
Si las ciudades fuesen libros, sus edificios serían las palabras a través de las que podríamos leer toda su historia. Así lo opina el director de cine francés Stéphane Demoustier (conocido sobre todo por películas como La chica del brazalete o Borgo), que con su nueva película, El arquitecto, que llega a las salas de cine españolas este fin de semana, trata de rescatar del olvido los orígenes de uno de los edificios más emblemáticos de París: el Gran Arco del barrio de La Défense.
A pesar de tratarse de un proyecto municipal, la historia de este edificio adoptó desde el principio una resonancia europea después de que François Miterrand, mítico presidente francés, decidiera convocar a principios de la década de los 80 un concurso internacional que acabaría ganando el arquitecto danés Johan Otto von Spreckelsen (en la película, interpretado por el también danés Claes Bang), un desconocido profesor de la Real Academia de Bellas Artes de Dinamarca.
El arquitecto, que por cierto llega a España como una de las películas más exitosas del año en Francia, empieza en el momento exacto en el que se anuncia al ganador del concurso, y sigue los pasos de Spreckelsen tratando de sacar adelante un proyecto tan magnífico en su ambición como terrible por su complejidad. En mitad del camino, aparecerán también los intereses políticos y personales de muchos de los implicados en el proyecto. Una vez más: no es solo un edificio lo que está en juego, sino la historia de una ciudad, un país y un continente.
Una visión del mundo y las ciudades que “ya no existe”
La película de Demoustier nace como una adaptación de La Grande Arche, libro de la escritora Laurence Cossé. “Me di cuenta de que había un punto ciego dentro de esa novela”, señala el director. “Justamente era ese Spreckelsen, el arquitecto, del que se sabe muy poco. Él me pareció un personaje totalmente novelesco y nada difícil de convertir en el héroe de una película”. Con ideales firmes y un carácter a veces difícil, el protagonista lucha contra todo tipo de obstáculos para que el edificio con el que siempre había soñado saliera tal y como él imaginaba.
En este sentido, el segundo objetivo de Demoustier era “hablar de arquitectura a través de la película y del personaje”, no solo desde un punto de vista técnico, sino también en su “dimensión política e histórica”. “Contando además con un personaje como François Mitterrand, que fue quien encargó el edificio, tenía muchas dimensiones además de la meramente novelesca”. Mucha gente del entorno del presidente y del arquitecto considera que es imposible construir ese edificio, a pesar de que ambos están convencidos de la importancia de conseguirlo. La única cuestión es: ¿a qué precio?
La respuesta a esa pregunta hace que El arquitecto no sea precisamente la historia de un sueño cumplido, sino en otra, quizá, algo más pesimista. “A partir de los años ochenta, el mundo pasa a ser movido por cuestiones más pragmáticas y liberales que siguen existiendo hoy, tanto en Francia como en toda Europa”, analiza. “Estamos muy lejos del romanticismo de otras épocas, donde había presidentes llamados Mitterrand que basaban su programa en, literalmente, querer cambiar la vida. Una visión así ya no existe”.

La película se habla en cuatro idiomas
Con todo, Demoustier advierte que la película cuenta con una “luz” a la que aferrarse. “El cubo (forma más distinguible del Gran Arco) perdura”, sonríe. Y, mientras tanto, los espectadores han podido ver una película tan dinámica como íntima donde, reivindica el director, “puedes aprender muchas cosas”. “Nadie sabe nada de la construcción de ese cubo ni de quién era el arquitecto”, razona. “Es un proyecto europeo, con un concurso anónimo lanzado a toda Europa, ideado por un presidente francés y ganado por un arquitecto danés que quiere comprar mármol en Italia”.
Gracias a esta trama, se sustenta uno de los elementos de los que el director francés se muestra más orgulloso. “Que se habla en varios idiomas: en danés, en francés, en inglés y en italiano”, enumera. “Creo que los idiomas son muy importantes, aportan una riqueza y está muy bien que la gente cuente con ellos”. De esta variedad, se sustenta una nueva lectura de la película, a partir de la que surge la cuestión de cómo comunicarnos con los demás, y cómo a veces, incluso con quienes más compartimos, puede resultar frustrante hablar sobre los sueños a los que más nos aferramos.
El arquitecto es la historia de un proyecto por el que Johann Otto von Spreckelsen luchó desde la primera a la última piedra. Para ello, Demoustier se sirve tanto de hechos históricos como de la ficción para responder a las incógnitas que deja tras de sí ese Gran Arco que hoy despunta al oeste de París como uno de sus edificios más emblemáticos.
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