
¿Hasta dónde podrías llegar para salvarle la vida a tu hijo? Se trata de una pregunta imposible de responder porque, en la inmensa mayoría de los casos, un hijo no tiene un valor equivalente a su propia vida para un padre o una madre. Esta fue la razón por la que Ada Blackjack decidió subirse a bordo del Silver Wave, el barco que debía llevarla, junto a otros cuatro hombres, a la isla de Wrangell (Siberia).
Este inhóspito lugar del Ártico formaba parte de todos esos territorios sin explorar que diferentes potencias, como Rusia o Reino Unido, se disputaban entre sí. A Ada la necesitaban como costurera y cocinera, pero por encima de todo porque, al pertenecer al pueblo iñupiat -el término esquimal se utilizaba en aquella época de manera despectiva-, podía ayudar a sobrevivir en el hielo curtiendo pieles y elaborando abrigo, además de ayudar en la caza, aunque esta fuera una actividad más dirigida a los hombres.
“Era bien sabido por todos los iñupiat que en la isla de Wrangell, adonde se dirigía la misión, había más osos polares que en ningún otro rincón del Ártico”, escribe Montse Sánchez Alonso en El hielo de los suyos (Editorial Tránsito). Con esta novela, la escritora ha reconstruido la historia de una heroína que, pese a ser conocida como la Robinson Crusoe en femenino, fue muy pronto silenciada.
“Además de ser una mujer sobreviviendo al entorno más hostil de la tierra, cuando los hombres que la acompañaron no pudieron hacerlo, esto se da en un contexto colonial”, cuenta la autora en una entrevista con Infobae España. “Las únicas historias que importaban eran las de los hombres blancos”. Por si fuera poco, destaca un tercer elemento que terminó por hacer que el nombre de Ada se borrara de la historia: “Era madre sola”.

Sin comida en el Ártico
La novela de Montse recupera la figura de Ada y recrea los hechos tal y como sucedieron. Ada se subió al Silver Wave porque el salario que recibía a cambio de su trabajo, cincuenta dólares al mes, era suficiente para sacar a su único hijo de cinco años del hospicio y poder llevarlo a Seattle para que trataran su tuberculosis. Una semana después, ella y el resto de la tripulación estaban en la isla de Wrangell.
Allí debían sobrevivir durante dos años, tiempo legal que entonces se requería para poder reclamar un territorio. Sin embargo, la llegada de un invierno ártico trajo consigo dos meses seguidos de oscuridad. Cazar resultó cada vez más difícil y, lo peor de todo, el barco que debía llevarles suministros para pasar allí el verano, se quedó atrapado en el hielo.
Knight, uno de los exploradores, empezó a expresar síntomas de escorbuto, una enfermedad habitual en marineros y exploradores provocada directamente por la malnutrición. Por eso, y ya en pleno invierno, el líder de la expedición tomó la decisión de irse con todos los hombres a buscar ayuda a través del mar helado y dejar solos a Ada y al enfermo. Nunca les volvieron a ver.

Sin embargo, y a pesar de nunca haber usado un arma, vemos en la novela cómo Ada tuvo que cazar todo tipo de animales, incluso osos polares con los que a punto estuvo de perder la vida. La mayoría de sus logros para sobrevivir quedaron registrados en un diario, que Montse leyó para comprender mejor a la superviviente. El 20 de agosto de 1923, la goleta Donaldson se acercó al campamento y la encontró completamente sola (Knigh había fallecido unos meses). Hacía casi dos años que había iniciado el viaje para salvar a su hijo y nadie daba crédito que hubiera logrado sobrevivir... más aún donde otros cuatro hombres habían perdido la vida.
Una conquista feminista de las novelas de aventuras
Fue el coraje de Ada lo que más inspiró a Montse para novelar su historia. La escritora había pasado por una experiencia traumática que, por diferentes circunstancias, le hizo vivirlo como “una especie de supervivencia”. Así, cuando se encontraba planeando su novela para terminar el Máster de Narrativa de la Escuela de Escritores, tenía claro que quería compartir su experiencia a través de un libro. Sin embargo, se le ocurrió una forma de ir más allá: “Cruzar mi propia voz con la de otra mujer en medio de una supervivencia aversa, pero en la naturaleza”.
“¿Qué testimonios tenemos de mujeres supervivientes en la naturaleza? A mí se me ocurrían relatos de supervivientes masculinos, pero no de mujeres, ni en la vida real ni en la literatura". Por ello, cuando dio con Ada Blackjack, conectó con ella al instante con ella porque, además, “ella había hecho todo ese periplo para salvar la vida de su hijo”. Se comenzó a obsesionar con su historia, hasta el punto de que finalmente comprendió que de que esta heroína y su viaje al Ártico pedía “un libro en sí mismo”.

