Ana Picón
Feria (Badajoz), 2 may (EFE).- Un pequeño pueblo fortificado del sur de Extremadura, Feria, florece todos los años en primavera con las Cruces de Mayo, la fiesta más grande de este municipio marcado por la despoblación rural que lucha por mantener viva.
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No son flores frescas como en otras ciudades; aquí las cruces son decoradas con diversos materiales de manera artesanal por las coritas, gentilicio de las mujeres de Feria, que invierten meses e incluso años en su elaboración.
Una muestra es María Josefa Villar, de 84 años, que conserva la talla más antigua del pueblo después de la de la iglesia, ligada a una historia de amor familiar, a la que ya no le quedan familiares en Feria porque todos viven en ciudades como Barcelona o Sevilla, para heredar esta tradición que se remonta a la época medieval y que defiende con devoción.
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Fefa, como la conocen en el pueblo, abre las ventanas de su casa, ubicada en una de las grandes cuestas que bajan desde la plaza de la iglesia, para mostrar su altar doméstico con orgullo, aunque con una pequeña mueca de cansancio.
“La cruz es de 1894 y la hizo mi abuelo, Victoriano Villar Cisneros; la talló con sus propias manos como regalo para su novia, que luego fue mi abuela”, relata sobre esta reliquia de más de 130 años que ha pasado de generación en generación.
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Hace unos diez años que Fefa redecoró la cruz con papeles y telas, tejidas con hilo fino dorado, durante meses de trabajo y que ganó el primer premio del concurso local; desde entonces, todos los años prepara su altar doméstico con la ayuda de sus vecinas.
A Fefa le “encantan” las tradiciones, y aunque la Hermandad de la Santa Cruz se ha abierto a las mujeres para dejar las costumbres machistas atrás, ella defiende que solo debería haber hombres y que las mujeres sigan en casa dedicándose a decorarlas.
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En Feria, cada cruz cuenta una historia pero juntas componen el relato de un pueblo de apenas 1.100 habitantes donde la Hermandad de la Santa Cruz cuenta con unos 700 miembros, muchos de ellos residentes fuera que regresan para estas fechas. Una fidelidad que demuestra que, pese a la despoblación, el vínculo con la tradición se mantiene.
El presidente de la Hermandad de la Santa Cruz, Enrique Ruiz, sitúa el origen de la celebración en Feria en el siglo XVI, concretamente en el año 1545 cuando el cuarto conde de Feria instauró esta tradición influido por su esposa, natural de Marchena (Sevilla), donde ya se celebraban estas fiestas.
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Cinco siglos después, la celebración sigue marcando el calendario del municipio, con cruces por todos los rincones: desde altares que se asoman por las ventanas, habitaciones convertidas en pequeños santuarios domésticos y espacios públicos donde se exhibe el trabajo de todo un año.
Este 2026 son 51 las cruces que han participado en el concurso, elaboradas principalmente con papel, aunque la “imaginación no tiene límites”, comenta Ruiz, que asegura que existe una “implicación masiva” del pueblo.
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Muchas se renuevan cada uno o dos años, lo que se tarda en decorarlas, y requieren inversiones de más de mil euros en su decoración.
Bajo esa apariencia de continuidad crece una preocupación compartida: la pérdida progresiva de participación, especialmente entre los más jóvenes.
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Maite Vázquez, vecina del pueblo y una de las pocas mujeres que forman parte de la hermandad, lo explica con claridad: “De unos años a esta parte ha disminuido muchísimo el número de cruces. Antes había 90 o 100 en la procesión, y ahora apenas llegamos a la mitad”.
Para frenar esa tendencia, este año se ha impulsado una iniciativa para sembrar la tradición desde la base y, a través de talleres en el colegio público, los niños coritos han aprendido a elaborar flores y a comprender el proceso completo de creación de una cruz.
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Aun así, el reto es grande: la falta de relevo generacional, el coste económico y el tiempo que requiere la elaboración de las cruces son obstáculos que la hermandad intenta sortear con incentivos como el aumento de los premios en metálico o el impulso de nuevas actividades.
Mientras tanto, mujeres como Fefa siguen abriendo sus ventanas cada primavera para mostrar su cruz, como quien resiste al paso del tiempo. En la memoria de todas esas manos está la esencia de una fiesta que lucha por no desaparecer y un pueblo que quiere seguir reconociéndose en sus raíces. EFE
apg/vrm
(Foto) (Vídeo)
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