Paqui Sánchez
Melilla, 7 feb (EFE).- Tiene 100 años y un mes, y una agilidad física y mental que sorprende a cualquiera. Es Isabel Oses Huertas, la última persona nacida en Chafarinas, un archipiélago español inaccesible salvo para militares y biólogos, pero que hasta no hace demasiado era un lugar del país “como cualquier otro”.
Hoy es, sin embargo, de los más desconocidos. “Por eso me gusta a mí hablar de Chafarinas, porque la gente pensaba que allí nos estaban comiendo los leones”, afirma entre risas esta mujer centenaria mientras echa la vista atrás más de nueve décadas para recordar, en una entrevista con EFE, cómo era allí la vida.
Asegura que en la isla de Isabel II, la única habitada de las tres que conforman el archipiélago, residían unas 2.000 personas. Pero esa cifra “luego fue bajando” porque muchas familias como la suya, conocida como ‘los Curritos’, tuvieron que mudarse a Melilla en cuanto los niños pasaban del colegio al bachiller. Así ocurrió con su hermano cuando ella tenía 8 años.
En Chafarinas no había instituto, solo una escuela de niños y otra de niñas en la que todos estudiaban juntos, independientemente de su edad. Una carencia educativa por la que fue perdiendo de forma paulatina su población civil hasta convertirse en lo que es hoy: un territorio prácticamente deshabitado que no tiene nada que ver con lo que fue antaño.
“Han arrasado todo”, lamenta mientras contempla una foto aérea de la isla de Isabel II que tiene enmarcada en casa. En ella va señalando lo que había en cada punto y ahora ya no existe, pero sin dar espacio a la tristeza, pues al mismo tiempo van brotando las anécdotas, muchas acompañadas de risas. Porque la suya, asegura, fue una infancia feliz en Chafarinas.
“Mi vida era como la de cualquier niño: colegio, casa, jugar…”, resume. El lugar favorito de la chiquillería era el muelle, donde pescaban ‘pichirichis’ para después darse un festín. También solían ir del puerto hasta el punto más alto de Isabel II subiendo “tres cuestas” donde los niños se dejaban las rodillas de tantas caídas.
Todos eran amigos. Y recorrían cada palmo de su isla, desde la playa, llena de conchas pero peligrosa por sus hoyos, hasta el muelle, donde todos aprendían a nadar “a la fuerza” tirándolos al mar amarrados con una cuerda.
“No nos faltaba de nada, allí había de todo”, asegura. Lo que no encontraban en las cuatro tiendas de comestibles que suministraban a la isla lo buscaban en Cabo de Agua, adonde llegaban en media hora con los botes de remos que solía tener cada familia, con los que iban a la isla del Congreso a pasar algún domingo.
En Chafarinas la población civil y militar tenía mucha vida social. Incluso había una fiesta de Carnaval a la que iba gente desde Melilla, ciudad con la que las islas estaban conectadas con un barco semanal. “Allí éramos todos iguales, todos vivíamos bien”, rememora Isabel, a quien la vida le cambió completamente al trasladarse a la ciudad con su familia.
“No había color”, reconoce esta mujer, que en Melilla formó su propia familia, aunque antes aprobó unas oposiciones para una plaza que no pudo ocupar hasta que no fue a protestar a Madrid porque su jefe no quería mujeres trabajando en su equipo.
Aquello fue un capítulo de muchos que Isabel acumula en su centenaria vida, marcada por su amor incondicional a Chafarinas, donde ha regresado muchas veces, sobre todo en verano, que allí “es una alegría” y tiñe el mar “de un color muy bonito”.
La última vez que estuvo fue, precisamente, el verano antes de la pandemia. Ahora ya no podría volver, pues Defensa no da permisos para ello y, aunque los diera, “no hay donde meterse” al no quedar ya en pie “absolutamente nada” de lo que había, salvo el cuartel y la casa donde viven los biólogos.
Lo que permanece intacto es el recuerdo de Isabel por Chafarinas y el homenaje que le rinde hablando con todo el mundo de sus islas para evitar que “se pierda el hilo” con ellas. EFE
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