Juan José Lahuerta
Madrid, 10 may (EFE).- Si el Barcelona tiene un arquitecto de su éxito, ese no es otro que Hansi Flick. Desde la discreción, casi siempre lejos del foco, el técnico alemán ha levantado un bloque voraz, fiel hasta el límite a una idea que sus jugadores interpretan con devoción y que encontró su coronación en la Liga tras derrotar al Real Madrid.
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El entrenador del conjunto azulgrana es, sin duda, el hombre que explica este Barcelona. Entre tantos focos sobre el césped aparece Hansi Flick, un técnico de perfil sobrio que ha construido un campeón desde la autoridad silenciosa. Mientras en la casa de su principal adversario solo hay ruido, él ha levantado un equipo. Y eso, en el fútbol, suele durar más.
Flick suma dos temporadas en el banquillo azulgrana y ambas han tenido aroma de cosecha grande. En la primera llegaron la Supercopa de España, la Copa del Rey y la Liga; en la segunda, repitió en la Supercopa y volvió a conquistar el campeonato doméstico. Cinco títulos de seis posibles en el escaparate nacional. Sólo se escapó la Copa de este curso, que terminó en manos de la Real Sociedad.
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Desde el primer día dibujó un Barcelona reconocible. Un equipo de piernas largas instalado muy arriba, con la defensa casi en el mediocampo y una presión feroz que convierte cada robo en una emboscada. Su Barcelona corre y piensa a la vez. Tiene algo de la vieja escuela asociativa del Camp Nou y mucho de ese fútbol alemán que entiende el vértigo como una forma de autoridad.
Los jugadores abrazaron la idea con una fe absoluta. El Barcelona ha ganado partidos desde el talento, pero sobre todo desde la convicción. Sólo Europa le ha dejado una cuenta pendiente a Flick, dos lunares en dos campañas que rozan lo impecable.
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Porque el Camp Nou ya le ha adoptado como uno de los suyos. Durante el choque frente al Real Madrid, el estadio coreó varias veces su nombre, una escena reservada únicamente para quienes consiguen tocar algo más profundo que la victoria.
Y allí estaba Flick, firme en la banda, incluso en uno de los días más duros de su vida. La muerte de su padre, apenas unas horas antes del clásico, no le apartó del banquillo. Compareció con el gesto serio de quien entiende el oficio casi como una obligación moral, dirigió a los suyos y volvió a ganar.
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Otro título al bolsillo y, además, frente al rival eterno. El fútbol, tan dado a las imágenes simbólicas, encontró en Flick la fotografía perfecta del campeón silencioso. Sin duda, fue el protagonista de la jornada y, por qué no, uno de los más importantes del curso. EFE
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