Incluso para los que no vivieron la Guerra Fría, el telón de acero de Occidente con respecto a Rusia ha permanecido más que vivo en la ficción. Con el recuerdo de fondo del Ivan Drago de Rocky IV, la ficción moderna tampoco ha hecho mucho por destensar las relaciones con los soviéticos y, sobre todo, apenas ha rebajado un ápice su mirada esterotipada, con la rica familia de Anora, última ganadora del Oscar, como ejemplo más reciente. Por eso resulta tan refrescante y novedosa una aproximación occidental a la cuestión rusa y en concreto a su máximo líder como la de El mago del Kremlin, obra que desarrolla el ascenso de Vladimir Putin al poder.
Basada en la novela homónima de Guiliano Da Empoli, la película que acaba de llegar a cines se aprovecha de la figura de Vadim Baranov, mano derecha de Putin en sus primeros años de gobierno, astuto consejero que se mueve como pez en el agua entre los ambientes tecnócratas tanto como entre el pueblo...y que está completamente ficcionado. Bueno, no del todo, pues en parte se inspira en el personaje real de Vladislav Surkov, empresario y antiguo viceprimer ministro de Rusia, aunque ante todo el considerado padre de la democracia soberana implementada por el Kremlin, el concepto en torno al cual gira toda la película.
En El mago del Kremlin, Vadim Baranov es un hombre retirado de la vida pública y recluido en su cabaña en el bosque, ya que no se le permite entrar en casi ningún país de Occidente. Hasta allí viaja el periodista americano interpretado por Jeffrey Wright para entrevistarle y trazar la historia no solo de cómo Putin llegó al poder, sino de cómo toda una nación fue cincelada en los últimos veinte años por obra y gracia de Baranov, hombre en la sombra que movía los hilos como nadie. Desde sus inicios en el mundo del teatro y la televisión y su compleja relación amorosa con Ksenia (Alicia Vikander) hasta sus primeros escarceos políticos hasta convertirse en la mano derecha de Putin y encargarse de situaciones comprometidas como las revoluciones en Maidán, la crisis del submarino Kursk o incluso los Juegos Olímpicos de Sochi.
El Juego de Tronos del Kremlin
Con guion de Emmanuel Carrère, quien presenta estos días su última novela, y del propio director Olivier Assayas, la película humaniza y profundiza en las relaciones de Baranov con todos los estratos del poder público ruso. Un cicerone para entender de la forma más sintetizada y lúdica posible como se ha construido la política del Kremlin en este siglo que, aunque ficcionada, resulta mucho más natural y cercana que casi cualquier informativo corriente que haya narrado las decisiones de Rusia. Hay quien por otro lado ha tachado la película de blanquear e incluso enaltecer la figura de Putin, pero basta prestar algo de atención a lo que sucede entre líneas para darse cuenta de la mirada que tiene el filme hacia la figura de Putin, siempre desde un respeto más que desde el miedo o la comedia.
Lo mismo sucede con el propio personaje de Baranov, con tantas capas (y caras) que es imposible de clasificar aun terminada la película, dejando esa sensación de que resultaba tan peligroso en primera instancia como útil en determinados casos para mantener bajo control las relaciones entre Rusia y Occidente. Un agente del caos necesario para la prosperidad cuya sed de poder y algunas malas decisiones terminaron por dejar a un lado, pero que no es sino una ficha de dominó más en el gran juego soviético.

Cuanto mejor es el villano, más buena es la película
“Siempre he pensado que, en el fondo, esta cuestión del mal y su ambigüedad es algo que pertenece y siempre ha pertenecido al cine”, comentaba Assayas en una entrevista, en la que citaba directamente a Hitchcock y su famoso “cuanto más éxito tiene el villano, mejor es la película”. Putin no es una Rebeca precisamente en El mago del Kremlin, pues tiene diálogos y escenas de sobra como para construirse, pero sí es cierto que sus apariciones están milimetradamente dosificadas, de la misma forma que Baranov muestra que podría parecer una muñeca rusa.
En este juego de ambigüedades, ambiciones y conspiraciones, distinguir verdad de ficción resulta imposible, por lo que solo queda confiar en la extensa labor de documentación y rigurosidad del equipo de la película. “Confiaba que en manos de Olivier (Assayas) esta historia se contaría con inteligencia, matices y consideración. Es un personaje dentro de una historia mucho más amplia, por lo que no intentamos definir nada sobre nadie”, comentaba el propio Jude Law durante la presentación de la película en Venecia. Sin máscaras ni maquillajes raros, e incluso con su acento de Lewisham, el actor ha sido capaz de encarnar a una de las grandes figuras políticas del siglo en una película que demuestra que se puede contar un gran drama político sobre el este sin precisar de grandes clichés y estereotipos.
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