
El ex embajador estadounidense Manuel Rocha, condenado el pasado viernes a 15 años de prisión por espiar para Cuba, confesó cómo fueron sus inicios en estos trabajos, que lo llevaron a traicionar a su patria durante 40 años.
En su declaración ante los magistrados del Tribunal Federal Wilke D. Ferguson, en Miami, el ex diplomático comentó que fue su paso por la prestigiosa universidad de Yale, en Connecticut, el que despertó su simpatía por el régimen de La Habana.
“Durante mis años de formación en la universidad estuve muy influido por la política radical de la época. Mi profundo compromiso con el cambio social radical en la región me llevó a traicionar mi juramento de lealtad a Estados Unidos durante mis dos décadas en el Departamento de Estado”, comenzó narrando.
A continuación, explicó que “hoy ya no veo el mundo con los ojos radicales de mi juventud” e, inclusive, destacó que “mi larga y exitosa transición al sector privado culminó cuando me convertí en un alto ejecutivo internacional del sector minero durante más de una década”.
No obstante, reconoció que ello “no puede borrar el daño causado durante mi anterior carrera trabajando para el Gobierno” y, por tanto, “asumo toda la responsabilidad y acepto la pena que debo pagar”. “Estoy reparando el daño mediante mi colaboración incondicional con quienes he traicionado”, concluyó.

Rocha, de 73 años, nació en Colombia pero a los 10 años se mudó a Estados Unidos. Sus estudios de primaria los hizo en un colegio en Harlem, Nueva York, barrio en el que vivía con su madre viuda y sus dos hermanos. Entonces, el pasar económico de su familia era malo, con su mamá trabajando en un taller clandestino y valiéndose de cupones para poder comprar comida.
Su suerte cambió en 1965 cuando le otorgaron una beca para el internado de élite Taft, en Connecticut, donde cursó sus estudios secundarios. Finalizada esa etapa, logró ingresar a la Universidad de Yale, donde se graduó con honores en Estudios Latinoamericanos. Posteriormente, continuó instruyéndose con posgrados en Harvard y Georgetown aunque ya para ese entonces había sido convencido por las ideas radicales.
En 1981, Rocha llegó a la Casa Blanca; se incorporó al Departamento de Estado y poco después de ascendido al rubro diplomático, que lo llevó a Embajadas de todo el mundo como la de Buenos Aires, Ciudad de México, la República Dominicana y La Habana. Todos estos puestos le dieron una mayor cercanía con las autoridades de la isla, por lo que la cooperación como agente encubierto con la Dirección General de Inteligencia (DGI) de la isla comenzó ese mismo año.
Inclusive, al concluir sus tareas diplomáticas, continuó en la Casa Blanca, desde el Consejo de Seguridad Nacional durante la administración del presidente Bill Clinton -precisamente entre 1994 y 1995-, fue asesor del mando militar estadounidense responsable de Cuba y retomó su cargo como embajador en Bolivia bajo el Gobierno de Clinton y George W. Bush.

Concluyó estas tareas en 2006 y los seis años siguientes se desempeñó como asesor del Mando Sur de Estados Unidos, nuevamente encargado de supervisar Cuba.
De esta manera, durante décadas, el diplomático logró mantenerse en contacto con el régimen castrista de la isla, cooperando con él y perjudicando a Washington.
Sus operaciones salieron a la luz el pasado diciembre cuando fue detenido por un agente encubierto del FBI quien se había acercado a él asegurando ser un representante de “tus amigos de La Habana”. En estos encuentros, grabados en secreto, Rocha se refirió a Estados Unidos como “el enemigo”, destacó la importancia de sus esfuerzos para la isla, y hasta respondió con “enojo” al ser consultado si mantenía su compromiso con Cuba.
“Es como cuestionar mi hombría”, señaló.
También, admitió haber viajado a La Habana entre 2016 y 2017 para reunirse con sus contactos y pidió al agente encubierto que enviara “mis saludos más cordiales a la Dirección”, refiriéndose a la DGI cubana.
No obstante, en el último tiempo había procurado adoptar una personalidad conservadora, tal como se solicita a los espías cubanos, había hecho una contribución de USD 750 a la republicana María Elvira Salazar, durante su campaña, y se mostraba simpatizante de Donald Trump.
“Era la fachada perfecta”, aseguró su antiguo colega, John Feeley, quien lo recordó como “encantador”, “ambicioso” y un “experto en asuntos latinoamericanos”.
De esta forma, su caso se convirtió en “una de las infiltraciones de mayor alcance y duración en el gobierno de Estados Unidos por parte de un agente extranjero”, logrando “protegerse a sí mismo y a otros, pudiendo participar en actividades clandestinas”, apuntó el fiscal general Merrick Garland.

Al momento de su detención, se encontraba viviendo con un bajo perfil en Florida, junto a su esposa, Karla Wittkop Rocha. A pesar de las múltiples pruebas en su contra, inicialmente se declaró inocente pero, días más tarde, aseguró estar listo para asumir la culpabilidad ante los jueces.
Finalmente, el pasado viernes se presentó en la Corte estadounidense donde, tras más de tres horas y media fue sentenciado a la pena máxima permitida por la ley. “Ha dado la espalda a este país una y otra vez”, señaló la jueza Beth Bloom al anunciar la condena.
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