
La infancia del asesino Ottis Toole fue un caldero de abusos, abandono y oscuras influencias. Nació en Jacksonville, Florida, en 1947, en el seno de una familia fracturada.
Su padre los abandonó cuando él era un niño, dejándolo a merced de una madre cruel que lo humillaba sistemáticamente: lo obligaba a vestirse con ropa femenina y lo llamaba Susan. Su abuela, una presunta satanista, lo llevó aún más lejos en un mundo de pesadillas.
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Según el Encyclopedia of Serial Killers, lo hacía participar en profanaciones de tumbas para recolectar partes de cadáveres, con las que preparaba supuestos “hechizos”.

Según All That´s Interesting, Toole no encajaba en la escuela. Su bajo coeficiente intelectual de 75 lo convirtió en blanco de burlas y rechazos, y abandonó los estudios en octavo grado.
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A los 14 años, según sus propias declaraciones, mató por primera vez. Un vendedor ambulante intentó abusar de él, y Toole respondió atropellándolo con su propio auto.
Desde entonces, su vida fue una espiral de vagabundeo, incendios provocados y prostitución, recorriendo carreteras en busca de clientes y oportunidades para delinquir.
En 1976, en un comedor comunitario de Jacksonville, Toole conoció a Henry Lee Lucas, un hombre que parecía haber salido del mismo infierno.
Lucas ya había pasado 10 años en prisión por asesinar a su madre y compartía con Toole una historia de abusos, abandono y un desarraigo total de la sociedad.
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Se hicieron inseparables, amantes y cómplices, y juntos iniciaron un periplo sangriento por Estados Unidos.

Según la revista Rolling Stone, años más tarde, en prisión, ambos se atribuyeron más de 100 asesinatos, aunque muchas de sus confesiones eran contradictorias.
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Lucas, apodado “The Confession Killer”, llegó a admitir más de 600 crímenes, muchos de ellos físicamente imposibles para él.
Según Rolling Stone, Toole no se quedó atrás: en un momento aseguró haber participado en 108 asesinatos y hasta declaró que ambos habían matado por encargo de una secta llamada “The Hands of Death”, cuya existencia nunca pudo ser corroborada por la policía
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Uno de los crímenes que se le atribuyeron a Toole fue el asesinato de Adam Walsh, un niño de 6 años que desapareció el 27 de julio de 1981 en un centro comercial de Florida.

Dos semanas después, su cabeza apareció flotando en un canal a más de 190 kilómetros del lugar de la desaparición. La policía se centró en Toole como principal sospechoso y él mismo confesó el secuestro y asesinato del niño.
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Sin embargo, luego se retractó, un patrón que repitió en múltiples casos.
Según Daily Mail, para agravar el misterio, las pruebas clave desaparecieron: la policía perdió la alfombra ensangrentada del auto de Toole y el vehículo en sí, lo que impidió cualquier análisis de ADN.
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Según NBC, la familia de Adam Walsh vivió décadas de incertidumbre. Su padre, John Walsh, convirtió el dolor en una cruzada: creó el programa “America’s Most Wanted”, que ayudó a capturar cientos de fugitivos, y promovió leyes para mejorar la búsqueda de niños desaparecidos.
En 2008, tras una revisión del caso, la policía de Florida declaró oficialmente a Ottis Toole como el asesino de Adam Walsh, aunque ya había muerto en prisión años antes.
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Los crímenes confirmados de Toole no fueron menos espeluznantes. En enero de 1982, incendió un albergue con un hombre adentro, causándole la muerte.
Según su confesión, eran amantes y discutieron antes de que él decidiera quemar el lugar con el hombre atrapado en su interior.
Otros asesinatos suyos fueron aún más brutales. En algunos casos, aseguró haber devorado partes de sus víctimas, lo que alimentó su leyenda como un asesino con tendencias caníbales.
En 1983, fue arrestado por incendio intencional en Florida y sentenciado a 20 años de prisión. Lucas, capturado poco después, comenzó a hablar.
Según Rolling Stone, en medio de su festival de confesiones, lo vinculó a más asesinatos. Toole, en prisión, no tardó en seguirle el juego.

Según Daily Mail, finalmente, Toole fue condenado a seis cadenas perpetuas por distintos asesinatos. En 1996, murió en prisión por cirrosis hepática, a los 49 años. Nadie reclamó su cuerpo, y fue enterrado en el cementerio del presidio.
Décadas después, su nombre sigue resonando entre los casos más turbios de la historia criminal de Estados Unidos. Sus mentiras, su relación con Henry Lee Lucas y el horror de sus crímenes lo convirtieron en un enigma imposible de resolver por completo.
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