Pocas personas en España no han oído alguna vez el nombre de Eduardo Mendoza. El escritor, que recoge este viernes el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2025, lleva medio siglo dedicándose a publicar novelas tan conocidas como La verdad sobre el caso Savolta, Sin noticias de Gurb, La ciudad de los Prodigios, Riña de gatos o El asombroso viaje de Pomponio Flato.
Con estos y otros éxitos, el famoso novelista, el cual ha asegurado en entrevistas que “nunca pensó” que pudiera ganarse la vida escribiendo, ha conseguido algunos de los premios literarios más importantes dentro y fuera de España: el Premio de la Crítica de narrativa castellana, el Premio Planeta, el Franz Kafka y el Premio Cervantes.
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“Seguiré siendo el que siempre he sido: Eduardo Mendoza, de profesión, sus labores“, aseguró cuando recibió este último. Y es que, en un tono habitual al de sus novelas, Mendoza sigue considerándose un artesano al servicio de su arte, aunque este, después de tantos años, e incluso después de toda una vida de grandes éxitos, solo le hayan servido ”para no entender nada".

Un autor clave en la Transición
Más allá de todos estos reconocimientos, sin embargo, lo cierto es que Eduardo Mendoza ha sido un autor clave en la historia reciente de la literatura española. Con la muerte de Franco y el inicio inminente de la Transición, España afrontaba un periodo convulso en el que la literatura de las décadas de los 60 y principios de los 70 había sido precursora de protestas y reivindicaciones en las calles. Algunos ejemplos serían Tiempo de silencio, de Luis Martín Santos, o El Tragaluz, de Antonio Buero Vallejo.
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Sin embargo, lo cierto es que la muerte del dictador en 1975 supuso un cambio de paradigma, o cómo definiría el cineasta Jaime Chávarri en un famoso documental de la época, un “desencanto”. “Contra Franco vivíamos mejor”, escribiría por su parte el también novelista Manuel Vázquez Montalbán en Los mares del Sur: la literatura, al igual que la sociedad, no tenía un pulso político claro una vez concluida la Dictadura.
Fue en este contexto donde irrumpió, y con mucha fuerza, Eduardo Mendoza, con una novela que, publicada el mismo año del fallecimiento de Franco, cambió el escenario y lideró la penúltima transformación de la narrativa en España. Estamos hablando de La verdad sobre el caso Savolta, una novela que prescindió del corte social y de la crítica política para centrarse, simplemente, en la historia. Con una prosa muy cuidada, un tono humorístico que siempre le caracterizaría y una forma novedosa, Mendoza centraba su historia a principios del siglo XX para contar una historia alejada de franquistas y antifranquistas. No había denuncia, solo literatura y mucha, mucha diversión.
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“Los novelistas deberían tener prohibida la opinión”
Convertido en un éxito inmediato, La verdad sobre el caso Savolta abrió de par en par las puertas a una serie de autores que buscaron centrarse más en lo meramente estético de su labor como escritores, sin tener que hacer una crítica social por el camino. Javier Marías, Juan Benet, Terenci Moix, y más tarde Antonio Muñoz Molina, Rosa Montero, Juan José Millás.
“Los novelistas deberían tener prohibida la opinión”, llegó a declarar el propio Mendoza en una entrevista con Jotdown, mostrando cómo, en mayor o menor medida, la literatura de la Transición pretendía dejar a un lado las ideologías para convertir la literatura en algo simplemente entretenido, sensibilizador pero no panfletario y, por qué no decirlo, también comercial.
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Barcelona, una ciudad llena de prodigios
Fuera de la política, algo que casi siempre ha estado presente en buena parte de la obra de Eduardo Mendoza, o al menos en sus libros más conocidos, ha sido su ciudad natal: Barcelona. En La verdad sobre el caso Savolta, Mendoza reconstruyó la ciudad condal en la época del pistolerismo de principios del siglo XX. Allí, seguimos a un joven Javier Miranda progresando bajo la sombra de su mentor, Paul André Lepprince.
Una trama similar, por mezclar la picaresca y el desarrollo de los protagonistas desde su adolescencia, encontramos en La ciudad de los prodigios, la que para muchos es su mejor novela. En ella, el protagonista, Onofre Bouvila, es un joven de origen humilde que gracias a sus propios esfuerzos, y a su poca ética en asuntos delicados, acaba convirtiéndose en uno de los hombres más ricos e influyentes de España. La ciudad de los prodigios es, al mismo tiempo, una historia de amor, amor por tres mujeres y también por una ciudad que acoge en su seno dos exposiciones universales en apenas tres décadas y se transforma a sí misma.
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“Un proveedor de felicidad para los lectores”
Una carta de amor a Barcelona también sería, aunque mucho más marciana (literal y figuradamente), sería Sin noticias de Gurb, una novela humorística publicada por entregas en el diario El País que cuenta la llegada de un extraterrestre a la ciudad condal mientras esta se prepara para los inminentes Juegos Olímpicos de 1992. Ese extraterrestre adopta la apariencia de la cantante Marta Sánchez, pero acaba desapareciendo, así que los alienígenas deciden mandar a otro de ellos en su búsqueda.
Este nuevo enviado se transformará en otros personajes históricos, que van desde el conde-duque de Olivares a Miguel de Unamuno o Paquirrin. Pero, por encima de todo, una y otra vez, lo veremos comer kilos y kilos de churros... hasta el punto de que le vemos pensándose seriamente montar una churrería. “Cuanta más perspectiva tengamos para ver el mundo y a nosotros mismos, mejor. Gurb no es un extraterrestre: tiene una mirada infantil, sorprendente e inocente, sin malicia ni juicios. Lo que nos gustaría ser”, reflexionaba el propio Mendoza esta misma semana, a pocos días de recoger su Premio Princesa de Asturias.
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Esa misma definición es la que, en realidad, podría definir buena parte de la literatura del propio Mendoza. Alguien que, con un lápiz y un papel, ha dedicado buena parte de su vida a idear mundos y personajes prestos a las aventuras y a las carcajadas. “Eduardo Mendoza es un proveedor de felicidad para los lectores“, destacaban desde el jurado del galardón que recogerá este viernes. ”Y su obra tiene el mérito de llegar a todas las generaciones, que hoy se reconocen en sus luminosas páginas”.
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