La Champions volvía para el beticismo 21 años después. Pero lo que debería ser una noche de celebración, aún más con la victoria frente al Oporto, terminó en disgusto para una de las estrellas verdiblancas.
Antony ha denunciado en sus redes sociales que alguien entró en su casa mientras él estaba en La Cartuja. “Una noche que prometía ser brillante terminó convirtiéndose en una noche de rabia, tristeza y frustración”, ha escrito en un comunicado a través de sus redes sociales.
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El caso ya está en manos de la Policía. Más allá de las pertenencias sustraídas, lo que ha marcado al brasileño es la sensación de inseguridad que queda después de lo sucedido. Una preocupación que conoce de primera mano, aunque por motivos muy distintos a los que vivió durante su infancia en Brasil.

“Mi mayor logro es mi familia”
Antony no ha escondido su enfado. “Es la sensación de inseguridad en el lugar donde deberíamos sentirnos más protegidos. Es mirar a mi familia y ver en los ojos de las personas que más quiero el miedo y la inseguridad que deja una situación así”, ha lamentado.
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El extremo puso el foco en lo que verdaderamente considera importante: “No existe ningún bien material en el mundo que valga más que la vida, la tranquilidad y el bienestar de mi familia. Mi mayor logro nunca ha sido todo lo que he podido comprar, sino la familia que tengo a mi lado”.
Inferninho, el lugar donde aprendió a convivir con el miedo
Las palabras de Antony sobre la inseguridad remiten a una historia que el propio futbolista contó en noviembre de 2022, poco después de fichar por el Manchester United. Fue en su relato autobiográfico en The Players’ Tribune, donde el brasileño repasó su infancia en una favela de São Paulo a la que denominó Inferninho (“pequeño infierno”).
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“Nací en el infierno. No es broma”, escribió. Creció entre el narcotráfico y las armas. “A 15 pasos de nuestra puerta, siempre había traficantes de drogas haciendo sus negocios”, recordó.
La violencia era tan habitual que llegó a normalizar ciertas situaciones. “Estábamos acostumbrados a ver armas que ni siquiera nos asustaban. Eran parte de la vida cotidiana. Nos daba más miedo que la Policía derribara la puerta”, relató.
También recordó una ocasión en la que los agentes entraron en su casa buscando a otra persona. No encontraron nada, pero aquella experiencia se le quedó grabada. Como otras muchas que vivió en el barrio, terminó formando parte de una infancia marcada por las dificultades.
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Uno de sus recuerdos más duros ocurrió cuando tenía ocho o nueve años. De camino al colegio, encontró a un hombre muerto en un callejón. “Al acercarme, me di cuenta de que estaba muerto. En la favela, uno se acostumbra a estas cosas. No había otra opción, tenía que llegar a la escuela. Así que cerré los ojos y salté por encima del cadáver”, contó.

El balón como refugio
En medio de aquel entorno, el fútbol se convirtió en su vía de escape. Su hermano mayor lo llevaba cada día a jugar a la plaza, donde se reunían vecinos de todas las edades y condiciones. Antony empezó a regatear descalzo, porque en casa no tenían dinero para comprarle unas botas.
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“En la favela, todos juegan. Niños, ancianos, obreros de la construcción, conductores de autobús, narcotraficantes, pandilleros. Allí, todos son iguales”, escribió. El balón era el igualador de todos. “Les hacía una elástica a los narcos. Un arcoíris a los del autobús. Un caño a los ladrones”, recordó. Y es que, Antony, “con un balón en los pies “no tenía miedo”.
Su familia fue el motor para intentar salir de la favela. Durante años, Antony durmió en la misma cama que sus padres porque no había dinero para otra. Cuando tenía 11 años, ambos se separaron. A partir de ahí, su objetivo fue ayudarles a tener una vida mejor. “Mi único sueño era sacar a mis padres de la favela”, explicó.
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“La favela siempre está conmigo”
Su ascenso al fútbol europeo no ha borrado sus orígenes. Antony lleva tatuada la favela en la espalda y escribe la palabra “FAVELA” en sus botas antes de cada partido.
Tampoco ha perdido el contacto con los que siguen viviendo allí. “Incluso las cosas sencillas parecían difíciles. Pero, por muy difícil que fuera, quienes vivíamos allí lo superábamos con una sonrisa. Si no tenías arroz, tu vecino te daba un poco. Por eso amo el corazón de la gente de la favela”, sentenció.
Su mejor amigo todavía sigue viviendo en el Inferninho y ambos se escriben casi todos los días. Cuando regresa, Antony dice reencontrarse con una parte de sí mismo que va más allá del futbolista que llena estadios y viste la camiseta del Betis. “Ahí es donde siento que está el verdadero Antony. El Antony que no es futbolista, solo un Antony sencillo”, afirmó.
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