Durante siglos, el género de las novelas de aventuras y de supervivencia han sido, no obstante, territorio de grandes héroes masculinos. Robinson Crusoe, Dick Sand, Jim Hawkins y John Silver, Harry Grant... “Al ponerle la cámara narrativa a una mujer, el género ya se transforma”, considera Montse. “No hay novelas de aventuras femeninas. Creo que las mujeres hemos conquistado el género de la autoficción, en el género de terror las mujeres están escribiendo terror y lo están haciendo maravillosamente bien, pero hay otros géneros que no se están conquistando”. Por ello, no dudó en embarcarse en ese viaje transformador de la “novela clásica”, donde pese a lo importante es el arco del personaje, buscaba dotar la historia de otra mirada distinta.
El trágico final de la heroína y una búsqueda de la identidad
Pese a que las historias de aventuras suelen tener un final feliz, en el caso de Ada Blackjack ocurrió todo lo contrario. Preguntada por los mayores retos a la hora de escribir El hielo de los suyos, Montse cuenta que, junto al hecho de ser madre y cursar el máster al mismo tiempo, se le añadió darse cuenta “del nivel que violencia que Ada sostuvo a lo largo de toda su vida”.
Explica que, tras regresar de Wrangell, lo que le ocurrió a la superviviente fue “extremadamente triste”. Pese a que logró curar a Bennett con el dinero que había ganado, “finalmente tuvo que volver a dejarlo, junto a otro hijo que tuvo más tarde, Billy, en un hospicio. Fue una mujer muy empobrecida”. “Fue una mujer atravesada por la violencia”, resume Montse, que recuerda cómo la supervivencia de las mujeres en entornos hostiles es tan poco frecuente como el trágico destino que muchas de ellas corren.
Por eso, explica que “mientras estaba escribiendo esta historia, me di cuenta de que también tenía que escribir la historia de una reconquista identitaria: de la depredación colonial y del supremacismo y de lo que entraña esa concepción del mundo respecto a otras formas de estar en él, como las de los iñupiat”. Ada llevaba mucho tiempo sin vivir junto a su pueblo, dado que, tras casarse y quedarse embarazada con 16 años, se alejó de los suyos. “Ella llega a Wrangell sin acordarse de su lengua madre, pero a medida que va realizando un diálogo con el territorio en el que está, en un principio de forma completamente defensiva y más adelante una relación más de tipo simbiótica, la reconquista identitaria es imparable”.
En otras palabras, al quedarse sola en el Ártico la heroína se reconcilia con El hielo de los suyos, lo que acaba provocando que ella misma se dé cuenta de que, incluso, el entorno más hostil del planeta es menos violento que la civilización en la que ella es constantemente sometida. “Se plantea la posibilidad de no regresar”, cuenta Montse, “de algún modo ella siente que nunca ha sido soberana hasta que entra en contacto con el hielo”.

Allí donde nadie nos mira
Con todo, la escritora advierte de que no hay que caer por ello en “una romantización de la naturaleza”, una advertencia que ella tuvo muy presente cuando escribió el libro. “Es algo insensato y además totalmente alejado de lo que la naturaleza es: no tienes que caer en el mito del buen salvaje y en esa cosa de dulcificar a la persona indígena solo por el hecho de ser indígena”. La naturaleza es, también, terrible, algo que Ada sabía de sobras cuando se subió muerta de miedo al Silver Wave, pensando en todos los exploradores que recientemente habían fallecido en terribles circunstancias por un trozo de hielo.
“Es la desmesura humana”, reflexiona Montse, “la pura megalomanía. Se dividió África con escuadra y cartabón y después de esa división del continente se preguntaron qué faltaba por conquistar: los polos”. Las inversiones para controlar esa tierra de hielo, en ambos extremos del mundo, fueron millonarias, porque esa misma desmesura hacía creer a gobiernos, empresarios y exploradores que podían enriquecerse o que “era tan fácil vivir en el Ártico como en Arizona o en Texas. ”Ellos pensaban que el hielo podía estar a su servicio, que el hombre estaba por encima del territorio".
En cierto modo, ella admite que también pecó de “desmesura” cuando decidió dar voz, en primera persona, a la naturaleza, en unos párrafos donde esta fuerza se muestra con toda su belleza y a la vez su temible poder. “Fue muy difícil construir esa voz porque siempre me salía una mirada totalmente antropocéntrica en la que el hombre estaba en el centro de la mirada. Javier Sagarna, el director de la Escuela de Escritores y uno de mis grandes maestros, me advirtió: el hombre, para el Ártico, es igual que un zorro, que un oso, que un bloque de hielo”
Precisamente allí, donde nadie la miraba y nadie podía someterla, decidió volver Ada Blackjack en los últimos años de su vida. “Quiero pensar que ella fue feliz en el Ártico”, dice Montse, “que hubo determinadas condiciones que la hicieron sentirse soberana”. Durante toda su vida, esta heroína fue “comandada por alguien o por algo”. “De alguna manera, en contacto con el hielo, ella debía sentirse ciertamente libre”.
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