Una niña de 14 años cavó en 2017 un hoyo y lo llenó de agua: nueve años después, se ha convertido en un estanque y los animales han llegado solos

El estanque comenzó como un proyecto académico en una clase de agricultura

Una rana en el estanque de Maggie (NWF, Steven David Johnson)
Una rana en el estanque de Maggie (NWF, Steven David Johnson)
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Lo que comenzó en el otoño de 2017 como un modesto proyecto escolar para una clase de agricultura de secundaria se ha convertido en una inspiradora historia de conservación ambiental. Maggie Johnson, con solo 14 años, cogió una pala y delimitó un área circular de unos 12 pies (3,6 metros) de diámetro en el patio de su casa rural en el valle de Shenandoah, Virginia.

En ese momento, la propiedad era únicamente un césped irregular donde apenas se escuchaba el canto de los grillos. No obstante, nueve años después, aquel hueco excavado a mano se ha convertido en un próspero estanque rebosante de biodiversidad que atrae a múltiples especies silvestres de manera espontánea. Pero ¿cómo logró crear vida en el jardín de su casa?

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Después de hacer un hoyo en la tierra, la adolescente llenó de agua toda la superficie, utilizando una lona impermeabilizante para retenerla. La respuesta de la naturaleza no se hizo esperar: pocas semanas después de llenar el recipiente, los primeros sapos americanos encontraron el nuevo humedal por sí solos.

Maggie reflejada en el agua del estanque (NWF, Steven David Johnson)
Maggie reflejada en el agua del estanque (NWF, Steven David Johnson)

Al ser testigo de la rápida llegada de la fauna, sus padres, Anna Maria y el fotógrafo de conservación Steven David Johnson, se sumaron a la labor acondicionando los márgenes del estanque con tierra, rocas y plantas autóctonas. La familia comprendió la importancia del paisajismo nativo para apoyar la biodiversidad regional e introdujo nenúfares blancos para dar refugio a anfibios y macroinvertebrados dentro del agua. Concretamente, en las orillas sembraron flores y arbustos favorecedores de insectos polinizadores, como el arbusto de botones (buttonbush), la hierba de San Juan (joe-pye weed), la pontederia (pickerelweed), la flor de cardenal (cardinal flower), la lobelia azul y la flor de la niebla azul (blue mistflower).

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Un ecosistema autosuficiente y diverso

Hoy, Maggie tiene 23 años y contempla con orgullo cómo aquel proyecto escolar evolucionó hasta convertirse en un ecosistema autosuficiente que no necesita filtros ni mantenimiento complejo para funcionar. Durante las cálidas noches de verano en Virginia, el lugar se llena con los vibrantes trinos de las ranas arbóreas grises y los característicos chasquidos de las ranas verdes.

El estanque que creó Maggie (NWF, Steven David Johnson)
El estanque que creó Maggie (NWF, Steven David Johnson)

La biodiversidad del espacio abarca desde colibríes de garganta rubí buscando néctar hasta mariposas silvery checkerspot, polillas esfinge snowberry clearwing y llamativas arañas pescadoras de seis puntos. Además, las ranas verdes del estanque ayudan al control biológico al emboscar mantis religiosas no autóctonas.

El valor ecológico conseguido motivó a la National Wildlife Federation a certificar oficialmente el jardín como un Certified Wildlife Habitat, como exponen en en su web. El proyecto destaca también por su notable accesibilidad económica: la inversión inicial realizada por la familia en 2017 fue de tan solo 160 dólares destinados a la lona, herramientas básicas y primeras plantas.

Desde entonces, cada año añaden cerca de 100 dólares en vegetación y, en el verano de 2025, invirtieron 600 dólares en una cerca de protección para evitar el paso de gatos domésticos y resguardar a las ranas. Esta experiencia demuestra que hacer frente a la crisis de biodiversidad no exige presupuestos astronómicos ni grandes infraestructuras. Transformar un patio común en un oasis para la fauna silvestre es un logro alcanzable para cualquier persona.

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