
“En un minuto, tu vida está ahí. Al siguiente, ha desaparecido”. Con estas palabras relata Sonali Deraniyagala (Sri Lanka, 1964) el terror que supone ser víctima de una catástrofe natural y el único que sobrevive para contarlo. Esta economista doctorada en Oxford y residente en Londres lo vivió en 2004, cuando un tsunami devastó las costas de varios países del sur y sudeste de Asia. Se estima que aquello causó la muerte de entre 220.000 y 260.000 personas, entre ellas las de sus padres, su marido y sus dos hijos.
De un minuto a otro, el horror quedó impregnado en ella, marcando un camino en el que recuperarse de todas esas pérdidas parecía imposible. Sin embargo, con el paso de los años, Deraniyagala logró aprender a lidiar con ese dolor tras un largo y oscuro proceso del que deja testimonio en Ola. Vida y recuerdos después del tsunami (Capitán Swing). En estas memorias del duelo, la autora rescata todo el viacrucis vital ocurrido después de una desgracia que revive cada vez que se informa de algún desastre en otra parte del mundo.
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Así sucede, por ejemplo, con el reciente terremoto de Venezuela. “Puedo imaginar perfectamente lo que es”, afirma, “cómo alguien intenta contactar a sus seres queridos, pero no hay teléfono, no hay internet, nada funciona. Fue igual en Sri Lanka tras el tsunami: todo estaba caído”. Aquel momento, ocurrido hace más de 20 años mientras se encontraba de vacaciones junto a su familia en un hotel, sigue presentándose “inmediato, muy cercano y real”. “No creo que uno llegue a aceptarlo del todo”, concluye. “No hay punto y final. Siempre queda la confusión porque, a pesar de entender lo que ocurrió, sigues preguntándote: ‘¿Cómo es posible?’”.

Quienes la acompañaron después
Ola es un libro duro y devastador, pero al mismo tiempo atravesado por una gran luminosidad. Así, pese al relato en primera persona de una mujer que, tras perderlo todo, no quiere seguir viviendo y busca autodestruirse de múltiples maneras, nos encontramos también con el testimonio de alguien que, poco a poco, acaba aceptando la pérdida y reconciliándose con sus propios recuerdos. “Mis seres queridos me salvaron, sobre todo en los primeros años. Me cuidaron muchísimo. No fue solo algo interno, fue ese entorno el que me sostuvo”, reconoce, aunque lanza una advertencia: “No hay nada noble en los supervivientes. Somos personas normales, con pensamientos buenos y malos”.
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De este modo, la supervivencia no es para ella una hazaña en sí misma, sino simplemente “una cosa terrible” a la que muchos no consiguen, paradójicamente, sobrevivir. “Decir que los supervivientes son especiales es injusto para quienes no logran sobreponerse”. La psicología suele hablar de la culpa de los supervivientes tras grandes desgracias. No obstante, en el caso de Deraniyagala fue otra emoción con la que tuvo que lidiar. “Sobrevivir es tan doloroso que no queda lugar para la culpa. Sentía más bien vergüenza. Pensaba si había hecho algo mal, si en otra vida fui una mala persona”.
Afortunadamente, a su lado tuvo a su hermano Rajiv, a su prima Natasha y a sus amigos y amigas (una de ellas incluso dejó su trabajo para instalarse con ella y cuidarla), así como a la familia de su esposo y a su terapeuta, a quien le dedica un agradecimiento especial por su ayuda para “comprender lo incomprensible”. Fue este último uno de los grandes instigadores de que Deraniyagala comenzara a plasmar todos sus recuerdos antes y después de la ola por escrito. “Fue muy difícil, pero también fue mi supervivencia”, agradece.
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La necesidad de rendir cuentas
El testimonio de la autora recuerda que el duelo no se supera ni se deja atrás: con el duelo se aprende a convivir. De este modo, seguir existiendo tras una pérdida tan grande implica, para ella, dos realidades simultáneas en las que el luto no excluye la alegría ni la vida cotidiana: “Llegas a un punto en que puedes sentir alegría y un dolor terrible a la vez. Sostienes tu vida presente y, al mismo tiempo, la certeza de que aquello realmente sucedió”. Su ancla, en este sentido, no es aceptar la complejidad del mundo, sino todo lo contrario, aquellas cosas más simples: “Me aferro a la naturaleza, a la comida, a los amigos, al amor... En lo cotidiano encuentro sentido”.
A pesar de todo, la búsqueda de respuestas a veces no parte solo de lo que uno puede encontrar en sí mismo. El tejido social también se rompe con este tipo de sucesos. En las catástrofes naturales cobra un papel vital la previsión, rapidez y eficiencia con la que actúen los servicios de emergencia, tanto antes como después del desastre. Cuando su papel no es el adecuado, señala Deraniyagala, “la sociedad busca la rendición de cuentas como parte del duelo”, si bien “depende de cada persona, porque el duelo es algo muy individual”.
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También depende de cada caso. La autora conoce la dana de Valencia (227 fallecidos), así como otros donde la falta de aviso por parte de las autoridades provocó la muerte de decenas, cientos o incluso miles de personas. “En Birmania, en 2008, murieron unas 140.000 personas en el ciclón Nargis porque el gobierno no alertó”, apunta. Su experiencia, en este aspecto, fue distinta. “Lo que yo viví ocurrió en una región que nunca había vivido algo semejante. Ahora hay más alertas, pero entonces no era un riesgo conocido”.
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Dejar entrar la luz
Deraniyagala tardó más de siete años en escribir su libro, cuya primera edición salió en inglés en 2013. Al año siguiente, ganaría el prestigioso premio PEN/Ackerley Prize, otorgado a la mejor autobiografía o memoria escrita por un autor británico. A pesar de todo, ella sigue trabajando como economista, actualmente como investigadora visitante en la Escuela de Asuntos Internacionales y Públicos de la Universidad de Columbia, en Nueva York, donde vive una vida nueva junto a su actual cónyuge, la actriz Fiona Shaw.
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Con todo, aquellos recuerdos que en su momento la atormentaban sobre quién fue antes del tsunami, mucho antes de Ola, siguen ahí. “He aprendido que solo puedo recuperarme cuando los mantengo a mi lado. Si me alejo de ellos (y de su ausencia), me fracturo”, escribe en un párrafo de su libro, y en otro concluye: “Al recordarlos de nuevo, al ir reuniendo hilos de nuestra vida, me siento mucho menos rota. También estoy menos confundida. Ya no me pregunto todo el tiempo si fui de verdad su madre. ¿Cómo es posible que gran parte de mi vida ni siquiera parezca mía? Puedo reencontrarme mejor conmigo misma cuando me atrevo a dejar entrar su luz".
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