
En los años 90 del siglo XX, hace apenas tres décadas, en el corazón de los Pirineos solamente quedaban menos de 10 ejemplares de osos pardos (Ursus arctos). La población se encontraba al borde de la extinción en esta zona debido a décadas de caza furtiva, uso de venenos y presión humana.
Para evitar una desaparición que parecía inevitable, en 1996, el Gobierno francés puso en marcha un proyecto de reintroducción que ha permitido que, treinta años después, la población del oso pardo en los Pirineos haya alcanzado las tres cifras, contando los ejemplares que se distribuyen tanto en el lado francés como en el español. En concreto, según los datos de 2025 del Grupo de Seguimiento Transfronterizo del Oso Pardo (GSTOP), se han identificado mediante análisis genético 108 individuos.
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“Se está recuperando”, explica a Infobae el naturalista Guillermo Palomero, director de la Fundación Oso Pardo. “El Pirineo es un hábitat que ofrece muchas opciones para que haya una población viable de osos”, algo que todavía, pese a los evidentes signos de mejora, no se ha logrado.

Ya en su momento, el programa de reintroducción recibió múltiples críticas, una oposición que continúa en la actualidad y que protagonizan, especialmente, los profesionales del sector de la ganadería extensiva. “Ha sido una convivencia muy difícil y está siendo muy difícil”, explica a este medio Pere Roqué, presidente de ASAJA Cataluña.
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Además de los ataques al ganado que denuncian, Roqué señala que la presencia del oso también motiva que los ganaderos tengan que desplazar a sus animales a otros prados: “Muchas veces nos pasa que los pastos donde está el oso son más productivos que los que nos tenemos que trasladar”.
A esto, según afirma, se añaden los veranos cada vez más secos, que provocan que cambiar de montes sea difícil. “Al final, el ganado lo que busca es la hierba fresca. Y muchas veces te encuentras con que la hierba fresca está en la cara norte de esa montaña, que es donde está el oso. Por tanto, lo que pierdes también es comida para el animal y capacidad de reproducción de la carne”.
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Ataques, desplazamientos y dificultad para acceder a las indemnizaciones: las denuncias de los ganaderos
Para los profesionales del sector, según denuncian desde ASAJA, las medidas llevadas a cabo en la línea de protección del ganado han sido insuficientes: “Lo único que se ha logrado o se está intentando lograr es que la administración pagase zonas de acampada con vigilancia por parte de pastores y perros adiestrados”, algo que, según señala Roqué, limita la ganadería extensiva.

En el acceso a las indemnizaciones por daños, el presidente de ASAJA Cataluña explica que también hay un problema: “Funcionan fatal porque tienes que demostrar que realmente ha sido un ataque”, explica. “Muchas veces no es una mordida, sino que puede ser un arañazo, el animal queda infectado y se acaba muriendo. O, por miedo, el animal detecta la presencia del oso, corre y se despeña por la montaña. Es el ganadero el que acaba perdiendo el dinero de ese animal”.
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Roqué matiza que esta situación no es “culpa del oso pardo” y que la solución, por tanto, no es acometer una matanza contra la especie. “Nadie quiere la imagen, como por ejemplo en Estados Unidos, de personas con escopetas que matan osos. Nadie lo quiere porque al final el principal culpable de esto es la administración”.
Desde ASAJA reclaman que se pongan en marcha más medidas para evitar que la presencia de este mamífero afecte a la ganadería extensiva: “Hay muchas hectáreas que son de la administración pública, montes en alta montaña en los que hay suficiente alimento para que los osos puedan campar. Pues que estén en zonas localizadas, en vallados, en zonas de 500, 600 o 700 hectáreas donde puedan pasear tranquilamente”, reclama. “Tal como está ahora en este momento, esto va a hacer que la ganadería extensiva acabe desapareciendo”.
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La convivencia del oso y el ganado, un hito posible
Por su parte, desde la Fundación Oso Pardo señalan que la coexistencia con este animal en los Pirineos, al igual que en la cordillera Cantábrica —el otro lugar de España por el que se distribuye este gran mamífero—, es posible y que, además, podría incluso generar beneficios desde la perspectiva del ecoturismo: “Todavía no se ha puesto en valor suficientemente a la especie”.
Conscientes de que este es un conflicto que continúa en la actualidad, Palomero señala que es en esta cuestión en que la que debe trabajarse para lograr una convivencia pacífica: “Debe conocerse adecuadamente que hay medidas suficientes para facilitar que las molestias para estos ganaderos sean mínimas. Aparte de pagar los daños, que es una obligación de las administraciones autonómicas, se han puesto en marcha medidas de prevención que han funcionado y que funcionan muy bien”.
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El proyecto PirosLIFE, desarrollado entre 2014 y 2018, tuvo entre sus objetivos los de reducir al mínimo los ataques a la ganadería y la apicultura y de generar un clima de aceptación social y de coexistencia entre los osos y los habitantes de los territorios donde vive la especie. Para ello, “se llevaron cabañas a los pastos altos donde no las había, se contrataron pastores, se hizo que retornaran los mastines y se pusieron cierres electrificados para recoger el ganado por las noches”. El resultado, según indica el director de la Fundación Oso Pardo, fue “estupendo”: “Nunca se corrigen los daños al ganado al 100 %, pero fueron corregidos de una manera mayoritaria”, defiende, señalando que esto demostró la posibilidad de que la coexistencia fuese viable.

