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La burocracia no deja jugar al fútbol a los menores migrantes sin papeles: “Ningún niño es ilegal”

‘Infobae’ conoce el trabajo del club Dragones de Lavapiés, que da una oportunidad a estos chicos de hacer lo que más les gusta

El Juvenil A del club Dragones de Lavapiés, uno de los tres equipos federados
El Juvenil A del club Dragones de Lavapiés, uno de los tres equipos federados. (Dragones de Lavapiés)
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Los miércoles y los viernes por la tarde, decenas de chicos saltan al césped en un campo al sur de Madrid. Concretamente, en el municipio de Orcasur. Algunos llevan unos meses en España. Otros llegaron solos, sin familia. Hay quienes viven en centros de acogida y quienes comparten habitación con familiares mientras sus padres intentan regularizar su situación. Todos entrenan juntos. Corren, bromean, discuten por un penalti o celebran los goles como si fuera el más importante. Pero muchos de ellos no pueden jugar el fin de semana. No porque les falte nivel. “Eso es lo de menos”, dice Dolores, presidenta del club Dragones de Lavapiés. Tampoco porque no tengan equipo. Porque sí lo tienen. El problema está en los papeles. “Yo he venido a jugar en el Real Madrid”, es la frase que más la mujer, madre de dos hijos.

El chaval no va a jugar en el Santiago Bernabéu. Al menos no todavía. Tampoco va a competir en una liga federada si su familia no tiene el permiso de residencia. Eso se debe a la Ley 39/2022 del Deporte y el artículo 19 del Reglamento sobre el Estatuto y la Transferencia de Jugadores de la FIFA. Lo que sí se puede hacer es, si se tiene suerte y alguien te tiende la mano, unirse al club Dragones de Lavapiés. “Jamás vamos a poder demostrar que un niño de seis años está haciendo trampas”, explica Dolores a Infobae.

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No obstante, la FIFA prohíbe, con carácter general, las transferencias internacionales de menores de 18 años. La norma nació para proteger a los niños, ya que en los años 90 y 2000 era habitual ver a los grandes clubes europeos reclutar a niños de África o Sudamérica para jugar al fútbol, prometiendo contratos que después incumplían y abandonándolos a su suerte si no servían. Así, el organismo considera que cualquier menor extranjero que quiera federarse por primera vez en España (y en Europa) está realizando una “transferencia internacional”, aunque lleve años viviendo en el país. Para autorizar dicha ficha, la Real Federación Española de Fútbol (RFEF) exige demostrar la residencia legal, un NIE en vigor, permiso de trabajo de los padres o el empadronamiento. Si la familia está en situación irregular, el sistema informático de la federación territorial, sencillamente, bloquea la inscripción.

Video del calentamiento en un entrenamiento del Juvenil A del Dragones de Lavapiés

“Entiendo que exista cierto control para evitar lo que hacen algunas agencias deportivas, que traen personas de Latinoamérica o África cobrándoles un dineral y luego no los pueden inscribir. Pero en categoría amateur, en segunda aficionados, que es la última que existe, no veo el sentido. No se está alterando ninguna competición. Nadie va a vivir del fútbol aquí”, sentencia Víctor, portero de Dragones y estudiante de Derecho, que también ayuda a Dolores con las redes sociales del club.

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José Luis es el coordinador de Dragones de Lavapiés. Lleva la gestión administrativa del club: fichas, reconocimientos médicos, sanciones, campos de entrenamiento… Habla con la cadencia tranquila de alguien que ha aprendido a no perder los nervios ante el absurdo burocrático. Recuerda, sin embargo, un caso que todavía le indigna. Era en otro club, cuando comenzó a entrenar. Un niño colombiano de seis años (categoría prebenjamín, la más pequeña), y quería jugar. La federación le exigía que demostrara que no había jugado antes en su país de origen. “Pero por favor, si tiene seis años”, destaca José Luis. “¿Cómo va a haber jugado? ¿Y aunque lo hubiera hecho?” Finalmente consiguió inscribir al niño a base de llamar casi todos los días a la federación, hasta dar con alguien lo “suficientemente humano” como para ver el absurdo. Le mandó incluso una foto del “crío”. Esa experiencia le enseñó algo que hoy aplica en Dragones: la ley es la ley, pero las personas que la aplican tienen margen. Y en ese margen cabe un niño.

