
El incendio declarado el 10 de agosto en Las Peñas de Riglos, en la provincia de Huesca, obligó esta semana a cerrar al público el Monasterio de San Juan de la Peña y a evacuar de urgencia algunas de las piezas más valiosas de su colección patrimonial. Mientras, el incendio de Huelva, que se ha producido casi a la par que el de Huesca, perdía fuerza este jueves. Las llamas, que han arrasado cerca de 9.000 hectáreas del Prepirineo aragonés, llegaron hasta los pies del Monasterio Viejo el jueves 13 de agosto, lo que desencadenó una operación de rescate en la que efectivos de la Unidad Militar de Emergencias (UME) tuvieron que derribar una puerta para acceder al interior del recinto.
Los restos óseos de los reyes Ramiro I, Sancho Ramírez y Pedro I, la indumentaria del X Conde de Aranda y varios fragmentos de pintura mural fueron trasladados al Museo de Huesca como medida de protección. El conjunto monástico permanece cerrado a las visitas hasta nuevo aviso.
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Miembros de la Unidad Militar de Emergencias (UME) y bomberos trabajan para evacuar los valiosos bienes históricos del Monasterio de San Juan de la Peña ante la amenaza del incendio forestal en Peñas de Riglos.
Lo que el fuego amenaza con borrar del paisaje es uno de los enclaves más singulares del patrimonio medieval de España. El monasterio, encastrado bajo una gran roca caliza en el corazón del Paisaje Protegido de San Juan de la Peña y Monte Oroel, a 27 kilómetros de Jaca, no es solo un monumento. Se considera el lugar donde se fraguó el embrión del Reino de Aragón tal y como lo conocemos ahora.
Del Santo Grial a salvar a un noble de despeñarse
El origen del monasterio se pierde en la tradición oral del siglo VIII. Un noble llamado Voto, según la leyenda, se salvó milagrosamente de despeñarse, descubrió en el fondo de un barranco una pequeña ermita dedicada a San Juan Bautista. Junto a su hermano Félix, se retiró allí a vivir como ermitaño. Aquel gesto fundacional atrajo a otros cristianos y, con el tiempo, el favor de condes y reyes.
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La construcción del monasterio como tal arrancó en 1026 por iniciativa de Sancho el Mayor de Navarra, pero fue bajo el reinado de Sancho Ramírez, entre 1063 y 1094, cuando el cenobio alcanzó su mayor protagonismo: fue entonces elegido panteón de los reyes de Aragón. La iglesia se consagró en 1094 y el claustro románico, una de las joyas del conjunto, se levantó a lo largo del siglo XII. El 22 de marzo de 1071, el monasterio fue también el escenario de la primera celebración del rito litúrgico romano en la Península Ibérica, un hecho que marcó el abandono definitivo del rito hispano-visigótico vigente desde el siglo VI.

Durante dos siglos, San Juan de la Peña fue también etapa del Camino de Santiago en su variante aragonesa, lo que le otorgó proyección más allá de las fronteras del reino. Una leyenda medieval, nunca confirmada, sostiene además que entre sus muros se custodió el Santo Grial desde 1071 hasta 1399, año en que habría sido trasladado a Zaragoza y, posteriormente, a la Catedral de Valencia.
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Dos monasterios, un mismo espíritu
La historia del conjunto es también la historia de sus incendios. El de 1675, de tres días de duración, dejó el Monasterio Viejo inhabitable y obligó a la comunidad monástica a buscar un nuevo emplazamiento. Se eligió el Llano de San Indalecio, una pradera en la parte superior de la misma roca, donde entre 1693 y 1705 se construyó el Monasterio Nuevo, de estilo barroco, que hoy alberga una hospedería y los centros de interpretación del Monasterio y del Reino de Aragón.
El Monasterio Viejo, declarado Monumento Nacional en 1889, conserva una arquitectura que superpone estilos de distintas épocas. La iglesia prerrománica o iglesia baja, el panteón de nobles, la iglesia alta con su claustro románico, el panteón real neoclásico y la capilla de San Victorián, de gótico tardío. Cada una de esas capas es un estrato de la historia del medievo aragonés.
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Ambos conjuntos forman parte del Paisaje Protegido de San Juan de la Peña y Monte Oroel, un espacio de media montaña caracterizado por su densa masa forestal y sus formaciones rocosas conglomeradas. El incendio de 2026, con un perímetro de 58 kilómetros, es el mayor episodio de fuego que ha amenazado el entorno del monasterio desde aquel devastador incendio del siglo XVII.
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