
El impacto de la actividad humana sobre la biodiversidad está acelerando los cambios ambientales hasta un ritmo que puede superar la capacidad de adaptación de muchas especies. Aunque los organismos han respondido históricamente a los cambios climáticos a lo largo de la historia de la vida, Borja Milá subraya que “el problema es que el actual, causado por nuestras actividades, se está produciendo a gran velocidad”. Por este motivo, “las transformaciones están ocurriendo tan deprisa que los organismos no tienen tiempo de adaptarse”, señala el investigador.
El biólogo evolutivo Borja Milá, investigador del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC) y vocal de la junta directiva de SEO/BirdLife, analizó estas amenazas en una entrevista concedida a la Agencia SINC durante el Congreso Español de Ornitología celebrado en Granada. El experto remarcó que la rapidez de las alteraciones climáticas dificulta que muchas especies puedan responder mediante cambios de comportamiento, desplazamiento o adaptación evolutiva.
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Esta rapidez dificulta que la selección natural y otros mecanismos de adaptación puedan responder a tiempo. Si bien la capacidad de vuelo permite a ciertas especies desplazarse hacia otros lugares para responder a los cambios ambientales, el biólogo avisa de que “hay especies con comportamientos muy marcados que no van a ser capaces de responder”.
A esto se suma la alteración de los hábitats en España por las sequías y los prolongados picos de calor. La afección sobre las aves puede ser directa, pero también indirecta, a través de la vegetación y, por tanto, de las poblaciones de insectos. Toda una serie de interacciones ecológicas pueden verse alteradas y, en algunos casos, sus consecuencias son difíciles de predecir. “La realidad acaba superando las predicciones y resulta muy difícil anticipar qué va a suceder, incluso a corto plazo”, indica el experto.
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La genómica del cambio: el secreto de las islas oceánicas
Más allá del calentamiento global, una de las principales líneas de investigación de Milá se centra en comprender cómo surgen nuevas especies en las islas oceánicas, a las que califica de “laboratorios naturales” debido a que nunca han estado conectadas al continente. Además, estas islas se forman a partir de condiciones volcánicas y, con el tiempo, la colonización de plantas permite que se forme el suelo y aparezcan distintos ambientes.
En estos territorios, donde las comunidades biológicas son relativamente sencillas, las aves pueden desarrollar patrones adaptativos recurrentes. Entre ellos se encuentran modificaciones en los picos y los tarsos, una tendencia hacia formas de vida más terrestres y una reducción de la dispersión y de la capacidad de vuelo.
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Gracias al salto de la tecnología genómica, que permite analizar cientos de miles o millones de marcadores distribuidos por todo el genoma, su equipo investiga los procesos evolutivos y la introgresión genética que puede producirse entre especies tras episodios de hibridación. Por ejemplo, en la isla de Guadalupe (México), han detectado regiones del genoma de los colibríes insulares que han recibido material genético de una especie continental propia de ambientes desérticos.

Sin embargo, pese a la enorme capacidad de los análisis genómicos, el científico reivindica la importancia del trabajo de campo y de la observación directa en la naturaleza: “La genética es una herramienta para entender el fenotipo. El fenotipo es lo físico. La selección natural y la sexual actúan sobre lo físico, no sobre el genoma”.
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El lado oscuro de la moda
En su faceta como responsable de exposiciones en el MNCN, Milá también conecta la biología con la cultura a través del estudio del arte plumario y del valor de las plumas en distintas culturas. En la exposición inaugurada en el museo madrileño, se muestra el uso de las plumas en celebraciones, adornos y rituales, así como su relación con lo divino y el sincretismo cultural producido durante la época colonial.
No obstante, el investigador destaca también el lado oscuro de este uso cultural: el impacto de la moda sobre las poblaciones de aves. Durante el siglo XIX, la demanda de plumas para la moda en Europa y América, especialmente para los sombreros, generó una enorme presión sobre las poblaciones de aves y contribuyó a la extinción de algunas especies.
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De esta preocupación surgieron, según explica Milá, algunos de los primeros movimientos conservacionistas en Europa y América. “De ahí surgieron, de hecho, los primeros movimientos conservacionistas en Europa y América. Todo parte de mujeres que estaban escandalizadas por el impacto que sus propias modas estaban teniendo sobre las aves”, explica el investigador.
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