Todos los equipos del club Dragones de Lavapiés
Todos los equipos del club Dragones de Lavapiés. (Dragones de Lavapiés)

Dragones de Lavapiés nació hace 12 años como una institución de Dolores y entonces su socio Jorge. Lo que empezó como un equipo de liga municipal para chicos de barrio se ha convertido hoy en un referente nacional del fútbol de integración, con tres equipos federados (infantil, juvenil y sénior) y varios en ligas municipales. Alrededor de 60 jugadores de una veintena de países: Mali, Marruecos, Afganistán, Cuba, Ucrania, Senegal, Bolivia y España. El modelo es, como reconoce Dolores, “antieconómico”. Los que pueden pagan 15 o 20 euros. Los que no, juegan igual. El resto lo cubren proyectos europeos y fórmulas que, según Dolores, se van “inventando” temporada tras temporada. El teléfono no para. “Todos los meses llega alguien”, dice. “Y casi siempre decimos que sí”. Los entrenadores ya le avisan: “Es que hay muchos”, pero ella ríe. Cabe destacar que fue su hija quien escribió los estatutos del club.

El truco de los papeles

Federar a un menor migrante sin residencia legal no es, en teoría, posible. Pero en la práctica, Dragones lo consigue en la mayoría de los casos. La clave está en conocer los márgenes de la norma y la disposición de la Federación Madrileña de Fútbol. José Luis explica la mecánica: una simple solicitud de residencia en trámite, no hace falta que haya resolución, puede ser suficiente para abrir la ficha. Para los menores no acompañados que viven en centros de acogida, los tutores de entidades como Cruz Roja o Crucea firman cartas acreditando que el chico está realizando “una tarea aparte”, que no solo está jugando al fútbol.

Samuel tiene 16 años y es uno de esos casos. Llegó de Cuba con el sueño de jugar al fútbol y sin los papeles en regla. Pasó todo un año llamando a clubes de Madrid. Todos le cerraron la puerta, no siempre por la normativa FIFA, sino por algo más mundano: no confiaban en que pudiera pagar las cuotas. Habla con timidez, pero cuando menciona el futbol, el tono cambia. Ahí desaparecen los nervios. “En mi país no tenía la oportunidad de jugar al fútbol, y desde pequeño ese siempre ha sido mi sueño”, cuenta a este diario. “Cuando llegué aquí tenía problemas de papeles. Dragones me ha ayudado bastante. Gracias a ellos puedo incorporarme y cumplir mi sueño. Mi relación con mis compañeros es buena, el entrenador es increíble y le deseo mucha prosperidad al club”. Hoy juega en el juvenil federado del club.

La proporción de estos casos crece con los años. “El primero nos costó horrores”, recuerda José Luis. “El segundo, ya menos. El tercero, menos todavía. Ahora la gestión va bastante más rápida”. Estima que alrededor del 80% de los chicos que llegan en situación complicada terminan jugando de forma federada. El otro 20% acaba en las ligas municipales, donde basta un pasaporte. No es lo mismo “pero algo es algo”, dice Dolores. “Tratamos de que los chicos descubran en el camino cosas nuevas. Que digan: ‘No llegué al Real Madrid, pero hice amigos”, subraya con la voz entrecortada.

También hay casos que ni llegan a intentarse. José Luis recuerda a dos chavales peruanos que llegaron con “muchísima ilusión”. Sin embargo, el obstáculo fue el permiso de residencia de los padres: para solicitarlo, la ley exige llevar al menos dos años en España. Al no poder ni siquiera solicitarlo, los chicos no pudieron federarse. Acabaron en la liga municipal. No es lo mismo, dice el coordinador, pero al menos jugaron. Y otros que duelen más que otras experiencias. Damín, un chico que llevaba dos años entrenando con el equipo, estuvo bloqueado porque los registros policiales le asignaban una edad diferente a la real. Dragones le dejó entrenar y en enero del año pasado recibió el pasaporte biométrico. Pero para entonces ya era demasiado tarde. “Seguirá teniendo ilusión, pero ahora ya busca otro futuro”, apunta José Luis.

Cuando el racismo llega con árbitro

Federar a los chicos no resuelve todos los problemas. Víctor recuerda un partido de liga municipal, antes de que el equipo sénior se federara, en el que ganaban cómodamente a un equipo cuyos jugadores habían estado haciendo comentarios racistas durante todo el encuentro. En una disputa sin más, una mujer del público llamó a la policía diciendo que había africanos intentando agredirla. Llegaron varias patrullas con porras. Les pidieron la documentación a todos. “Lo que me quedó fue una sensación de estar rodeado de 30 policías simplemente por jugar y ganar un partido. Y a pesar de que estaban haciendo actos de racismo, les dio completamente igual”, cuenta Víctor a Infobae.

Dolores cuenta algo parecido. Esta vez con niños más pequeños. Los padres del equipo rival pedían ver los pasaportes para comprobar las edades; algo ilegal, dice, porque ella no podía llevar los documentos de los menores, y siempre se encontraba con la misma frase: “Pero como vienen de esos países”. La réplica de la presidenta está cargada de ironía: “Lo que decían los padres es que los niños eran muy altos. Pues claro que son altos, porque sus padres también lo son. Se llama genética”.

