
Entramos en una nueva era o, al menos, eso parece indicar el fervor generalizado que ha generado el nuevo álbum de Rosalía. Al parecer, hay que abrazar la fe (en ella y su propuesta), o no, tremenda cuestión.
En cualquier, pocos artistas en la actualidad han conseguido una unanimidad tan rotunda desde sus inicios a la actualidad. Así, la salida de Lux se ha convertido en una especie de Epifanía que, en realidad, casa muy bien con todo el discurso y la imagen católica que acompaña la temática de las canciones.
De nuevo vuelve a ser un disco conceptual, como ya ocurrió con El mal querer y Motomami y, de nuevo, vuelve a romper con todo lo anterior. El canon ya no tiene sentido en nuestros tiempos y, en ese aspecto, tiene toda la razón Rosalía.
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La valentía de reinventarse...
Nos encontramos ante una de esas creadoras que quieren reinventarse en cada una de sus etapas y, en esta ocasión, ha dado un giro a sus ritmos urbanos iniciales y a sus raíces rumberas y folclóricas para elevarse a los altares de la orquestación. De la orquestación sinfónica. Aunque mezclando todos los géneros, claro.
Los temas que componen Lux tienen varias características que se repiten. Todos empiezan con un ritmo y van introduciendo diferentes modulaciones que nos llevan por cambios bruscos de estructura hasta terminar en picos épicos de lirismo exacerbado.
Es algo que se convierte en el eje estructural de la mayoría de las canciones, a pesar de ser muy diferentes entre sí. Sobre todo porque, Rosalía, en un intento de derribar la Torre de Babel, canta en todos los idiomas imaginables. Además, en algunos casos, incluso intenta adecuarse a las tradiciones de los diferentes entornos lingüísticos que aborda, como la ‘chanson’ francesa, el fado portugués o la balada italiana, de los que se apropia de manera indiscriminada.
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Entre la parafernalia y la pompa católica
En efecto, Lux es un álbum pretencioso para bien y para mal, totémico, difícil de discernir y de analizar.
Rosalía intenta abarcar demasiadas cosas, intenta alcanzar la totalidad (hablando en términos sacros) para terminar generando desconcierto. Pero, seguramente, de eso no se trata porque aquí, lo importante, es la parafernalia y la pompa. Y sí, también el riesgo, eso hay que reconocerlo. Aunque la escucha completa de Lux genere un tremendo dolor de cabeza, está claro que no apostado por los caminos fáciles, que ha intentado hacer algo diferente. Lo cuál, no necesariamente quiera decir que sea bueno.
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En este sentido (y de acuerdo a una de sus grandes polémicas), no está claro hasta qué punto Rosalía utiliza la creencia en Dios y en la religión para darle sentido a sus letras e himnos. Es una cuestión confusa y llena de aristas, sobre todo teniendo en cuenta el momento en el que vivimos, en el que el regreso a la fe sintoniza con el retroceso hacia el conservadurismo.
No creo que Rosalía esté de acuerdo con esas ideas, pero está utilizando toda esa imaginería para legitimarla en una sociedad cada vez más polarizada ideológicamente. Y eso es un problema.
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En las letras de sus canciones no encontramos lugar para las dudas. “Amar el mundo, y luego amar a Dios”, “Me pongo guapa para Dios”, dicen algunas letras.
En cualquier caso, da la sensación de que todo está demasiado prefabricado. Pero es algo que ya estaba presente en los anteriores discos. Y también es algo que debería generar un poco de debate en relación a la pureza y autenticidad de los artistas musicales. ¿Hasta qué punto toda esta campaña sirve para reivindicar la voz de una creadora o para dotarla de un aura endiosada que, a la fuerza, tiene que subyugarnos?
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Rosalía está “blessed”
En Lux hay buenas canciones y otras son insoportables. Temas que, en otros artistas, los críticos desecharían por engolados y pedantes y que aquí han de pasar, sí o sí, como una revelación, como si de pronto el público popular descubriera la música clásica, las composiciones sacras y los coros celestiales.
No hay nada nuevo en Lux, solo un perfecto empaquetado para crear sensación de grandeza y grandilocuencia de obra cumbre.

Rosalía habla de muchos otros temas en Lux que son interesantes, como el precio de la fama, el desengaño, la necesidad de liberarse de los corsés.. pero siempre parece imponerse la necesidad de trascender. Y todo eso a ritmo de violines, tambores, palmas o coros insuflados en gloria bendita. dEe mezclar estilos de una forma prácticamente autárquica.
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“Yo soy la luz del mundo”, “Fui hecha para divinizar”. Ella está “blessed”, así que poco hay más que decir al respecto.
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