“Si parece un pato, nada como un pato, y grazna como un pato, entonces probablemente sea un pato” es un refrán que se atribuye al poeta estadounidense James Whitcomb Riley, que con el tiempo fue usado para acusar a figuras públicas de comunistas pero que hoy en día se usa simplemente como refrán popular para señalar algo que es evidente pero que no todo el mundo se atreve a afirmar con contundencia que así lo sea, aunque todo apunte a ello. Al director Edgar Wright sabemos que le gustan los patos porque aparecen en alguna que otra de sus películas —esa hilarante escena en Arma fatal que reproducía una escena real de dos policías persiguiendo a los animales— e incluso ha dado voz al pato Alistair Boorswan en la serie de animación Patoaventuras, pero quizá no sea del todo consciente de que el refrán se puede aplicar perfectamente a su última película.
Parece un chiste, pero es la realidad. Lo que se ha estado dedicando a hacer estos años Wright desde su última película, Última noche en el Soho, ha sido interpretar a un pato en el conocido reboot de Disney. Eso, y trabajar en la adaptación de la novela de Stephen King The Running Man, con la que ha vuelto a los cines cuatro años después. Última noche en el Soho no gozó de la aceptación ni el éxito en taquilla que se podía esperar del director de Baby Driver, pero fue una apuesta arriesgada por parte del británico, aunque se alejase en gran medida de su característico humor y se acercase más al relato de terror clásico con ecos de la actualidad, siendo una de las primeras películas que ponía en cuestión el Me Too mucho antes de la polémica actual con Caza de brujas.
Sin embargo, con su nueva película, Edgar Wright se ha quedado en un terreno desconocido, ya que ni se ha vuelto a salir del tiesto ni ha recuperado del todo ese humor y sátira que rezumaban obras como Zombies party, Arma fatal o Bienvenidos al fin del mundo (la llamada trilogía del Cornetto). The Running Man quizá se ubique más en la senda de Scott Pilgrim contra el mundo, una película demasiado pendiente de reverenciar el material original y de ser, ante todo, pura diversión sin pensar demasiado. Lo cual no está en absoluto mal cuando tu historia es la de un joven enfrentándose a los exnovios de su nueva pareja mientras toca en una banda de punk, pero sí es un poco más cuestionable cuando es la de un hombre desesperado frente a un sistema de extrema pobreza, corrupción y nihilismo.

El mundo está loco, loco, loco
The Running Man sigue en gran medida la premisa de la obra original de King, que ya se adaptó en los años 80 con Arnold Schwarzenegger como protagonista. En un futuro distópico, como ya había hecho King con La larga marcha —casualidad que llegase a cines hace una semana, la tercera seguida tras La vida de Chuck—, la desigualdad económica es tan grande que mucha gente se ve obligada a participar en diferentes concursos de televisión con tal de ganar dinero y salir de la pobreza. Entre esos desesperados que tritura la caja tonta está Ben Richards, un duro trabajador que ha sido expulsado de varios oficios por sus problemas con la autoridad y que termina participando en The Running Man, el concurso más visto, mejor premiado, pero sobre todo, el más peligroso, ya que es más probable terminar muerto que con el botín.
La premisa no podría adherirse más a la filosofía de Wright a priori, con un personaje extremadamente iracundo pero desesperado, y con una gran disidencia hacia un sistema corrupto y poco menos que dictatorial. La película empieza como un cañón, con Wright introduciendo este peculiar universo y un Glen Powell entregado a la causa ya casi más como una estrella de cine consagrada que como el novato que podía ser en Top Gun: Maverick o la promesa de Hit Man. Asesino por casualidad. Pero al intenso ritmo de su primera mitad lleno de explosiones y humor absurdo le sigue... más de lo mismo.
Al contrario que en sus anteriores trabajos, aquí no parece haber una crítica real más allá de lo obvio, pero el hecho de que sea un futuro distópico —es la única película de Wright ambientada en uno, a pesar de lo fantasiosas que pudiesen ser las anteriores— hace que su mensaje pierda fuerza. A nivel argumental hay giros para aburrir, pero se sienten tan programados y forzados como los que van articulando el propio juego en el que Richards se ve atrapado. No hay un conflicto real en el personaje, no hay un significado más allá de lo evidente, haciendo de The Running Man una película extremadamente maniquea que solo puede servir como una cinta de acción al uso, con sus grandes secuencias —la aparición de Michael Cera a lo Macaulay Culkin— pero que parece tener miedo a escarbar más.

De hormigas y patos
Tiene cierta ironía que uno de los puntos de inflexión en la carrera de Wright fuese abandonar el proyecto de Ant-Man, en el que había depositado buena parte de sus ilusiones y del que se terminó saliendo precisamente por cómo había cambiado la industria y cómo la película estaba atada a la editorial de Marvel. Su disgusto ante la falta de espacio para la creatividad y su deseo de empezar algo de cero con esa película —que recayó sobre Peyton Reed— no se ven reflejados ahora en este remedo de aquellas películas de acción de los 80-90 que ni alcanza a tener la ironía e ingenio que podían tener algunas de ellas como Desafío total, también con Schwarzenegger.
De modo que llegamos al punto de partida, a los patos. Si una película centrada en un juego estúpido, burdo, infantil y absurdamente violento se filma de la misma forma, lo más probable es que te quede una película estúpida, burda, infantil y absurdamente violenta. Y esto es algo que ya ha sucedido con anteriores películas —la crítica de The Neon Demon al mundo de la moda—, que está sucediendo —la malinterpretada lectura del Me Too en Caza de brujas— y que vuelve a suceder con The Running Man, en la que por más que duela viniendo de Edgar Wright, todo apunta a que efectivamente es un pato.
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