
Fosca es una palabra que ya no recordamos. Nuestros abuelos sí la usaban, aunque según la parte de España en la que se criaran, la palabra tendría significados diferentes. En el norte de la Península, significa niebla; en Cataluña y Mallorca, es algo negro o enmarañado, como un bosque tupido; en el sureste, son los días en los que hay tierra del Sáhara y apenas consigues ver el sol. “Si te fijas, todo está relacionado con que no ves”, dice Inma Pelegrín.
Esta escritora, poeta durante buena parte de su carrera y merecedora de distinciones como el Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez, fue también galardonada el pasado mes de junio con el Premio Lumen de Novela gracias a la que ha sido su primera novela, Fosca. Ahora, llega a las librerías este libro con el que la autora sigue los pasos de Gabi, un niño que vive en el campo de Murcia junto a sus padres, sus tres hermanos y su perra Sombra, y al que un crimen, perpetrado en el seno de su propia familia, cambia su vida. “Todo lo que ocurre en la novela ocurre en un episodio de fosca”, concreta su autora. “Y eso es también lo que rodea a toda la historia, al lugar, al tiempo y a las personas: todo te hace sentirte agobiado e incluso tener reacciones un poco extrañas”.

La prosopagnosia, un trastorno que afecta también a la escritora
Al empezar el libro, uno podría pensar que se trata de una novela de aprendizaje, cuando lo cierto es que ya desde el propio jurado del citado premio nos advierten: es justo lo contrario. “Estamos muy acostumbrados a las fábulas con moraleja, a las novelas de iniciación, a que el personaje crezca y adquiera un aprendizaje”, explica Inma Pelegrín. “Por eso quería hacer algo diferente, que no hubiera moraleja, aunque se trate de una fábula: que no te digan lo que tienes que pensar”.
Esta decisión se fundó también en los propios gustos de la escritora, quien afirma que le gustan aquellas historias en las que no existe “ninguna valoración de lo bueno y lo malo, sino una realidad y unas circunstancias que conducen a los personajes a tomar determinadas decisiones que podrían haber sido otras”. Solo así, concluye, puede escribirse una novela que hable “de lo humano”. “Todos somos buenos, malos, regulares, oscuros, claros, grises... somos inmensos”.
Cuando habla de esas circunstancias, es fácil vincularlo con Gabi, el joven protagonista aquejado de prosopagnosia, un trastorno neurológico que impide reconocer los rostros de las personas. Inma Pelegrín (“y también Brad Pitt”, añade entre risas) también sufre esta condición, algo que la obsesionó durante buena parte de su vida y que quiso explorar en su novela. “Me gustaba la idea de que, si se ha cometido un asesinato, el protagonista le viera la cara a su asesino y viera que es de su familia, pero no lograra saber quién es”.

Un aislamiento total
La prosopagnosia no es, sin embargo, la única alteración que sufre Gabi. El joven padece también una enfermedad que le provoca la aparición de verrugas en las manos: una dolencia habitual en la época (aproximada, pues en ningún momento se da un indicio concreto del año en el que sucede todo) en la que está ambientada Fosca. “Entonces tú no podías ir al médico a excepción de que te estuvieras muriendo... y a lo mejor ni tampoco muriéndote”, recuerda Inma Pelegrín, que describe como en su clase del colegio era habitual ver a niños con una “infección vírica” que salpicara de verrugas sus manos y su rostro.
Más allá de lo temporal, sin embargo, el hecho de que el protagonista sufra esta desconocida enfermedad tiene un efecto brutal en su vida: le priva de poder tocar a otras personas. “Para él es muy importante”, subraya la escritora, “cuando podía tocar cosas, cuando ya no las puede tocar, a quién puede (solo Sombra se deja tocar siempre) y cuándo”. Eso, unido al hecho de que, a diferencia de su padre y sus hermanos, parece tener una mayor capacidad intelectual y una menor predisposición al trabajo, acaba por potenciar su aislamiento del que solo le salvan, en cierto modo, su madre y una vecina llamada Marcela.
“He querido hablar de lo que supone hacerse hombre, que no es fácil. En ese momento, y en otros sitios actualmente, era algo que estaba muy encarrilado: lo que se esperaba de un hombre, lo que se esperaba de un niño que se va a hacer hombre”, argumenta Inma Pelegrín. La masculinidad tóxica permea la relación entre Gabi y el resto de hombres de la casa, los cuales no entienden, por ejemplo, por qué sigue estudiando en la escuela. “No te podías salir del molde”, sentencia la autora.

Las palabras perdidas
De ese aislamiento nace la voz de la novela, que no es otra que la del propio Gabi y lo que resuena en su cabeza. Cuestionada por si es por eso que Fosca ha sido definida como una novela poética, Inma Pelegrín señala que sí, dado que en su narración no se limita a “describir las cosas”, sino también a “transmitir emociones y las sensaciones físicas (de nuevo, el sentido del tacto cobra relevancia) que acompañan a lo que ocurre en la realidad”. “La poesía entrena para mirar la realidad de otra manera, como decía Mafalda”, cita. “Lo que vemos todos los días puede tener otro significado, y eso está en la novela”.
Un ejemplo de esa transformación reside en las propias palabras que usa la escritora para hablar de la vida en el campo. En Fosca, los eucaliptos son calistros, el mercurio azogue, los niños beben maltileche y los adultos fuman Celtas mientras buscan pozos como zahoríes. “Esos términos son un bagaje cultural”, defiende Inma Pelegrín, que tenía muy claro desde el principio que quería poblar su historia con este tipo de términos: “Son lo que hemos sido y lo que somos”. Por ello, y también debido a la oralidad de la propia novela, tuvo que ir encontrando todas las palabras como quien buscaba tesoros, ya fuera a través del Palabrero Murciano, los recuerdos de su abuelo o la sabiduría que aún se conserva en buena parte de la España rural.
Detrás de todas esas búsquedas inusuales se encontraba, también, el corazón de Fosca. Un libro que, tal y como explica su autora, ha surgido “a través de un montón de casualidades gordas y pequeñas”. “Yo creo que las historias nos buscan a nosotros”, reflexiona Inma Pelegrín. Solo ha hecho falta seguir el rastro de miguitas que la realidad le iba dejando: el lugar al que se mudó, el hombre dedicado a la agricultura con el que se casó, su amor por los perros, la prosopagnosia... “Todo eso ha ido acumulándose hasta que, un día, empecé la novela y fui descubriendo lo que pasaba con esa familia”. El resto, queda entre sus páginas, ella misma... y lo que el lector quiera imaginar.
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