Las personas fumadoras están más protegidas frente al Parkinson, pero la clave está lejos de ser la nicotina: “El tabaco sigue siendo un ‘no’ rotundo”

Un reciente estudio ha arrojado una nueva explicación sobre por qué los fumadores tienen menos riesgo de padecer esta enfermedad

El doctor José A. Obeso, director del Centro Integral de NeuroCiencias de HM Hospitales y académico de número de Neurología en la Real Academia Nacional de Medicina Española / RANME
El doctor José A. Obeso, director del Centro Integral de NeuroCiencias de HM Hospitales y académico de número de Neurología en la Real Academia Nacional de Medicina Española. (RANME)
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Infartos, ictus, trombosis, 25 tipos distintos de cáncer, infertilidad, bronquitis crónica, envejecimiento prematuro... Todo ello y más son los efectos archiconocidos que provoca el tabaco. Por eso, cuando hace décadas los científicos descubrieron que las personas fumadoras tenían menos riesgo de desarrollar la enfermedad de Parkinson, la sorpresa fue mayúscula.

Desde mediados del siglo pasado, la ciencia ha intentado ofrecer una respuesta a esta relación inversa entre tabaquismo y Parkinson, cuya asociación se describió por primera vez en 1959 tras un seguimiento a 200.000 veteranos estadounidenses con hábitos tabáquicos. Entre 1970 y 1980, los estudios epidemiológicos al respecto se multiplicaron, presos los científicos de la curiosidad ante este hecho aparentemente paradójico... hasta hoy.

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Con el objetivo de descubrir el motivo de esta relación, por qué los fumadores activos tienen menos incidencia de Parkinson (y también de Alzheimer), un equipo de investigadores ha seguido durante 12 años a más de medio millón de adultos en China. La clave la encontraron no en el tabaco que inhalaban, sino en lo que exhalaban. Así, el responsable de esa asociación podría no ser la nicotina, sino el monóxido de carbono (CO).

Los resultados fueron llamativos. Fumar regularmente se asoció con aproximadamente un 30% menos de riesgo de enfermedad de Parkinson, lo que confirmaba las observaciones de investigaciones anteriores. La clave parece estar en que los niveles de CO aumentan drásticamente en las personas que fuman, tanto por el propio proceso de fumar como por las dificultades respiratorias.

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En esta línea, en la población que nunca ha fumado, los niveles de CO son los más bajos de todo el estudio y la incidencia de Parkinson, mayor, según explica en una entrevista con Infobae el doctor José A. Obeso, académico de número de Neurología de la Real Academia Española de Medicina (RANME).

Una mujer fumando un cigarro (Magnific)
Una mujer fumando un cigarro. (Magnific)

Una explicación que no invita a fumar

Este factor protector con el que cuentan las personas fumadoras no supone, en absoluto, una recomendación directa para ponerse a fumar. “Sigue siendo un ‘no’ rotundo”, sentencia el neurólogo, quien recuerda que “fumar mata”. “Si las personas se ponen a fumar para reducir su riesgo de enfermedad de Parkinson o de Alzheimer, lo que están haciendo es comprar más boletos para no solo morirse antes, sino morirse mucho peor”, expresa el también director del Centro Integral en Neurociencias Abarca Campal HM CINAC.

De hecho, señala que, para los pacientes que ya sufren esta enfermedad neurodegenerativa, estos resultados “en absoluto conducen a sugerir que sería bueno que empiecen a fumar”.

El efecto ¿protector? del CO en nuestro organismo

Aunque el CO es conocido principalmente como un gas tóxico, nuestro organismo también lo produce de forma natural en pequeñas cantidades, donde actúa como molécula de señalización. Se ha planteado que podría desempeñar funciones relacionadas con la protección frente al daño oxidativo y con la regulación de distintos procesos celulares.

Sin embargo, el trabajo no demuestra que el CO prevenga la enfermedad de Parkinson ni que exponerse a este gas resulte beneficioso. Se trata de un estudio observacional en el que la exposición al CO se estimó a partir de una única evaluación basal del CO exhalado. Aunque en esa visita se realizaron dos mediciones consecutivas y se utilizó su valor medio, los propios autores señalan que una medición puntual puede no reflejar con precisión la exposición al CO a largo plazo. Además, no fue posible distinguir de forma fiable entre el CO producido por el propio organismo y el procedente de fuentes ambientales.

Marc Gauthier, de 62 años, ha vuelto a caminar tras un diagnóstico de Parkinson hace ya tres décadas.

Radiografía de la enfermedad que sufren 200.000 personas en España

Con 200.000 personas que conviven con Parkinson, España es actualmente el noveno país del mundo con mayor número de pacientes que sufren esta enfermedad. Si la tendencia actual se mantiene, en 25 años será el país con más personas con Parkinson por habitante del mundo, según datos que ofrece la Sociedad Española de Neurología (SEN).

Esta enfermedad neurodegenerativa es la más común después del Alzheimer y supone un trastorno del movimiento del sistema nervioso que empeora con el tiempo. Los síntomas aparecen lentamente, de forma casi imperceptible: un leve temblor en la mano o el pie, una mayor rigidez muscular o lentitud en los movimientos (conocida como bradicinesia).

Estos primeros síntomas de alerta no tienen por qué coincidir para llegar al diagnóstico de Parkinson, pues dichas manifestaciones, a las que se les llama signos cardinales de la enfermedad, aparecen en regiones concretas del cuerpo, y son mucho más frecuentes en las extremidades superiores. La depresión, el estreñimiento y el dolor en el hombro también son manifestaciones no motoras de la enfermedad.

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