
Richard Cottingham, conocido también como el “Destripador de Times Square” o el “Asesino del Torso”, sembró el terror entre Nueva York y Nueva Jersey durante más de una década. Entre 1967 y 1980, Cottingham perpetró una serie de asesinatos marcados por una crueldad y un sadismo que dejó perplejas a las autoridades. Atacaba mayormente a trabajadoras sexuales, a quienes no solo arrebataba la vida, sino que también las torturaba y mutilaba, en una espiral de violencia que dejó tras de sí una estela de cadáveres y escenas de crimen espeluznantes.
El caso de Cottingham se hizo tristemente célebre en 1979 cuando, tras el incendio de una habitación de hotel en Times Square, se descubrieron dos cuerpos decapitados y con las manos amputadas. Este escalofriante hallazgo fue solo una de las muchas atrocidades que este asesino cometió en un macabro juego de poder y dominación.
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Finalmente, en 1980, fue detenido cuando una de sus víctimas logró escapar y pedir ayuda. Sin embargo, el horror de su historial criminal no acabó ahí: décadas después, Cottingham confesó más asesinatos, aumentando el número de víctimas a más de 100, según sus propias declaraciones.

A día de hoy, Cottingham cumple una condena de cadena perpetua en Nueva Jersey. A sus 75 años, con una salud deteriorada y recluido de por vida, sus crímenes siguen siendo objeto de análisis y reflexión, reviviendo el interés público a través de documentales que intentan arrojar luz sobre una mente oscura y compleja. Pero, ¿quién era este hombre que vivió una doble vida como esposo y padre mientras orquestaba una de las carreras homicidas más brutales de la historia de Estados Unidos?
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El modus operandi del “Destripador de Times Square”
Cottingham seleccionaba meticulosamente a sus víctimas, en su mayoría mujeres jóvenes y trabajadoras sexuales, a quienes abordaba en áreas cercanas a Times Square y los alrededores de Nueva Jersey. Su modus operandi incluía torturarlas y mutilarlas de formas atroces.

La violencia iba más allá de lo necesario para quitarles la vida; mutilaba sus cuerpos y solía cortarles las extremidades. En algunos casos, sus prácticas incluían incendiar las habitaciones de hotel para eliminar las evidencias. Como si fuera parte de una firma macabra, Cottingham también se llevaba “trofeos” de sus víctimas, guardando partes del cuerpo o efectos personales, lo que indicaba su búsqueda de un control absoluto sobre sus vidas.
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Un caso que ejemplifica su brutalidad es el doble asesinato ocurrido en el Travel Inn Motor Hotel en diciembre de 1979. Tras recibir un aviso de incendio en la habitación 417, los bomberos llegaron al lugar solo para descubrir dos cadáveres en las camas, decapitados y sin manos. De inmediato, los agentes comprendieron que no se trataba de un simple incendio. Una de las víctimas fue identificada como Deedeh Goodarzi, de 22 años, una joven de origen kuwaití. La otra víctima, una adolescente que nunca fue identificada, representó para las autoridades un enigma más en la cadena de crímenes de Cottingham.
El arresto y la doble vida de Cottingham
En mayo de 1980, Cottingham fue arrestado en el Quality Inn de Nueva Jersey cuando intentaba agredir a Leslie Ann O’Dell, una joven de 19 años que logró escapar y pedir ayuda. Al momento de su captura, Cottingham, de 33 años, trabajaba como operador de computadoras en Manhattan y era padre de tres hijos.
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Casado desde 1970, parecía llevar una vida normal y discreta en el estado de Nueva Jersey, sin levantar sospechas en su entorno familiar. Sin embargo, mantenía un apartamento en Nueva York, donde guardaba objetos personales de sus víctimas, un indicio más de su retorcida obsesión por el control.
“Podía hacer que casi cualquier mujer hiciera lo que yo quisiera”, dijo Cottingham en una entrevista posterior desde prisión con el Daily Mail. “Es casi como jugar a ser Dios”. Con esta declaración, el asesino dejaba entrever un rasgo perturbador de su psicología: su fascinación por el dominio y la sumisión, llevándolo a justificar sus actos como un “juego” donde tenía el destino de sus víctimas en sus manos. Su esposa, Janet, había solicitado el divorcio antes de su arresto, mencionando “crueldad extrema” como motivo de separación.
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Nuevas confesiones y un macabro recuento de víctimas
Aunque inicialmente fue condenado por cinco asesinatos, la lista de víctimas de Cottingham se fue ampliando con el paso de los años. En 2020, la hija de una de sus víctimas, Jennifer Weiss, decidió establecer contacto con Cottingham en prisión para obtener más confesiones que ayudaran a esclarecer casos no resueltos. La relación entre Jennifer y el asesino de su madre, Deedeh Goodarzi, fue clave para que Cottingham admitiera ser el autor de al menos 16 homicidios, aunque él mismo ha asegurado que su número de víctimas supera las 100.

Gracias a la perseverancia de detectives como Robert Anzilotti, jefe de detectives en el condado de Bergen, se esclarecieron varios crímenes de adolescentes en Nueva Jersey que habían quedado en el olvido. Cottingham confesó los asesinatos de Nancy Schiava Vogel en 1967, Jackie Harp en 1968, e Irene Blase y Denise Falasca en 1969. En sus declaraciones, relataba los detalles de los secuestros, las torturas y los asesinatos con frialdad, proporcionando a las familias un amargo consuelo tras años de dudas.
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Los crímenes de Cottingham, aunque espeluznantes, pasaron en su momento desapercibidos en comparación con otros casos de asesinos en serie como Jeffrey Dahmer o John Wayne Gacy. Sin embargo, recientes documentales y análisis sobre su carrera homicida han devuelto su historia al ojo público, entre ellos la serie documental de Netflix, Crime Scene: The Times Square Killer, que explora los años de terror en Nueva York cuando Cottingham atacaba a sus víctimas con total impunidad.
Con una condena de 200 años y sin posibilidad de libertad condicional, el llamado “Destripador de Times Square” seguirá encarcelado hasta el final de sus días. Su caso representa una mezcla de impunidad, horror y fascinación oscura que continúa siendo tema de interés, tanto para investigadores como para el público. En palabras de Jennifer Weiss, la hija de una de sus víctimas, “Mantengo una relación con Richard porque quiero los nombres de las víctimas no identificadas. Esas vidas también merecen justicia”.
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