
Un accidente doméstico ocurrido en noviembre de 2020 marcó profundamente la vida y la escritura de Marta Jiménez Serrano. La autora ha abordado esta experiencia en Oxígeno (Alfaguara), una novela de ‘autoficción’ en la que reconstruye el episodio de intoxicación por monóxido de carbono que sufrió en su casa de alquiler en Madrid, junto a su pareja de entonces, el también escritor Juan Gómez Bárcena.
Esta vivencia, descrita en primera persona y sin adornos ficticios, ha funcionado como catalizador de una reflexión más amplia sobre la vida, la muerte, la precariedad de la vivienda y el modo en que narramos aquello que nos golpea de forma inesperada.
“En varios momentos de la novela digo que me hubiera gustado no escribirla, porque es la verdad, ojalá no hubiéramos pasado todo esto. Pero creo que cuando no puedes dejar de pensar en algo es importante verbalizarlo y, en mi caso fue escribirlo. Al final, escribimos sobre cosas que nos obsesionan“, cuenta la autora a Infobae.
La descripción de un trauma en primera persona
La narrativa de Marta Jiménez Serrano reposa sobre ese suceso concreto: tras sentir malestar, tanto ella como su pareja achacaron los síntomas a una posible resaca. Juan bajó a la calle a por medicinas y refrescos y, al regresar, encontró a Marta inconsciente en el baño. El servicio de emergencias, al llegar, comprobó la presencia de monóxido de carbono generado por la mala combustión de la caldera de gas, consecuencia de un mantenimiento deficiente achacado a la propietaria del piso.
La intervención de los sanitarios fue definitiva para evitar una tragedia mayor. Pese a estar al borde de la muerte, ambos lograron recuperarse físicamente, aunque las secuelas emocionales y la búsqueda de sentido a lo sucedido han alimentado gran parte de la obra, como ha relatado la propia autora.
La novela, de unas 160 páginas, adopta una estructura fragmentaria y retrospectiva, combinando el eje narrativo del accidente con recuerdos de infancia, reflexiones sobre el pasado y el futuro, y un minucioso análisis de la relación sentimental entre Marta y Juan.

Esta alternancia de planos temporales, tejida con una prosa contenida y sobria, permite a la autora explorar los ecos del acontecimiento traumático y su efecto sobre su visión de la existencia.
La experiencia de sobrevivir a una intoxicación por monóxido, fenómeno conocido popularmente como “muerte dulce” debido a su naturaleza imperceptible, ha dejado en Jiménez Serrano un poso ambivalente: por un lado, el temor al sinsentido y la constatación de la fragilidad vital; por otro, un renovado aprecio por lo cotidiano y una aceptación serena de la finitud. “Al principio la novela se iba a llamar Monóxido de Carbono, pero terminó saliéndome más luminosa de lo esperado, así que la titulé Oxígeno. Pensé que iba a escribir sobre la muerte y he acabado escribiendo sobre la vida”.
Según la autora, tras superar el pánico inicial, la relación con la muerte se ha transformado en algo “más saludable”. Esta toma de conciencia ha robustecido su vínculo con el presente y le ha ayudado a relativizar temores sobre el porvenir. El acompañamiento y la reacción del entorno constituyen otro eje crucial del libro. La autora refleja tanto la pericia y humanidad de los profesionales sanitarios como la dificultad de familiares y amigos para acompañar el dolor que no deja marcas visibles.
La precariedad y la crisis de la vivienda
Además, resalta cómo, en ausencia de una lesión física visible, la sociedad muestra impaciencia hacia el malestar psicológico. La cuestión de la vivienda y la precariedad asociada adquiere un papel central en la narración. Jiménez Serrano denuncia los abusos de muchos arrendadores y la desprotección de los inquilinos, una problemática que, más allá del análisis económico o político, afecta a la intimidad y a la posibilidad de llamar “hogar” a un espacio.
“Se supone que la casa es un lugar fundamental en nuestras vidas y no puedes imaginar que pueda convertirse en un espacio de muerte, sino que debería ser un un lugar de seguridad, de refugio. Así que eso me sirvió para hablar sobre nuestra relación con las casas ahora, sobre la precariedad de la vivienda, sobre el tema de los caseros, los inquilinos y los alquileres. Y lo que he intentado en el libro es que se vea eso como una crisis en general que afecta a la sociedad, pero también a nuestra intimidad”.

Inicialmente, la autora intentó poner distancia escribiendo desde una tercera persona, pero pronto reconoció la necesidad de abordar la experiencia de manera directa, renunciando al disfraz de la ficción y asumiendo los riesgos de la exposición personal. La obra avanza también en un tono que equilibra la gravedad del tema con elementos de humor y ligereza.
Esta mezcla contribuye a que Oxígeno sea, más que una crónica dolorosa, un ejercicio literario en el que el trauma se convierte en materia compartida con los lectores. El proceso de escritura, además, ha funcionado para la autora como una forma de catarsis, permitiéndole ordenar los recuerdos y conceder un cierre personal a una etapa de miedo, inseguridad y cuestionamiento vital.
La muerte como tema tabú
La escritora alcanzó notoriedad con su novela Los nombres propios (Sexto Piso), que conectó con un público generacional. “Aunque sean muy diferentes entre sí, creo que tanto Los nombres propios como Oxígeno, tienen puntos en común, son relatos de pareja en Madrid y de búsqueda de la identidad”.
Cuando ocurrió la desgracia, coincidió que, en esa casa, le notificaron que se iba a publicar su primera novela. Cómo se pasa de la ilusión, de la esperanza, de la felicidad a un momento así, en el que se te escapa la vida, es una de las grandes paradojas de esta novela que bascula entre lo terrible y lo hermoso.
“La muerte continúa siendo un tema tabú, seguimos viviendo de espaldas. Estamos montados en discursos en torno a la juventud y la felicidad, como si no fuera a llegar nunca. Y creo que tiene que ver con el peso que ha perdido la religión, que aportaba esperanza y por eso creo que hay un auge de la espiritualidad. Pero creo que es una asignatura que tenemos pendiente, porque forma parte de las reglas del juego y vivir de espaldas a ella es estar anestesiados”.
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