Por qué nos gusta conducir: la ciencia explica que no es cuestión de velocidad, sino de control

La concentración y la sensación de control son las claves para convertir la conducción en una experiencia emocionante

Un coche compacto plateado con tres puertas se mueve por una calle de ciudad, con edificios, árboles y palmeras en ambos lados y el fondo desenfocado.
Un coche avanza con exceso de velocidad por una avenida urbana. (Imagen Ilustrativa Infobae)
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¿Por qué conducir puede resultar tan emocionante? La respuesta no está necesariamente en pisar el acelerador. Un estudio de Castrol ha analizado qué ocurre en nuestro organismo cuando conducimos y ha llegado a una conclusión curiosa: la emoción depende más de la concentración y de la sensación de control que de la velocidad.

Para comprobarlo, los participantes realizaron cinco pruebas en un circuito cerrado en Reino Unido mientras se monitorizaban su actividad cerebral, ritmo cardíaco, respuesta de la piel y movimientos oculares. Entre ellas había un recorrido todoterreno con un Land Rover Defender, una prueba de karting y la conducción de un McLaren Artura GT4.

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Fue precisamente el McLaren el que provocó los niveles más elevados de activación cerebral y corporal. Los investigadores identificaron las características de lo que denominan un estado de “flujo”: una situación de máxima concentración en la que la persona está completamente centrada en la tarea y siente que sus capacidades están a la altura del reto.

El dato más llamativo está en los ojos. Mientras una persona puede parpadear entre 15 y 20 veces por minuto en reposo, al volante del McLaren los participantes apenas lo hicieron 2,5 veces por minuto. Además, mantenían la mirada sobre la trazada ideal, con una media de 70 fijaciones en el vértice por minuto. El cerebro también mostraba una elevada actividad en las zonas frontales, asociada a un estado de atención y concentración profunda.

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Dos motos adelantan a un coche a gran velocidad. (@aggregatte en X)
Dos motos adelantan a un coche a gran velocidad.

No hace falta ir rápido para sentir emoción

La prueba con el Defender demuestra que la velocidad no es imprescindible. El karting ofreció un resultado similar. Aunque sus velocidades máximas eran moderadas frente a las de un superdeportivo, los participantes también alcanzaron niveles elevados de activación. La clave parece estar en el equilibrio entre exigencia y control: cuando una tarea requiere toda nuestra atención, pero sentimos que podemos resolverla, aparece ese estado de concentración extrema.

El contraste llegó durante una prueba como pasajero en un Palmer JP-LM conducido por un piloto profesional. Aunque la activación física fue muy elevada, los indicadores cerebrales y oculares apuntaron hacia la ansiedad. En plena curva llegaron a registrarse 40 parpadeos y 190 fijaciones por minuto, frente a los 2,5 y 70, respectivamente, del McLaren.

La diferencia tiene sentido: como conductores podemos anticipar lo que ocurre, elegir la trazada, frenar, acelerar y corregir. Sienten que cada decisión depende de nosotros y que podemos reaccionar ante lo que suceda. Como pasajeros, perdemos ese control, incluso aunque el coche esté en manos de un profesional.

Persona conduciendo. (Freepik)
Persona conduciendo. (Freepik)

La velocidad, eso sí, puede provocar una fuerte respuesta física. Un estudio anterior de la Universidad de Portsmouth, realizado en Goodwood con un Mini John Cooper Works, observó que conducir rápido elevaba las pulsaciones hasta una media de 181 por minuto y mejoraba los tiempos de reacción un 6%. Pero también aumentaba la ansiedad del conductor un 370%.

Los resultados apuntan así a una conclusión clara: la verdadera emoción de conducir no aparece necesariamente cuando vamos más rápido, sino cuando el reto exige nuestras capacidades y sentimos que tenemos el coche bajo control.

Por eso puede resultar estimulante tanto enlazar curvas a gran velocidad como superar un obstáculo a 8 km/h. En ambos casos, el cerebro está completamente concentrado en una tarea que exige precisión, anticipación y capacidad de respuesta. La velocidad puede formar parte de la experiencia, pero el verdadero ingrediente de la emoción parece ser otro: sentir que dominamos la situación.

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