
Tash Aw ha publicado El sur, la primera entrega de una tetralogía familiar ambientada en Malasia, donde el despertar homosexual de un adolescente coincide con la descomposición de una finca heredada y con las fracturas sociales, económicas y climáticas de un país que ocupa el centro de su literatura.
La novela sitúa su trama principal en la Malasia de los años noventa, durante un mes de sequía, y enfrenta a Jay, un joven de 17 años criado en la ciudad, con Chuan, dos años mayor y vinculado al trabajo rural. El sur, publicada por Anagrama, ha sido finalista del premio Booker.
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Aw, nacido en Taipéi en 1971, creció en Kuala Lumpur, estudió en Londres y reside en París. Su obra ha explorado durante dos décadas los contrastes entre el campo y la ciudad, la pobreza y el ascenso social, así como la pertenencia y la condición de extranjero en la Malasia contemporánea.
Su debut fue la novela histórica La fábrica de sedas, publicada en España por Salamandra. En Extraños en el muelle, editada por Amok, reconstruyó la emigración de sus abuelos desde China, la pobreza de sus padres y los silencios familiares que marcaron su infancia.
Qué cuenta ‘El sur’ de Tash Aw
El conflicto comienza con la muerte de un granjero malasio, que deja la propiedad familiar a su nuera, Sui. La decisión responde a la capacidad de Sui para administrar la finca, pero también a una estructura familiar dividida desde el origen: el fallecido tuvo un hijo con su esposa y otro con su amante.
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Jack, el hijo legítimo y marido de Sui, abandonó hace años la explotación agrícola y había trabajado durante décadas como maestro en la ciudad. Fong, el hijo nacido de la relación extramatrimonial, había sostenido la finca con su trabajo cotidiano para impedir que el terreno se convirtiera en una extensión improductiva.

La herencia convierte esa desigualdad previa en un foco de tensión entre ambas ramas de la familia. La tierra, seca e inhóspita, concentra las frustraciones de unos personajes que afrontan crisis económicas y climáticas sin dejar de buscar una forma de dar sentido a sus vidas.
Jay es hijo de Jack y ha recibido una educación urbana; Chuan es hijo de Fong y se ha criado en un entorno rural, con una vida mucho menos protegida. Pese a sus diferencias, ambos sienten atracción el uno por el otro y comienzan una relación.
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Jay conoce a Chuan en un momento de incertidumbre sobre su futuro, su lugar en la familia y su deseo por otros hombres. El vínculo entre ambos se desarrolla en el huerto, junto al lago y durante sus salidas nocturnas a una localidad cercana, mientras el adolescente percibe que aquella relación puede ser irrepetible.
Jay se siente observado y juzgado por su entorno. El personaje recuerda los comentarios sobre sus estudios, su timidez, su rechazo al deporte y su distancia respecto de los otros chicos.
La relación con Chuan abre una posibilidad de libertad que contrasta con las expectativas familiares. En una conversación entre ambos, Jay plantea imaginar “un chico” que llega a aquel lugar “porque anhela a otro chico”; Chuan responde: “Bien. Me gusta”.
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Aw presenta ese deseo sin separarlo de la tensión que rodea a los adultos. Sui vive un matrimonio de 20 años marcado por la falta de intimidad y observa con inquietud el silencio de su hijo. Fong, por su parte, soporta la carga de la granja y la frustración de depender de Jack, mientras su propio hijo busca trabajos ocasionales y una salida fuera del campo.
El deseo adolescente frente a la crisis de los adultos
La novela está narrada por Jay y alterna la primera y la tercera persona. El relato se mueve entre el pasado situado en los años noventa, donde transcurre la historia de la granja, y un presente no determinado.
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Estos desplazamientos narrativos podrían interpretarse como una forma de abordar la memoria: el protagonista revive lo sucedido y, al mismo tiempo, trata de entender cómo lo experimentó cuando aún no podía nombrar lo que le ocurría.
Aw construye el libro a partir de una atención minuciosa a los detalles. Ese enfoque abarca tanto el descubrimiento de la vida y el deseo entre los dos adolescentes como los fracasos y las expectativas frustradas de los adultos que les rodean.

La historia utiliza materiales propios del melodrama familiar: una herencia controvertida, dos hermanos enfrentados por su origen y su relación con la tierra, y una atracción que une a sus hijos. El tratamiento desplaza esos elementos hacia una narración intimista sobre los vínculos familiares, la desigualdad y el deseo.
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La finca heredada funciona como el espacio donde convergen esas tensiones. Mientras Fong ha dedicado su esfuerzo a mantenerla, Jack representa el alejamiento de la vida rural; Sui recibe la propiedad, y Jay y Chuan descubren su relación en un paisaje condicionado por la sequía.
El deterioro de la finca no responde solo al conflicto por la herencia. Los árboles frutales sufren la sequía, la falta de recursos y los efectos del cambio climático; el huerto, destinado a desaparecer para un proyecto de construcción, concentra la pérdida de una forma de vida familiar y rural.
Ese espacio recuerda a un patrimonio que ya no puede sostenerse, mientras la narración contrapone a unos jóvenes impacientes por empezar su vida con unos adultos aferrados a lo que aún conservan.
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La crisis económica de Malasia forma parte de esa degradación. La moneda pierde valor, Jack y Fong venden terrenos y, en el colegio urbano de Jay, las familias arruinadas regresan a las provincias; las sillas vacías quedan colocadas boca abajo sobre los pupitres, “como si conmemoraran vidas pasadas”.
La artista mexicana presenta una serie de recomendaciones literarias. (TikTok/Lasai)
La novela incorpora también un horizonte regional de incertidumbre. Los personajes reciben noticias adversas de Tailandia, Corea e Indonesia y escuchan explicaciones que responsabilizan a Estados Unidos, al Fondo Monetario Internacional y a George Soros de la crisis, mientras el temor se extiende entre las familias.
La narración enlaza esas tensiones económicas con los cambios medioambientales: un año de sequía puede dar paso a inundaciones, y la contaminación del arroyo de la granja se suma a la sensación de que el deterioro supera la capacidad de control de sus habitantes. La finca condensa así los conflictos de clase, pertenencia y transformación que atraviesan a la familia Lim.
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