Juan José Lahuerta
Madrid, 28 may (EFE).- Bajo las luces de la final de la Liga de Campeones que disputarán el PSG y el Arsenal, el Puskás Aréna no será únicamente el escenario del partido más importante del fútbol europeo. Durante una noche, el estadio volverá a representar algo más profundo para Hungría: el recuerdo de su pasado glorioso, la necesidad de reivindicarse ante Europa y la persistencia de una memoria que todavía sobrevive entre el hormigón y las gradas.
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Budapest se ha transformado en la última década en una ciudad marcada por las nuevas infraestructuras deportivas. El Estadio Rudolf Illovszky, reconstruido en 2019; el Groupama Arena, inaugurado en 2014; o el MVM Dome de balonmano, abierto en 2021, forman parte de un ambicioso proceso de renovación impulsado con inversión pública.
En pocos años, la capital húngara llenó su paisaje de estadios modernos, fachadas de cristal y recintos preparados para albergar grandes acontecimientos internacionales. También el resto del país, porque hasta 32 estadios o recintos deportivos fueron remodelados o construidos.
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Pero la pieza central de ese proyecto es el Puskás Aréna, inaugurado en 2019 tras una inversión cercana a los 500 millones de euros y con capacidad para más de 67.000 espectadores.
Sin embargo, el escenario de la final no rompió del todo con el pasado. Parte del antiguo Népstadion, construido en 1953, sigue presente en la estructura actual. Fragmentos del viejo hormigón fueron reutilizados en los cimientos y en algunos muros exteriores, como una manera de conservar el vínculo con uno de los símbolos deportivos más importantes del país.
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Aquel estadio estuvo ligado a la mejor generación futbolística húngara: la de los llamados "Magiares Mágicos". Liderada por Ferenc Puskás, Sándor Kocsis o Nándor Hidegkuti, la selección de los años cincuenta revolucionó el fútbol europeo con un estilo moderno y ofensivo que cambió la forma de entender el juego.
Ganó el oro olímpico en 1952, permaneció años invicta y firmó una de las victorias más recordadas de la historia al derrotar a Inglaterra en Wembley por 3-6 en 1953.
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Aunque Hungría perdió la final del Mundial de 1954 frente a Alemania Federal, aquella selección quedó instalada para siempre en la memoria colectiva del país. El Népstadion era entonces mucho más que un campo de fútbol. En sus gradas, miles de personas encontraban durante noventa minutos una forma de orgullo nacional en medio de la rigidez del bloque soviético.
Con el paso del tiempo, el fútbol húngaro perdió peso en Europa y el estadio envejeció hasta convertirse en una estructura deteriorada y demasiado grande para una nostalgia cada vez más distante. La construcción del nuevo Puskás Aréna formó parte de una estrategia más amplia impulsada durante los gobiernos de Viktor Orbán, que utilizaron el deporte como herramienta de identidad nacional y de proyección internacional.
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Budapest comenzó a organizar grandes eventos deportivos y el estadio se convirtió en una de las imágenes más reconocibles de la capital húngara. La presencia visible de restos del antiguo Népstadion en la fachada parece resumir el sentido del proyecto: construir algo nuevo sin borrar del todo la historia anterior.
La final de la Liga de Campeones devolverá ahora al estadio al centro de la atención internacional. Las cámaras mostrarán un recinto moderno y brillante, preparado para el gran escaparate del fútbol europeo.
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Pero bajo esa superficie seguirá latiendo el recuerdo de otra época: la de Puskás, la de los viejos domingos de fútbol en Budapest y la de un país que todavía busca, entre la memoria y el presente, la manera de volver a sentirse importante. EFE
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