
Hay municipios en la costa catalana que guardan, a pocos metros del mar, un interior medieval que la mayoría de los visitantes no llega a descubrir. Altafulla, a escasos kilómetros de Tarragona, es uno de ellos: un pueblo que combina playas de arena fina con un casco antiguo amurallado donde el tiempo parece haberse detenido en algún punto entre los siglos XIV y XVII. Quien se adentra en sus calles en pendiente, entre fachadas de piedra y arcos centenarios, entiende por qué la Generalitat de Catalunya lo declaró Conjunto Histórico-Artístico de Interés Nacional en 1998.
En el corazón de ese conjunto histórico se alza el castillo de los Montserrat, también conocido como el castillo de Altafulla. Mencionado en documentos desde 1059, el edificio que hoy puede contemplarse desde el exterior es del siglo XVII y se conserva en un estado excepcional, con sus almenas, garitas y ventanas de estilo renacentista dominando la Vila Closa desde lo alto. Una fortaleza de propiedad privada que, aunque no permite visitas al interior, sigue siendo el eje visual y patrimonial de todo el municipio.
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El núcleo medieval que da contexto al castillo
El castillo no puede entenderse sin la Vila Closa, el recinto amurallado que lo rodea y que constituye uno de los conjuntos medievales mejor conservados del Camp de Tarragona. El nombre alude al cierre que proporcionaban las murallas, construidas en el siglo XIV y reformadas durante los siglos XVII y XVIII, de las cuales se conservan todavía tramos significativos, varias torres y tres puertas de acceso.

Recorrer la Vila Closa a pie es la mejor manera de aproximarse al castillo. Las calles en pendiente, el Pasaje de Santa Teresa, la Placeta, la calle del Forn y la plaza del Pou componen un itinerario de escasa distancia pero de gran densidad histórica. Cada esquina revela un detalle: un arco, una fachada señorial o un fragmento de muralla que recuerda que este espacio fue durante siglos el centro de la vida del pueblo.
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De los Requesens a los marqueses de Tamarit
La primera mención documental del castillo data de 1059, lo que lo sitúa entre las construcciones medievales más antiguas de la comarca. Durante los primeros siglos de su historia, perteneció a la familia Requesens, que lo mantuvo bajo su propiedad desde principios del siglo XIV hasta 1472, cuando Pere de Castellet lo adquirió.
El vínculo más duradero con una sola familia comenzó en el siglo XVII, cuando el primer marqués de Tamarit pasó a ser propietario del conjunto. Sus descendientes han mantenido la propiedad hasta la actualidad, lo que explica que el castillo haya llegado a nuestros días en un estado de conservación tan notable. El edificio actual, de planta irregular con diversos cuerpos en forma de torre, es fruto de la reconstrucción del siglo XVII, aunque sus cimientos y su historia arrancan varios siglos antes.
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El estilo dominante es el renacentista, visible sobre todo en las puertas y ventanas, mientras que las almenas y garitas que coronan el conjunto le otorgan el aspecto de fortaleza que define su silueta desde cualquier punto de la Vila Closa. Al tratarse de propiedad privada, el interior no está abierto al público, pero la contemplación exterior del edificio, especialmente desde la plaza que lo antecede, justifica por sí sola el paseo hasta él.
Cómo llegar
Desde Tarragona, el viaje es de alrededor de 15 minutos por la vía A-7. Por su parte, desde Barcelona el trayecto tiene una duración estimada de 1 hora por la carretera C-32.
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