
Sevilla combina historia, arte y tradición en un escenario de calles adoquinadas, monumentos icónicos y un ritmo de vida marcado por el flamenco y la gastronomía. A orillas del Guadalquivir, la ciudad despliega su riqueza patrimonial en espacios como la imponente Catedral con la Giralda, el Real Alcázar y la Plaza de España. Pero la capital andaluza no solo destaca por su imponente conjunto monumental, sino que también cuenta con rincones donde poder pasear y descubrir todos sus secretos.
Así, barrios como Triana o Santa Cruz invitan a conocer la herencia árabe y el esplendor barroco que han definido su identidad, y parques como el de María Luisa son ideales para descansar y andar de forma agradable. Este es quizá el espacio verde más conocido de Sevilla gracias a todos sus encantos, sin embargo, la ciudad cuenta con otro menos conocido que hace las delicias de todos los visitantes. Estamos hablando de los jardines de Torre de los Perdigones, un enclave situado en la esquina de la calle Resolana con Avda. Concejal Alberto Jiménez Becerril que cuenta con una extensión de alrededor de 17.600 metros cuadrados.
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Una antigua fundición
El nombre de Torre de Perdigones se debe a la antigua torre que formaba parte de la Fundición San Francisco, conocida comúnmente como fundición de Mata por el apellido de la familia propietaria. A día de hoy, este edificio, “dedicado a la fabricación de perdigones, balas, ladrillos refractarios y otros productos, solo ha sobrevivido la torre, que ha quedado incluida en el interior del nuevo recinto ajardinado”, destacan desde el Ayuntamiento de Sevilla.

La torre, de casi cuarenta y tres metros de altura, constituye una muestra única de la Sevilla industrial de finales del siglo XIX. Concebida para fabricar perdigones, el método original consistía en dejar caer plomo fundido desde lo alto, hasta que, durante su descenso y enfriamiento, adquiría la forma deseada antes de reunirse en la base. El resultado de este proceso artesanal le valió el nombre que aún conserva y permite entender el motivo por el que este elemento constructivo ha pervivido a lo largo del tiempo.
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Construida íntegramente en ladrillo, la torre consta de trece pisos, reconocibles exteriormente como seis cuerpos bien diferenciados, todos de planta cuadrada y separados por cornisas molduradas. Amplias ventanas rompen la sobriedad de las fachadas, dotando al conjunto de personalidad y verticalidad. En 1992, gracias a la intervención del Ayuntamiento hispalense y al patrocinio de unos grandes almacenes, la torre fue minuciosamente restaurada. El objetivo era claro: dotarla de un mirador público desde el que admirar tanto la ciudad como la vecina Isla de la Cartuja, que en aquellos años todavía guardaba los ecos de la Exposición Universal.
Tras culminar la restauración del torreón, surgía la pregunta de qué hacer con el vasto solar resultante del derribo de las antiguas dependencias fabriles. Así, mediante el plan especial de reforma interior Resolana-Torneo y sucesivas modificaciones urbanísticas, se decidió destinar toda el área a la construcción de una nueva zona verde. Los jardines que rodean hoy la torre nacieron con vocación de crear un pulmón verde entre la modernidad y la historia del barrio. Su inauguración y apertura al público tuvo lugar en diciembre de 2002, marcando un hito en la transformación del entorno.
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Estructura y zonas diferenciadas del jardín

El diseño de los jardines se organiza en dos áreas principales. La primera rodea la torre y se articula mediante una suave escalinata semicircular que actúa como grada y conduce a una explanada pavimentada en granito, situada a una cota inferior respecto al nivel general del parque. En este espacio se ubican equipamientos como un kiosco-restaurante y varios centros de trabajo, mientras que la torre ocupa el centro, erigiéndose como eje visual.
La segunda zona constituye el núcleo propiamente dicho del jardín. En su centro se encuentra una rotonda circular presidida por una fuente ligeramente hundida respecto a la rasante, a la cual convergen las principales sendas peatonales y áreas ajardinadas. La vegetación, de baja densidad en el área central para no entorpecer las vistas, gana en espesor hacia los bordes del parque, que queda cerrado por una verja de hierro sobre pedestal de ladrillo. El uso de trepadoras sobre la verja añade privacidad y aislamiento acústico, sobre todo hacia las calles más transitadas, mientras hacia las vías residenciales, el cerramiento vegetal es más liviano, favoreciendo la integración del parque en el entorno habitacional.
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Paseos, bancos y área infantil
El itinerario peatonal del parque responde a un doble esquema. Por un lado, existen caminos concéntricos alrededor de la fuente central que invitan a sentarse y disfrutar del ambiente, con bancos de fundición acompañados de setos de mirto; por el otro, sendas radiales que comunican con la zona de la torre y los diversos accesos, pensadas para el paseo y la circulación de visitantes, todas ellas pavimentadas con piezas hidráulicas y granito.
La atención a las familias se refleja en la inclusión de un área de juegos infantiles, situada junto a un grupo de catalpas que aportan sombra y color. El tratamiento paisajístico de los grandes arriates, concebidos como praderas de césped con suaves ondulaciones, dota al parque de un aire naturalista, rompiendo con la rigidez tradicional y permitiendo que la vegetación envuelva las zonas de descanso.
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