
Corea del Sur redujo de forma considerable los residuos de alimentos que terminan en vertederos durante las últimas tres décadas. La tasa de reciclaje de esos desechos pasó del 2,6% en 1996 a cerca del 97% en 2023. El cambio alteró la relación cotidiana de millones de hogares con los restos de comida y disminuyó la dependencia de los basurales para su disposición final.
El resultado coloca al país asiático entre los casos de mayor recuperación de residuos orgánicos a escala mundial. En 2023, el país asiático recicló 96,8% de sus 4,81 millones de toneladas de residuos alimentarios, de acuerdo con cifras oficiales recogidas por The Guardian. Parte de ese material se convirtió en compost, alimento para animales y biogás, con un impacto sobre las emisiones asociadas a la descomposición de materia orgánica en los vertederos.
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La experiencia surcoreana adquiere relevancia frente a un problema que persiste en las grandes ciudades. A nivel global, se desperdicia más de mil millones de toneladas de alimentos por año. Ante este fenómeno, grandes ciudades como Nueva York, extendieron la separación obligatoria de residuos orgánicos. La gran manzana oficializó esta norma en octubre de 2024 y todavía recupera una proporción limitada de los desechos que generan sus hogares.

Cómo pasó Corea del Sur a casi eliminar por completo los desperdicios de alimentos
El país asiático dejó de enviar a vertederos casi la totalidad de sus residuos alimentarios tras tres décadas de cambios legislativos, inversión pública y nuevas obligaciones para los hogares.
El proceso comenzó en 1995, cuando el gobierno nacional implantó un sistema de cobro según el volumen de basura producido. La medida reemplazó la tarifa fija vinculada al impuesto inmobiliario y estableció el principio de que cada residente debía pagar en función de lo que descartaba.
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La separación de los restos de comida se volvió obligatoria en 1997. Hasta ese momento, los residuos orgánicos se mezclaban con la basura general, una práctica que agravaba los malos olores, aumentaba la humedad de los desechos y complicaba su tratamiento. La rápida urbanización y la saturación de los basureros llevaron a las autoridades a profundizar las restricciones.

El cambio más determinante llegó en 2005, cuando el gobierno surcoreano prohibió el desecho directo de residuos alimentarios. Desde entonces, los hogares, restaurantes, mercados y comercios debieron separarlos de otros materiales.
En 2013, otra prohibición impidió arrojar al mar los lixiviados, el líquido generado durante el procesamiento de la materia orgánica. Esa decisión obligó a ampliar las plantas de tratamiento en tierra.
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En los complejos de departamentos, una parte importante de la recolección se realiza mediante contenedores con identificación por radiofrecuencia, conocida como tecnología RFID. Los residentes usan una tarjeta para abrir el depósito, colocan los restos de comida y reciben un registro del peso. El sistema incorpora el cargo a la factura mensual del hogar, lo que vincula de forma directa el volumen descartado con el costo del servicio.
El modelo involucró al Ministerio de Medio Ambiente, los gobiernos locales, las empresas encargadas de la recolección y tratamiento, además de los residentes. La administración central impulsó la regulación y los planes nacionales; los municipios organizaron la infraestructura y financiaron parte de los equipos.
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En 2025, el país contaba con más de 151 mil contenedores inteligentes que atendían a más de 8,6 millones de hogares.

Los residuos recolectados pasan por plantas donde se eliminan bolsas, metales y otros elementos ajenos a la materia orgánica. Luego se trituran y se les extrae parte del agua. El destino final depende de las instalaciones disponibles: una proporción se transforma en compost, otra se procesa como alimento para animales y otra ingresa en digestores anaeróbicos, donde los microorganismos descomponen el material sin oxígeno y producen biogás.
El biogás puede utilizarse como combustible o para producir electricidad, mientras que el material restante puede emplearse como fertilizante o biosólido.
El sistema no eliminó la generación de restos de comida, pero redujo de forma marcada el envío a basurales y convirtió una parte de esos desechos en recursos.
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Cómo impactaron las medidas propuestas por Corea del Sur
El efecto se expresó en los hábitos cotidianos. Los contenedores con identificación por radiofrecuencia permiten que cada hogar vea el peso de los residuos y pague una tarifa asociada al volumen descartado. The Guardian informó que, desde la extensión del sistema en Seúl en 2013, los residuos alimentarios de la ciudad bajaron 23,9% en una década, desde 3.181 toneladas diarias hasta 2.419.
Un estudio realizado en cinco edificios de departamentos de la capital detectó una reducción promedio de 51% tras la incorporación de esa tecnología.
La política permitió desviar millones de toneladas de materia orgánica hacia circuitos de recuperación. Datos recogidos por The Guardian indican que del total reciclado, cerca del 42% se convirtió en alimento para animales, el 33% en compost y el 16% en biogás. Esos destinos sustituyeron, en parte, la disposición final en basurales, donde los residuos se descomponen sin oxígeno y liberan metano.
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Un estudio publicado en Sustainability indicó que el país contaba con 110 instalaciones de biogás destinadas al tratamiento de recursos residuales, incluidos los residuos alimentarios. En 2020, esas plantas produjeron 362 millones de metros cúbicos estándar de biogás, de los cuales se aprovechó el 83,2%.
La transformación tuvo también un efecto económico. Hong Su-yeol, director del Resource Circulation Society and Economy Institute, señaló en el medio local Korea JoongAng Daily que el sistema de cobro por volumen permitió reducir 160 millones de toneladas de residuos domésticos y reutilizar unas 200 millones de toneladas de desechos desde 1995.
Según su evaluación, los beneficios de la reducción y el reciclaje alcanzaron los 45 billones de wones (equivalente a casi USD 30.600 millones), aunque una parte de esa mejora coincidió con la reducción del uso de briquetas de carbón.
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