
El mundo está a punto de enfrentarse a un nuevo shock energético que nada tendrá que ver con la geopolítica, el cierre del estrecho de Ormuz o la escasez de petróleo. Será un shock de demanda provocado por el despliegue de la Inteligencia Artificial (IA). Apenas cuatro años después de la irrupción masiva de herramientas como ChatGPT o Claude, el ritmo de adopción de esta tecnología ha sido tan abrumador que los centros de datos necesarios para sostenerlas van a necesitar capacidades ingentes de energía.
Si en la economía industrial del siglo XX contar con seguridad energética era sinónimo de tener acceso garantizado al petróleo, el gas y el carbón, en la nueva era digital la seguridad energética se traduce en tener acceso a una energía que sea abundante, asequible, limpia y fiable, exactamente lo que tenemos en España. Así, nuestro país se postula para liderar el futuro industrial del continente.
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Europa ya se quedó atrás en la primera gran ola tecnológica, impulsada por internet, y hoy se encuentra rezagada frente a potencias como Estados Unidos —el gran estado del petróleo que domina los combustibles fósiles y la tecnología— y China —país que lidera la fabricación de tecnologías limpias—. Pero, según el último Informe Económico y Financiero de Esade, España llega a este nuevo tablero de juego con unas ventajas competitivas con las que no cuentan el resto de regiones.
Ventaja competitiva, pero sin éxito asegurado
Nuestro país parte de una posición de fuerza gracias a una menor exposición inicial al gas ruso y a una elevadísima capacidad de regasificación, que a mediados de 2025 representaba en torno a un tercio del total de toda la Unión Europea. A esto se le suma un gran despliegue de las energías renovables, que en el primer semestre del año pasado ya representaron en torno al 60% de nuestra generación eléctrica, una cifra que escala hasta el 75% si contamos otras fuentes descarbonizadas y catalogadas como verdes, con la energía nuclear.
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Un mix energético más limpio que ha tenido un impacto directo en el bolsillo de las empresas. Mientras gigantes industriales como Alemania han sufrido el encarecimiento del gas ruso, España ha logrado aumentar en cuanto a competitividad-precio entre un 2%-3% frente a Alemania y Francia en el sector de las empresas manufactureras intensivas de energía, entre 2019 y 2023. Es decir, que producir en España es hoy energéticamente más barato, lo que nos sitúa por delante de otros países para acoger centros de datos y liderar el crecimiento verde europeo.
Pero no se debe confundir el potencial con tener el éxito asegurado. El informe de Esade también advierte de que, para convertirnos en la fábrica de IA, España tiene que solucionar urgentemente su problema de aislamiento y convertirse en un sistema eléctrico verdaderamente flexible.
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De reclamo turístico a motor económico
El gran talón de Aquiles de nuestro país son las interconexiones eléctricas con el resto del continente. En 2025, el grado de interconexión de España era de tan solo un 3%, muy lejos del objetivo mínimo del 15% fijado por la Comisión Europea para 2030. Esta isla energética nos impide exportar nuestros excedentes de energía barata cuando el sol y el viento abundan, y nos limita a la hora de importar electricidad cuando la necesitamos.
David de Falguera, abogado especialista en IA y Derecho Digital, analiza el desfase entre la rápida evolución de la inteligencia artificial y la lentitud de la normativa. Explica la necesidad de establecer reglas para proteger los derechos digitales de los ciudadanos sin ahogar la innovación tecnológica.
Además, el exceso de generación renovable, como ocurre con la fotovoltaica en las horas centrales del día, está provocando que cambien los patrones en el mercado, como que haya un aumento drástico de horas donde el precio de la luz es cero o negativo, rondando el 10% de las horas en 2025. Esto hace que los ingresos de las propias empresas renovables bajen y desincentiva la inversión. ¿La solución? Almacenar esa energía. Pero en Europa todavía no estamos a la altura de otros países como China, que en 2024 acaparó el 60% de la nueva capacidad global instalada de baterías a gran escala, mientras que la UE apenas representó el 3,8%.
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España se encuentra ante una bifurcación histórica. La descarbonización, además de ser una obligación, es una cuestión de supervivencia económica y soberanía tecnológica. Si nuestro país es capaz de acelerar el despliegue de redes y baterías, nuestro sol y nuestro viento dejarán de ser solo un reclamo turístico para convertirse en el motor de la próxima gran revolución industrial.
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