
Su camino estuvo marcado por las desgracias desde que apenas tenías unas horas de vida. Fue el boxeo quien brindó a Perico Fernández la oportunidad de encontrar un camino y una pasión, donde demostró grandes habilidades y capacidades desde prácticamente el mismo momento en que se enfundó los guantes. Llegó incluso a convertirse en campeón mundial de pesos súper ligeros. Sin embargo, su falta de preparación y bajo rendimiento lastraron su carrera hasta acabar con ella cuando tan solo tenía 26 años. Su caída en desgracia le obligó incluso a dormir en su coche y en burdeles, para unos años más tarde acabar muriendo debido al Alzheimer en 2016. Este martes 11 de noviembre, se cumplen nueve años de su fallecimiento.
Nació en Zaragoza en 1952, aunque no hay certeza sobre su fecha real de nacimiento, debido a que su madre lo entregó en el hospicio Pignatelli de la capital aragonesa nada más nacer. Durante años, sus únicos referentes fueron adultos encargados de disciplinar más que de cuidar. Él mismo narró décadas después episodios de aquella etapa, en los que el castigo sustituyó cualquier intento de diálogo o comprensión: “Las monjas me pegaban con escobas. En una ocasión, me quitaron la ropa y me pusieron una inyección. Estuve todo el día durmiendo. Eso se hace con los locos y yo no lo estaba”.
Bajo esas condiciones, Perico creció sin referencias positivas, mientras muchas personas de su entorno lo catalogaban como “chico conflictivo”. Los relatos en torno a su juventud mencionan episodios de indisciplina, fugas del hospicio e incluso agresiones a religiosas. Al cumplir los 18 años, abandonó ese espacio institucional sin un proyecto ni una red de apoyo. Su primer trabajo fue como carpintero, pero la rutina de ese oficio pronto fue desplazada por el boxeo, una disciplina donde sus cualidades innatas rápidamente quedaron al descubierto. Su ascenso en el circuito amateur fue llamativo: la potencia de sus golpes y una capacidad defensiva lo distinguieron. Las comparaciones con Muhammad Ali no tardaron en aparecer, sobre todo por la agilidad de sus movimientos en el cuadrilátero.
En 1973, cuando contaba con 21 años, se consagró campeón nacional en la categoría de pesos ligeros, imponiéndose a Kid Tano, conocido por su habilidad y por ser sordomudo. Este triunfo marcó el inicio de una sucesión de combates significativos. Poco después, Fernández conquistó el campeonato europeo venciendo a Toni Ortiz, un adversario considerado favorito por analistas y aficionados. A pesar de ello, el jab de Perico resultó determinante.

Su salto a los escenarios internacionales se produjo en septiembre de 1974, luchando en Roma por el campeonato mundial de los pesos súper ligeros frente al japonés Lion Furuyama. Ganó el combate gracias a los puntos, alcanzando el mayor logro de su carrera. Su defensa del título se produjo contra Joao Henrique, a quien derrotó, pero la retención duró poco. En el verano de 1975 viajó a Bangkok para batirse con el tailandés Saensak Muangsurin, quien lo superó tanto física como técnicamente. Fernández llegó en malas condiciones por la falta de preparación y la adaptación insuficiente al clima sofocante. La derrota vino por KO en el octavo asalto.
La caída a los infiernos de Perico Fernández
Afectado por el desenlace, Fernández atribuyó su bajo rendimiento a la supuesta manipulación de su bebida con polvos tóxicos. La revancha en Madrid, dos años más tarde, acabó también en derrota. Su carrera empezó a desmoronarse antes de cumplir 26 años, devastada por problemas de preparación y malas decisiones personales. El paso del reconocimiento mediático al anonimato fue abrupto. En los años siguientes, Perico pasó de figurar entre los deportistas más admirados de España, recibido incluso por Francisco Franco en El Pardo, a un olvido progresivo. Su vida personal tampoco halló estabilidad: su matrimonio se descompuso y, refugiado en la pintura, buscó nuevas formas de sobrellevar el declive.
La fortuna acumulada se disipó en poco tiempo. Sin recursos, Fernández quedó expuesto a la precariedad. Sus recorridos por las calles de Zaragoza se hicieron frecuentes, durmiendo en automóviles abandonados, en parques o en lugares improvisados. En una etapa de absoluta indigencia, recibió la solidaridad eventual de quienes lo reconocían o recordaban su pasado como campeón. Incluso hubo momentos en los que mujeres vinculadas a un burdel local se compadecieron de él y le brindaron alojamiento.
En el tramo final de su vida, el acompañamiento llegó de la mano de un abogado y de un restaurador de la ciudad, quienes lograron que obtuviera un pequeño apartamento. Al recrudecerse el Alzheimer, Fernández necesitó atención constante y fue trasladado a una residencia pública, donde falleció en 2016. “He sido un golfo y un vago”, admitió Perico en entrevistas otorgadas ya en sus últimos años, sin asignar responsabilidades a terceros por su destino. Nunca culpó a nadie por su caída; su relato llegó cargado de conciencia sobre una biografía marcada, hasta el final, por la marginación y el olvido.
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