
Barcelona es una ciudad donde la arquitectura se convierte en arte y el arte, en identidad. En sus avenidas y colinas, el Modernismo floreció con fuerza a finales del siglo XIX, transformando el paisaje urbano en un museo al aire libre donde el genio de Antoni Gaudí dejó su huella inconfundible. La Sagrada Familia, la Casa Batlló, el Parque Güell y La Pedrera son visitas obligadas para cualquier viajero, pero más allá de estos iconos se esconden joyas menos transitadas, cargadas de historia y misterio.
Entre ellas, la Torre Bellesguard —también conocida como Casa Figueras— destaca por su singularidad y su profundo vínculo con el pasado de Cataluña. Así, se alza como un testimonio vivo de la versatilidad artística de Gaudí y de la riqueza del modernismo barcelonés. Su silueta, inspirada en una fortaleza medieval, y su jardín ecléctico invitan a descubrir una faceta menos conocida del arquitecto y a adentrarse en un relato que va mucho más allá de la arquitectura, uniendo en un solo espacio el arte, la historia y la memoria de la Ciudad Condal.
Un castillo con alma modernista y raíces medievales

La historia de la Torre Bellesguard es tan fascinante como su arquitectura. Enclavada a los pies de la sierra de Collserola, esta edificación es fruto del encargo de la familia Figueras a Gaudí entre los años 1900 y 1909. Sin embargo, sus orígenes se remontan mucho más atrás: en el siglo XV, Martí I el Humano, último rey de Aragón, utilizó el lugar como residencia real durante sus últimos años, entre 1408 y 1410. El propio nombre de Bellesguard —que significa “bella vista”— hace referencia a la panorámica privilegiada que ofrecía la torre, admirada ya por los romanos, quienes dejaron restos de cerámica sigillata del siglo III en la zona, e incluso por asentamientos layetanos aún más antiguos.
La finca, que pasó de manos campesinas a la burguesía barcelonesa con la prosperidad de Jaume Figueras Bonastre y la consolidación de la empresa familiar de pastas en el siglo XIX, se convirtió en el escenario perfecto para una reinterpretación arquitectónica única. Fue su descendiente, Jaume Figueras Barulls, quien contactó con Gaudí para transformar el antiguo castillo en una residencia moderna, aunque tanto él como su esposa, María Sagués i Molins, fallecieron antes de ver la obra terminada. Finalmente, el proyecto se completó bajo la dirección de Domènec Sugrañes en 1916, quien colaboró estrechamente con Gaudí e incorporó elementos como los bancos de azulejos, la casa del portero y la caseta del pozo.
Fusión de estilos: neogótico, modernismo y la impronta de Gaudí
La Casa Figueras es una síntesis magistral de influencias. Gaudí se inspiró en la arquitectura gótica medieval y reinterpretó el estilo en clave modernista, dando como resultado una obra de neogótico imperfecto, según la propia visión del arquitecto. La silueta de la torre, de aire fortificado, integra restos de la antigua muralla y dos torres originales de la fortaleza medieval. La puerta principal incorpora torres defensivas que enmarcan un espacio rectangular, del cual parten escaleras que conducen a un mirador coronado por bóvedas de ladrillo a sardinel.
En los jardines, la diversidad botánica es otra muestra del eclecticismo de Gaudí, quien, con la ayuda del jardinero Pere Ballart i Ventura, plantó especies tan variadas como castaños de las Indias, cedros, sauces, adelfas, palmeras, laureles, pinos y tilos. El edificio, además, está repleto de detalles simbólicos y referencias históricas. Uno de los más llamativos es el picaporte en forma de fémur humano en la puerta de las caballerizas, un guiño a la leyenda de que el bandolero Serrallonga se refugió en la torre y que parte de sus restos fueron allí depositados tras su ejecución en 1634.
El pasado turbulento del lugar incluyó también la presencia de la Academia de los Desconfiados, que organizaba reuniones literarias y políticas en apoyo al archiduque Carlos durante la Guerra de Sucesión, hasta que el edificio fue destruido en ese conflicto.
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