
Según una de las principales hipótesis, en la construcción del nombre de España estuvo involucrado el conejo. Los fenicios, al llegar a la Península Ibérica y observar la abundancia de estos animales, les recordaron o los confundieron con damanes, mamíferos extendidos por África y algunas zonas de Oriente Próximo. De ahí habría surgido el topónimo i-shapan-im, que suele traducirse como ‘tierra de los damanes’, aunque muchos historiadores consideran que en realidad hacía referencia a los conejos que poblaban esta zona.
Y es que, de hecho, el conejo es una de las especies más emblemáticas de nuestro país. Habita en buena parte del territorio, aunque sus mayores poblaciones se concentran en comunidades autónomas como Andalucía, Castilla-La Mancha, Extremadura y Castilla y León.
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Pese a su extensión y el hecho de que viven en el territorio desde hace mucho tiempo, el conocimiento sobre estos pequeños mamíferos todavía no es pleno. Así lo demuestra un reciente estudio publicado en la revista Biological Conservation y liderado por personal científico del Instituto de Estudios Sociales Avanzados (IESA-CSIC) que ha determinado que la Península Ibérica en realidad alberga dos especies de conejo, no una, como se pensaba hasta el momento.
La investigación, que cuenta con la participación de expertos de diversas instituciones de España, Portugal y Reino Unido, reconoce al conejo ibérico (Oryctolagus algirus) y lo separa del conejo europeo (Oryctolagus cuniculus).
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Las diferencias entre el conejo ibérico y el europeo
Las diferencias entre ambas especies son sustanciales. El conejo ibérico procede exclusivamente de la península Ibérica, con la excepción de algunas islas atlántico y el norte de África, donde fue introducido por los humanos; además, se distribuye de forma natural por todo el territorio portugués y el oeste español. Por su parte, el europeo, también originario de la península, se encuentra en el este español y como introducido en casi toda Europa, Oceanía, Argentina, Chile y numerosas islas oceánicas.
También difieren en características genéticas, morfológicas, ecológicas, reproductivas y comportamentales, así como en el estado de sus poblaciones. El ibérico es de menor tamaño, coloración más oscura, maduración más temprana y tiene camadas más pequeñas. Las diferencias también se extienden a la trayectoria de crecimiento, comunidades de parásitos, composición del microbioma intestinal o incluso, las propiedades de la carne.
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Su diversidad genética es igual o superior al que separa otras especies de aves y mamíferos reconocidos, pese a que a simple vista son muy parecidos. De hecho, divergieron hace aproximadamente dos millones de años tras quedar aislados en dos refugios glaciares situados en extremos opuestos de la Península Ibérica: uno en el valle del Ebro y otro en el Golfo de Cádiz.

Reconocer esta diversidad, tal y como señalan los autores del estudio, no implica modificar la realidad, sino comprenderla y describirla con mayor precisión: “Las dos especies siempre han estado ahí, pero lo que ha cambiado es nuestro conocimiento sobre ellas”, explica el investigador Rafael Villafuerte, del IESA-CSIC y principal autor del estudio. Este hallazgo, por tanto, permitirá “reinterpretar mejor numerosos resultados obtenidos en el pasado y diseñar estrategias de gestión y conservación más eficaces para cada una de las dos especies”.
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El conejo ibérico podría estar “en peligro de extinción”
Una de las principales ventajas que implica este reconocimiento es que permite mejorar su conservación. El conejo europeo mantiene poblaciones estables e incluso crecientes en determinadas zonas, mientras que el ibérico experimenta un acusado declive en gran parte de su población.
Así, evaluar ambas especies como si fueran una sola puede ocultar la situación real de la más amenazada y dificultar que se adopten medidas para evitar su extinción. De hecho, las traslocaciones indiscriminadas del conejo europeo para reforzar poblaciones y como recurso cinegético favorecen la “sustitución” demográfica y genética del ibérico.
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La pérdida de esta especie recientemente reconocida podría desencadenar efectos ecológicos en cascada en ecosistemas mediterráneos, ya que es una pieza clave para al menos 20 depredadores, como el lince ibérico o el águila imperial.
En este sentido, su reconocimiento como especies distintas permitirá mejorar los programas de seguimiento, las evaluaciones del estado de conservación, las translocaciones, la planificación cinegética y las estrategias de recuperación, evitando extrapolar resultados obtenidos para una especie a la otra.
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