Paco Aguado
Sevilla, 16 abr (EFE).- El diestro madrileño Víctor Hernández, que cortó la única oreja de la tarde, tiró de un templado valor y un puro concepto para poder destacar en la corrida de hoy de la feria de Sevilla, en la que Morante de la Puebla hizo todo un despliegue de genialidades ante el cuarto toro y tras las que, pese a su fallo con la espada, fue sacado a hombros por la puerta principal de la Maestranza.
Fue así como, con una desatada euforia y en medio de cierta sicosis neomorantista, cientos de jóvenes se lanzaron al ruedo al final del festejo para intentar llevar al de la Puebla al otro arco, el de la Puerta del Príncipe, destinado a los triunfos con un mínimo de tres orejas y que, en este caso no permitió la autoridad, a pesar del fuerte empuje de sus partidarios.
Y todo vino provocado por la inclasificable faena que el sevillano le hizo al cuarto toro de los de Álvaro Núñez, estimulado sin duda por la excelente actuación de Víctor Hernández en el turno anterior y después de verse obligado a abreviar -de hecho ya comenzó el trasteo con la espada de acero- con un primero de lote rápidamente desfondado.
De ahí que, ya de partida, intentara fijar al colorado, "Colchonero" de nombre, recostado en la barrera y con largas a una mano para acabar de sujetarlo realmente con lances algo tropezados. Pero el maestro dejó así claro que esta tarde, dentro de su siempre sorprendentes versiones, tocaba el palo de la variedad y de la recuperación de suertes clásicas, con sabor añejo.
Por eso sacó del peto al de Núñez por tijerillas con el capote, para de inmediato coger las banderillas y protagonizar un tercio de asombroso clasicismo, con un primer cuarteo aseado y un sensacional y purísimo segundo par al sesgo que puso en pie, como un resorte, a toda el tendido por donde, instantes después, ya se desató una descomunal euforia cuando Morante pidió una silla de madera para, sentado en ella, cerrar brillantemente con un tercero al quiebro.
Hasta ese momento el toro había mostrado una dulce clase que no se acompañó luego de mayor brío y fondo, por lo que la faena de muleta, que comenzó Morante desde esa misma silla en recuerdo de Rafael El Gallo, no pudo concretarse en tandas de pases al uso, dentro de los estándares habituales, sino que resultó una sucesión de genialidades, alternando pases redondos y limpios con otros enganchados pero muy entregados, vistosos adornos y un natural invertido de 360 grados que enloqueció al ya desatado público.
De no haber pinchado al primer intento y de no necesitar de tres golpes de descabello para tumbar al noble ejemplar, a buen seguro que, dada la ebullición del entusiasmo, Morante hubiera vuelto a cortar hoy otro rabo en Sevilla.
Pero no por ello hay que dejar en un segundo plano la labor de Víctor Hernández ante el tercero de la tarde de su presentación como matador en la Maestranza, porque estuvo marcada, de cabo a rabo, por un seco y auténtico valor natural para sacar el de Núñez los muletazos más largos, templados y perfectamente rematados de la corrida.
Ya con el que abrió plaza Hernández presentó credenciales con un quite por gaoneras de escalofriante ajuste y con la misma arrogancia con que después recibió de capa a ese tercero por vías poco habituales, con tafalleras, faroles, orticinas y una larga cambiada de rodillas de remate, siempre en los mismo medios de la plaza.
Tuvo buen son este otro astado de la divisa gaditana, sólo que no el gas suficiente para que el joven madrileño hubiera podido ligarle tandas más largas e intensas de esos soberbios naturales que, aun con un ralentizado temple, el animal no acabó de aguantar por el larguísimo trazo que marcaban a unas embestidas que Hernández enganchaba muy por delante y remataba muy atrás y muy limpiamente con un exacto giro de muñecas. Es decir, muletazos completos, por tanto, últimamente tan raros de ver.
Vertical, firme y sincero, extendió Víctor Hernández su esfuerzo hasta provocar la reacción tardía de una mayoría que hoy venía a ver otras cosas pero que no tuvo más remedio que pedir para el joven espada una oreja de auténtico peso, que le fue imposible ya de cortar al sexto, un toro que se defendió y fue a menos per al que aún así logró alargar los viajes metido entre los pitones y con esa misma templada técnica.
Entre Morante y Hernández, Juan Ortega fue el convidado de piedra de la tarde, sin acabar de sacar nada en claro, por falta de pulso y asiento, de la arrítmica movilidad del segundo, al que recibió insospechadamente con una incompleta larga a portagayola, y de un flojo quinto que, demasiado sangrado en varas, acabó defendiéndose y punteando demasiado la hoy inconcreta muleta del sevillano.
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FICHA DEL FESTEJO:
Seis toros de Álvaro Núñez, de muy desigual volumen y cuajo dentro de sus buenas hechuras y de astifinas defensas. En conjunto, aunque con nobleza y clase, a todos les faltó fondo y dieron un juego a menos.
Morante de la Puebla, de rioja y oro: estocada trasera contraria (silencio); pinchazo, media estocada desprendida y tres descabellos (dos vueltas al ruedo tras petición de oreja).
Juan Ortega, de pistacho y oro: bajonazo delantero (ovación tras leve petición de oreja); estocada baja (silencio).
Víctor Hernández, de sangre de toro y oro: estocada trasera desprendida (oreja tras aviso); estocada (ovación tras leve petición de oreja).
Entre las cuadrillas, destacó en la brega del tercero Marcos Prieto, que también saludó tras banderillear al sexto. Por su parte, Pedro Iturralde agarró un buen puyazo al sexto, que se le vino corrido y por dentro.
Sexto festejo de abono de la Feria de Abril, con cartel de "no hay billetes" en las taquillas (unos 12.000 espectadores), en tarde calurosa.EFE
(foto)
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