Con el tiempo, el club fue cargando con esa etiqueta. “Llegas a Dragones y eres el equipo de los negros y pobres”, dice Víctor. “Soy de esas personas que ven cómo a sus compañeros les tratan de manera muy despectiva simplemente por ser personas racializadas. A mí no”, sentencia.

Víctor, portero del Dragones de Lavapiés y estudiante de Derecho
Víctor, portero del Dragones de Lavapiés y estudiante de Derecho. (Dragones de Lavapiés)

La convención que nadie aplica

La Plataforma de la Infancia, organización que agrupa a más de 70 entidades de protección de menores en España, es tajante en su diagnóstico: la ley 39/2022 del Deporte vulnera directamente la Convención sobre los Derechos del Niño de Naciones Unidas, ratificada por España en 1990. Los artículos 9, 48.3 y 49.5 de esa ley restringen las licencias deportivas a “personas extranjeras que tengan residencia legal en España”. El artículo 31 de la Convención y Observación General número 17 del Comité de Derechos del Niño reconoce expresamente el derecho al deporte y la competición sin discriminación por origen o situación administrativa. Por tanto, según el organismo, esa contradicción es “imposible de sostener”, destacan a Infobae.

Además, añaden, no existe un censo de menores afectados. Muchos casos permanecen “ocultos” porque la lucha contra una denegación de ficha la tiene que liderar el club, no el menor a título individual. Los que no tienen un Dragones detrás, simplemente, se quedan sin jugar al fútbol. La Plataforma de la Infancia distingue también entre la normativa española y la de la FIFA. La ley en España es absoluta: sin residencia no hay licencia. Pero la normativa FIFA, aunque con requisitos muchas veces “excesivos y difíciles de probar”, no impide de forma estricta la participación de todos los mejores migrantes. Son las federaciones autonómicas y nacionales las que, al “aplicarla de manera restrictiva”, generan las “situaciones de discriminación”.

La solución que ya casi existe

Quienes gestionan el día a día la integración de menores migrantes en el fútbol base no piden la derogación de la normativa. Piden que sea más humana. “Ninguna persona es ilegal”, dice José Luis, “y no por ser quien es hay que diferenciar entre un chico y otro”. Así, reconoce a este medio que la ley tiene una razón de ser, pero considera que su aplicación va demasiado lejos. “Cuando vienen aquí ya vienen con dificultad, y aquí esta ley les pone las cosas más difíciles para lo que realmente quieren hacer, que es jugar al fútbol”.

Víctor es más directo. Tiene una propuesta: crear una licencia especial para jugadores en situación irregular, restringida a categorías amateur, que incluya un compromiso firmado de no habilitar al jugador para competir en equipos profesionales o semiprofesionales. En caso de que alcanzara el nivel, el club debe pagar “todos los costes de lo que es un traspaso internacional”. Así “no se perjudica a los equipos pequeños de barrio”, comenta. No es una propuesta abstracta. Víctor señala que ese modelo ya existe de forma embrionaria. Un jugador ucraniano que llegó procedente de la segunda división de su país se inscribió con Dragones por razones humanitarias, compitió una temporada “y no hubo ningún problema”. Cuando se fue a otro club, tuvo que tramitar otra licencia porque la que tenía “era especial”.

El Senior B y el Infantil A del Dragones de Lavapiés. (Dragones de Lavapiés)
El Senior B y el Infantil A del Dragones de Lavapiés. (Dragones de Lavapiés)

El niño que vino a jugar al Real Madrid

Lo que hace Dragones no es convencerles de que renuncien a un sueño. Es acompañarles mientras descubren que el fútbol puede ser también otra cosa: un lugar donde sentirse bien, aprender el idioma, a hacer amigos, donde pertenecer a algo. “La mayoría no va a ser futbolista”, admite Dolores. “Tratamos de que no se lleven el disgusto de golpe, que lo vayan descubriendo poco a poco. Y que en el camino encuentren cosas buenas”.

Mientras tanto, cada mes, llega alguien nuevo al club. Casi siempre dicen que sí. Y mientras la ley no cambie, seguirán haciendo lo que llevan haciendo durante 12 años: buscar un resquicio, rellenar un formulario, escribir una carta, llamar a la federación o convencer a una persona de que “un niño es un niño antes que cualquier cosa”. Porque al final todo se resume en algo mucho más sencillo que unas normas. Un grupo de chavales que se juntan los miércoles y viernes a última hora de la tarde para hacer lo que más les gusta: jugar al fútbol.

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