
Martín Casillas Carbonero empieza a labrar su propio futuro. El hijo mayor de Iker Casillas y Sara Carbonero, nacido en 2014, defiende la portería del Infantil B de La Fábrica y, a sus 12 años, ya tiene claro que quiere una vida bajo los palos.
Un futuro que puede ser prometedor, pero también cargante si tenemos en cuenta el apellido. Sin embargo, él lo afronta con naturalidad. “Mi padre siempre me habla de la humildad. Es lo más importante”, explicó en el pódcast Resonancia de Corazón, de José Ramón de la Morena.
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Ser hijo de Iker Casillas significa crecer con una comparación inevitable. Más si compartes la posición. Su padre fue campeón del Mundo y bicampeón europeo; lo ganó todo con el Real Madrid y decidió retirarse en Oporto tras el infarto.
“Yo soy Martín Casillas. Yo quiero hacer mi propia carrera, no quiero que me comparen”, dijo. Pero su referente no es otro que uno de los mejores porteros de la historia. Ve vídeos de sus actuaciones, entre ellas la parada a Robben en la final del Mundial de 2010. “Me gustaría ser el portero de la selección como lo fue mi padre”, subrayó.
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“Que me tire sin dudar”
Iker también le da instrucciones muy concretas para los partidos, y los penaltis son uno de los temas que más salen entre ambos. “Siempre me dice que, si me tengo que tirar a un lado, que me tire bien, que no me deje caer. Que me tire sin dudar y que, si tengo que salir fuerte, salga fuerte, pero que no me quede a medio camino”, contó.
No obstante, cabe la posibilidad de que el que lo tira decida hacer un ‘panenka’ o simplemente disparar al medio. “A lo largo de los años, de tantos penaltis que me tiran jugadores del Atlético de Madrid y del FC Barcelona, a veces me quedo con sus lanzamientos. No tengo trucos, la verdad. Me tiro al lado que crea y a ver si lo paro”, aseguró.
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Del Pozuelo al Real Madrid
Su historia con el fútbol empezó pronto. Jugó en el Pozuelo entre 2020 y 2022 y de allí pasó a la cantera blanca. Uno de sus recuerdos más recientes es de un torneo Sub-12, en un partido contra el Atlético de Madrid en el que necesitaban ganar 4-0 para pasar de fase. “Fue un milagro, la verdad, porque metimos cuatro en 24 minutos”, recordó. Al terminar, se fundió en un abrazo con su hermano Lucas, de 10 años y también portero, al que se le escaparon unas lágrimas de alegría.
Martín vive en Pozuelo y va al colegio como uno más, andando y hablando con vecinos y amigos. Tiene clase de nueve a cuatro, merienda una fruta y se va a entrenar. A las diez y cuarto de la noche, a la cama. “Tienes que dar tu vida por jugar al fútbol y es muy complicado”, sentenció. Eso sí, ya empieza a firmar algún que otro autógrafo que le piden por la calle.
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