Conocimos a Júlia de Paz gracias a su ópera prima, Ama (2021), en la que abordaba la maternidad de una forma poco complaciente, desde la exclusión, la soledad y las dificultades económicas. La película estuvo nominada al Goya al mejor guion adaptado ya que procedía de un cortometraje previo.
Lo mismo ocurre en esta ocasión con La buena hija, basada en Harta, que la directora filmó hace cinco años cuando ya llevaba un tiempo investigando sobre el tema, la violencia vicaria y los efectos del maltrato machista desde la perspectiva de una adolescente.
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Entre 2013 y 2026, 62 menores han sido asesinados a manos de sus progenitores en España, hechos vinculados directamente a la violencia vicaria. Además, más de 1.300 mujeres han sido asesinadas en los últimos 23 años pese a la evolución legislativa. Desde hace más de una década, las estadísticas oficiales integran estos asesinatos de menores, reflejando el impacto persistente del maltrato previo incluso después de años de concienciación y endurecimiento de las leyes.
Una película basada en un proceso de investigación
La génesis de La buena hija se remonta a una experiencia personal cercana a la directora: una amiga suya trabajaba en un punto de encuentro familiar y trasladó a De Paz (que se encontraba estudiando Educación Social) la problemática de aplicar leyes en las que no creía, supervisando visitas entre niños y progenitores condenados por violencia machista.
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Este contexto llevó a De Paz y a Núria Dunjó, coautora del guion, a entablar una serie de entrevistas con mujeres supervivientes de violencia de género preocupadas porque sus hijos, al no ser considerados víctimas directas, seguían obligados a encontrarse con el ‘maltratador’ por mandato judicial. También con abogadas, con educadoras sociales, con psicólogas, con juezas, para que el estudio fuera lo más completo posible.
La película parte de la ruptura de la unidad familiar, mostrando a la protagonista, una niña de 12 años, y a su madre, interpretadas por Kiara Arincibia y Janet Novás, abandonando el hogar y trasladándose a la casa de la abuela, papel encarnado por Petra Martínez.
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El relato avanza desde el desconcierto de la menor, atrapada entre la rebeldía propia de su edad, la atracción por la figura paterna y la dificultad para identificar la violencia sufrida.

Uno de los elementos que distingue a La buena hija radica en la caracterización del padre, interpretado por Julián Villagrán, quien encarna a un pintor moderno y seductor alejado del arquetipo tradicional de ‘maltratador’. Para construir este perfil, De Paz y su equipo evitaron los esquemas normativos y mantuvieron un proceso de documentación entrevistando a hombres en prisión condenados por violencia de género. El propósito era entender la complejidad de los vínculos paterno-filiales y los mecanismos psicológicos, alejándose del cliché para mostrar la ‘transversalidad’ del machismo y su carácter estructural en todas las capas sociales.
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No representar la violencia explícita
La directora subraya que ha optado por no mostrar “una violencia explícita” en pantalla, sino explorar las cicatrices invisibles de la violencia psicológica. Considera que la representación audiovisual habitual tiende a mostrar el cuerpo femenino como objeto de destrucción o sufrimiento, y reivindica en La buena hija un enfoque en el que la violencia no esté ‘hiperrepresentada’ visualmente, evitando así la normalización social del maltrato: “La violencia tiene muchísimas más capas, no solamente está un puñetazo”, ha dicho Júlia de Paz a Infobae. “El problema es que cuesta más demostrar la violencia psicológica y no hay un acompañamiento por parte de la administración y las instituciones, y ahí es donde el sistema falla. Por eso, necesitamos referentes que enseñen que esa violencia psicológica existe y que es igual de dolorosa que la física”.

A nivel formal, la película apuesta por una fotografía luminosa y la construcción de escenas alegres que reflejan la adolescencia, evitando ambientaciones sombrías a pesar de la carga dramática. De Paz cita el filme Close de Lukas Dhont como referencia para mostrar que “se puede hablar de un conflicto doloroso y oscuro con momentos de mucha luminosidad propia de la adolescencia”. La protagonista, a través de un complejo trabajo corporal y emocional, va identificando señales de maltrato sin necesidad de ‘verbalizaciones’ directas, respaldada por la música y la experiencia compartida con su entorno.
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En la película, la madre encuentra apoyo y refugio en una red de mujeres que atraviesan situaciones similares. De Paz resalta que esa “red de apoyo” está inspirada en una asociación real cuyas integrantes brindaron testimonio y se implicaron en el proyecto. La creación de estos espacios de sostén permite afrontar y acompañar las heridas causadas por la violencia, según ha detallado la directora. Asimismo, la película muestra a estas mujeres como elemento clave para derribar el aislamiento al que suelen verse sometidas las víctimas y para vencer el temor a solicitar ayuda.
Retroceso social en la actualidad
Uno de los casos mediáticos que se encargaron de investigar fue el de María Salmerón. “Cada año se organiza un congreso sobre violencia vicaria en varias ciudades y Nuria y yo fuimos yendo como oyentes y en uno de ellos que habló del caso de María Salmerón, que en ese momento se estaba esperando la sentencia para que ella entrara en la cárcel o no. El marido la había denunciado por no llevar a la niña al punto de encuentro familiar cuando la hija tenía ataques de pánico cada vez que tenía que asistir, lo que le provocó un cuadro de ansiedad", cuenta Júlia de Paz a Infobae.
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La directora es consciente del momento de retroceso social al que estamos asistiendo. “Al igual que hay partidos políticos que dicen que la violencia de género no existe, hay personas que utilizan su posición de poder para seguir con el discurso del patriarcado y del machismo. Y lo cierto, es que la cantidad de feminicidios no para de crecer, es alarmante".
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