“Se han hecho esfuerzos enormes para proteger la ganadería y para hacerla compatible con la presencia de osos y han funcionado, con independencia de debates puntuales, con independencia de que algún daño va a seguir ocurriendo”, explica Palomero.
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También en los pueblos que se ubican en las zonas en las que habita el oso es necesario tomar medidas para evitar posibles perturbaciones: “Los osos son omnívoros, generalistas y oportunistas. Como les pongas fácil acceder a la basura, va a haber osos que van a empezar a recurrir a ella y a habituarse”, lo que implicaría la presencia de estos animales cerca de los núcleos urbanos.
“Los osos tienen su lugar en los Pirineos”
En Francia, país que puso en marcha el proyecto de reintroducción del oso pardo en el Pirineo hace ya 30 años, la denuncia de pastores y ganaderos sobre los conflictos con este animal ha llevado recientemente a que se apruebe un decreto ministerial que permite a estos profesionales del campo emplear disparos disuasorios para proteger al ganado —siempre que se cumplan condiciones como una formación específica, una licencia válida o que se hayan aplicado previamente, sin resultado, medidas de ahuyentamiento simple, entre otros—. Este “ahuyentamiento reforzado” de los osos mediante munición de efecto sonoro, y, por tanto, no letal, había sido reclamado por diversas asociaciones.
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“Es urgente restablecer el temor natural del oso hacia los humanos”, pedían en un comunicado hace unos meses desde la Asociación para la salvaguarda del patrimonio de Ariège-Pyrénées (ASPAP). “La sobreprotección ha generado individuos desinhibidos que ya no huyen, se acercan a casas y excursionistas, y siguen a los pastores. Medidas disuasorias más amplias deberían evitar que actúen de esta manera”.
Este ahuyentamiento reforzado, según señalan, no causaría daños al animal al utilizar munición de efecto sonoro, algo que desde las asociaciones conservacionistas francesas niegan. “Los disparos disuasorios suelen presentarse como una medida inofensiva, casi benévola: balas de fogueo disparadas al aire para ahuyentar al oso sin dañarlo. Pero la realidad es mucho más brutal”, explica la organización One Voice. Estas detonaciones “pueden aterrorizar a los osos, separar a las madres de sus crías y causarles daños auditivos irreversibles”.
Es por ello por lo que, desde la asociación de defensa de los animales, destacan que “el único camino viable es la auténtica coexistencia entre las actividades humanas y la fauna silvestre, mediante medidas de protección eficaces, una mayor concienciación pública y un apoyo específico a los ganaderos”.
La clave, por tanto, es encontrar un equilibrio entre la conservación de una fauna que es parte del patrimonio natural del entorno y la protección de la actividad de los profesionales que viven de él. “Los osos tienen su lugar en los Pirineos”, reclama One Voice. “No como objeto de una serie de exenciones administrativas, sino como habitantes de pleno derecho de una cordillera que les pertenece tanto como a nosotros”.
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