
Groenlandia ha vuelto a quedar en el centro del mapa geopolítico mundial después de las declaraciones de Donald Trump el pasado fin de semana, donde tras la operación de Washington en Venezuela, con los bombardeos en Caracas y la captura y extradición de Nicolás Maduro, expresó su deseo de controlar Groenlandia.
No es la primera vez que el nombre del territorio danés es pronunciado por el presidente norteamericano, ni tampoco la última. “Nos preocuparemos de Groenlandia en unos dos meses... hablemos de Groenlandia en 20 días”, decía este domingo. Las razones de este interés parecen claras: a su ubicación estratégica (cerca del Ártico, de Europa y de Estados unidos) se le une la riqueza del territorio por sus recursos naturales, entre los que destacan el gas y el petróleo.
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Sin embargo, lo cierto es que las pretensiones de quitarle este territorio a Dinamarca no son nuevas, sino que cuentan con varios siglos de historia. Groenlandia pasó a ser propiedad de los daneses hace más de 600 años y, desde entonces, no ha dejado de serlo, si bien por el camino ha habido varias etapas y momentos claves que, para un lado o para otro, pudieron cambiar el rumbo de la historia de este territorio.

Los asentamientos vikingos y la unión con Dinamarca
La relación histórica entre Groenlandia y Dinamarca se remonta a la expansión nórdica del Atlántico Norte en la Edad Media. Hacia el año 985, Erik el Rojo, un colono islandés de origen noruego, fundó los primeros asentamientos vikingos permanentes en el suroeste de Groenlandia. Estas comunidades, conocidas como el Asentamiento Oriental y el Occidental, mantuvieron vínculos políticos, económicos y religiosos con Noruega y, por extensión, con el mundo escandinavo cristiano.
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Durante los siglos XI al XIV, Groenlandia fue considerada parte de la órbita del Reino de Noruega. La introducción del cristianismo y la creación de un obispado dependiente de la Iglesia noruega reforzaron esa integración. Sin embargo, a partir del siglo XV los asentamientos nórdicos desaparecieron, probablemente por las duras condiciones climáticas (en aquella época se produjo un notable enfriamiento del planeta), el aislamiento económico y cambios en las rutas comerciales.

La fusión de Noruega y Dinamarca
A pesar de la pérdida de contacto efectivo, los reinos escandinavos no renunciaron formalmente a sus pretensiones sobre Groenlandia. Cuando Noruega entró en unión dinástica con Dinamarca (primero en la Unión de Kalmar, que incluiría durante unas décadas a Suecia, y más tarde como reino subordinado), las antiguas posesiones noruegas pasaron a considerarse parte del ámbito danés. En este contexto, Groenlandia siguió siendo reclamada, aunque sin asentamientos permanentes durante siglos.
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El interés danés se reactivó en el siglo XVIII, cuando el reino de Dinamarca y Noruega inició expediciones misioneras y comerciales, estableciendo una presencia continua en la isla que dejaría excluido al resto de países. Finalmente, las guerras napoleónicas llevarían a que se firmara el Tratado de Kiel (1814) entre el reino y Suecia: al disolverse la unión entre Dinamarca y Noruega, Dinamarca conservó Groenlandia, Islandia y las Islas Feroe, mientras Noruega pasaba a manos suecas.

La exploración que impidió a Estados Unidos controlar Groenlandia
La historia no terminaría ahí. En los siglos XIX y XX, las revoluciones industriales conllevaron una renovación del interés por la exploración y la conquista de nuevos territorios. Los primeros asentamientos permanentes de Dinamarca llegaron en 1909, pero décadas antes, un capitán estadounidense llamado Charles Francis Hall habría llegado hasta zonas inexploradas del territorio que el país norteamericano podría haber reclamado.
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Así lo haría, de hecho, otro explorador, el también estadounidense Robert Peary, el explorador que descubrió que Groenlandia no formaba parte del continente europeo, sino que era una isla. Peary, de hecho, aseguraba que Groenlandia estaba dividida en dos, destacando una isla oriental llamada la Tierra de Peary, y Estados Unidos pretendía hacerse con ella.
Con todo, Dinamarca lograría reforzar su derecho a la soberanía de la región gracias a nuevos descubrimientos geográficos. Entre ellos, destaca una serie de peligrosas expediciones realizadas en la primera década del siglo XX, primero la misión Danmark en 1906 y posteriormente la del barco Alabama en 1909, que pretendía encontrar los cuerpos y hallazgos de los primeros. Los exploradores del Alabama serían los responsables de encontrar el diario de uno de los miembros del Danmark, que demostrarían que, en efecto, Groenlandia era una extensión continua y, por lo tanto, no podía tener cabida ningún otro asentamiento.
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La autonomía de Groenlandia y el interés de Donald Trump
A raíz de la Primera Guerra Mundial y la creciente rivalidad entre potencias, Dinamarca se preocupó por una posible reclamación estadounidense sobre Groenlandia, especialmente porque Estados Unidos había manifestado intereses en la isla. Sin embargo, en 1917 el gigante norteamericano terminaría por reconocer la propiedad danesa de Groenlandia a cambio de que Dinamarca accediera a venderle las Indias Occidentales Danesas, actualmente conocidas como las Islas Vírgenes. En 1920, la Reunión de la Sociedad de Naciones terminaría de ratificar esta propiedad.
Groenlandia dejaría de ser oficialmente una colonia tras la Segunda Guerra Mundial, con la constitución danesa de 1953. Sin embargo, desde este conflicto los sentimientos de autonomía habían proliferado notablemente, lo que en la década de los 70 llevó a movimientos independentistas que resultarían un la Ley de Autonomía de 1979, que incluía un poder legislativo propio y poder legislativo en ciertos asuntos, que se aumentarían posteriormente en 2009 tras la celebración de un referéndum.
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Actualmente, Dinamarca controla solo el control de los asuntos exteriores y defensa del territorio, un asunto sobre el que Donald Trump quiere ahora meter baza. Estados Unidos nunca se olvidó de Groenlandia: junto a las reiteradas ofertas por comprar la isla, destacan incluso una base nuclear secreta que el país intentó construir (sin que Dinamarca supiera nada) durante la Guerra Fría. Así, el actual presidente no ha olvidado su anhelo en su segundo mandato, expresando que el control de Groenlandia sigue siendo “una necesidad absoluta”.
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