la sesión concluyó. Maduro y Flores abandonaron la sala escoltados, sin mirar atrás.

Agentes de la DEA trasladan a Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores, tras descender de un helicóptero rumbo al tribunal federal de Manhattan, donde enfrentaron cargos federales en Estados Unidos (REUTERS/Adam Gray)
Agentes de la DEA trasladan a Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores, tras descender de un helicóptero rumbo al tribunal federal de Manhattan, donde enfrentaron cargos federales en Estados Unidos (REUTERS/Adam Gray)

Para muchos de los presentes —entre ellos periodistas que han seguido durante años la política venezolana— la escena fue descrita como irreal.

La audiencia duró alrededor de 40 minutos. No hubo cámaras ni transmisión oficial, pero sí testigos atentos a cada gesto.

La atención internacional sigue centrada en el desarrollo de este proceso, que no solo determinará el futuro legal de los acusados, sino que también será un test para la credibilidad de la justicia y para el anhelo de rendición de cuentas en la región.

Mientras el caso avanza en los tribunales estadounidenses, el desenlace será observado de cerca por una sociedad venezolana que, por primera vez en años, ve la posibilidad real de cierre y justicia frente a la impunidad.

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