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La playa sin vistas al mar: el rincón del Cantábrico que depende de las mareas y su ‘bufar’ alerta a los aldeaños

Entre prados, cuevas y acantilados aparece una playa de lo más peculiar que parece pertenecer a otro paisaje

Acantilados rocosos verdes, una cala con agua turquesa y olas, una playa de arena clara, un arco natural rocoso y el mar abierto bajo cielo azul.
La playa forma parte del Monumento Natural Complejo de Cobijeru, una zona protegida que abarca cuevas, acantilados y bufones. (Turismo Asturias) (Imagen Ilustrativa Infobae)
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¿Puede existir una playa interior de mar en plena costa cantábrica? La playa de Cobijeru, en el concejo asturiano de Llanes tiene una respuesta y es sí. A diferencia de su vecina Gulpiyuri, Cobijeru permanece lejos del radar del turismo masivo, a pesar de encontrarse a apenas 25 kilómetros de aquella y de pertenecer al mismo concejo. Quien la descubre entiende por qué merece el viaje.

Desde el borde del camino, entre prados y acacias, aparece de repente una cala de arena blanca rodeada de roca por todos los lados. No hay horizonte marino, no hay olas rompiendo en la orilla, no hay rastro visible del Cantábrico. Y aun así, el agua toma presencia y depende de las mareas. El mar llega a esta playa de Llanes a través de una grieta subterránea que atraviesa la base del acantilado, y lo hace en silencio, sin anunciarse. El resultado es una pequeña laguna natural encajada en la roca que parece sacada de otro mundo. Las aguas, de apenas un metro de profundidad, tienen una quietud que contrasta con el carácter bravío del Cantábrico que ruge al otro lado de la roca.

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La playa forma parte del Monumento Natural Complejo de Cobijeru, una zona protegida que abarca cuevas, acantilados, bufones y una vegetación de pradera poco habitual en el litoral cantábrico. Todo ello está incluido en el Paisaje Protegido de la Costa Oriental de Asturias.

Cómo llegar a la playa de Cobijeru

El punto de partida es Buelna, un pueblo pequeño al que se llega por la carretera N-634. No hay aparcamiento habilitado, pero a lo largo de la travesía de la carretera nacional por el pueblo es posible encontrar sitio para dejar el coche. Lo que conviene evitar es adentrarse con el vehículo por los caminos de tierra que se internan hacia la costa.

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Vista aérea de una pequeña cala con playa de arena, agua turquesa, acantilados rocosos, senderos y colinas verdes con bosque al fondo.
Entre prados, cuevas y acantilados aparece una playa de lo más peculiar que parece pertenecer a otro paisaje. (Turismo Asturias) (Imagen Ilustrativa Infobae)

Desde allí, el recorrido a pie dura unos 15 minutos por sendas bien señalizadas entre prados. El camino pasa por un par de puertas de campo antes de llegar a la galería de los Ijancanos, una cueva de techo bajo tapizado de estalactitas que funciona como antesala del conjunto. Para este tramo conviene llevar linterna y calzado con agarre, ya que el suelo húmedo puede traicionar.

Al salir de la galería aparece una bifurcación: un ramal lleva a la playa y el otro a la cueva de Cobijeru, amplia, de origen kárstico y con el suelo y las paredes cubiertos de formaciones calcáreas. Quien tenga tiempo debería recorrer ambas.

El Puente Caballo y los bufones

Siguiendo el camino costero hacia el norte, se llega al Puente Caballo, un arco de piedra tallado por la erosión marina que es uno de los puntos más fotografiados del conjunto. Junto a él se abre uno de los bufones del complejo, que está formado por cavidades kársticas por las que el agua irrumpe con fuerza cuando el oleaje es intenso y lanza chorros que pueden superar los 20 metros de altura.

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Los bufones de Llanes pertenecen al mismo Paisaje Protegido y tres de ellos (el de Arenillas, el de Castro de Santiuste y el de Llames de Pría) tienen la categoría de Monumento Natural. El otoño y el invierno son las estaciones en las que los temporales del Cantábrico los activan con mayor intensidad, aunque en verano también pueden sorprender. La distancia de seguridad es imprescindible: el chorro sale con una fuerza considerable y sin previo aviso.

Un dicho popular de la zona lo resume con precisión: “Cuando sientas sonar el pozo Pría, coge leña para otro día”. El sonido de los bufones, audible a kilómetros de distancia, ha funcionado durante generaciones como barómetro natural del tiempo que se avecina.

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