
La huida de tres oficiales aliados del campo de concentración de Buchenwald en agosto de 1944 representa uno de los muchos episodios poco conocidos de la Segunda Guerra Mundial.
Forest Yeo-Thomas, Harry Peulevé y Stéphane Hessel lograron escapar de una muerte segura gracias a un plan que involucró la suplantación de identidad y la colaboración de la resistencia interna del campo, según la documentación reunida por Grégory Cingal en su obra Los últimos de la lista, novela que ahora se publica en España gracias a Tusquets.
El contexto de esta fuga se sitúa en un momento crítico: treinta y siete oficiales de inteligencia aliados, entre ellos los tres protagonistas, fueron internados en el Bloque 17 de Buchenwald y condenados a muerte.
Experimentos médicos con humanos
La vida cotidiana en el campo se caracterizaba por el hambre, la violencia sistemática y la amenaza constante de la denuncia y la traición. Los prisioneros no solo sufrían maltratos físicos y psicológicos, sino que también eran utilizados como sujetos de experimentación médica.
El médico Ding-Schuler buscaba desarrollar una vacuna contra el tifus, seleccionando a sus víctimas con ‘meticulosidad’ y aumentando su número a medida que avanzaban sus experimentos.

En este entorno de terror, la resistencia clandestina del campo, integrada por figuras como Alfred Balachowsky y Eugen Kogon, desempeñaría un papel fundamental.
Estos dos intelectuales, prisioneros y colaboradores forzados de Ding-Schuler, idearon un método para facilitar la fuga: los tres oficiales aliados asumirían la identidad de prisioneros moribundos, víctimas de los experimentos con la vacuna, lo que les permitiría eludir la vigilancia y preparar su evasión. Así, una cadena de solidaridad se puso en marcha, permitiendo que el plan avanzara pese a los riesgos extremos.
Una fuga en la que participaron todos los compañeros
La operación, sin embargo, estuvo marcada por la incertidumbre y la tensión. El comandante Yeo-Thomas, el de mayor rango entre los oficiales, tuvo que tomar una decisión dolorosa: solo podía elegir a dos compañeros para acompañarlo en la fuga, ya que un grupo mayor habría puesto en peligro toda la operación. Esta elección dejaría una huella indeleble en los supervivientes. Décadas después, Stéphane Hessel aún se preguntaba: “¿Por qué yo y no otro?”.
La singularidad de Buchenwald residía en su compleja organización interna, con una jerarquía y alianzas que dividían a los prisioneros en categorías como judíos, comunistas, delincuentes comunes y homosexuales. El peligro era omnipresente: “Un solo paso en falso y la consecuencia era la horca. O algo peor”. La realidad del campo superaba cualquier ficción, y la rapidez era esencial para sobrevivir.

El relato de Grégory Cingal no solo reconstruye la fuga, sino que también rinde homenaje a la camaradería y la esperanza que mantuvieron vivos a los prisioneros.
En ese sentido, uno de los pasajes del libro ilustra la capacidad de algunos internos para resistir mentalmente: “Algunos, sin embargo, lograban refugiarse en la clandestinidad cada noche. Extraían de su vida nocturna una fuerza que oponían a la demencia del día, traían de ella imágenes encantadoras que servían de escudo contra el frío, el hambre y los golpes. El campo, para ellos, no era más que una feria negra, un simulacro patético que se consumía cada noche en el fuego inalienable de sus sueños. Su esperanza de vida no era mayor que la de los demás, pero al menos se daban el lujo de sucumbir con una sonrisa en los labios”.
Documentación exhaustiva
La documentación exhaustiva de Cingal permite comprender la estructura interna del campo y la magnitud de los riesgos asumidos por los protagonistas, convirtiéndose la novela en un bello homenaje a la resistencia.
La obra también recuerda los lazos inquebrantables y los sueños que sirvieron de refugio ante el dolor, así como el destino dispar de los fugitivos: solo Stéphane Hessel logró reconstruir su vida tras la guerra, manteniendo siempre la capacidad de admirar la belleza del mundo.
La historia de estos tres hombres, convertida en un thriller por la pluma de Cingal, revela una faceta poco explorada de la resistencia y la solidaridad en los campos de concentración nazis. Una obra que ha sido descrita como “un viaje tenebroso a la tierra de los muertos, pero también de la esperanza. La misma esperanza que alentó a los últimos de la lista”.
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